Comenzado el curso y avanzado el otoño, qué buena época para repensar lo cotidiano. Lo que tantas veces damos por hecho que tiene que ser como es: las relaciones familiares y de vecindad, el trabajo dentro y fuera de casa, los amigos y conocidos y el qué dirán, la salud y el carácter… tantas cosas que damos por supuestas sin serlo.

A este ejercicio de cuestionarnos la realidad establecida, de pensar creativamente en lo que tenemos y en cómo podemos mejorarlo –y agradecerlo– puede ayudar mucho una novela recientemente publicada por Palabra, Dulce hogar, de una autora estadounidense casi desconocida en España, Dorothy Canfield Fisher.

El título original, The home-maker, se ajusta fielmente a lo que ofrece la novela. Parece mentira el tiempo que ha transcurrido desde su escritura, pues la actualidad de lo que narra es total: el cuestionamiento acerca de qué (o mejor dicho, quién) hace el hogar, tanto en sentido material como espiritual. ¿La mujer, solo por serlo? ¿O son precisas además cualidades concretas: la abnegación, la inteligencia amorosa, el tiempo entregado…?

La historia de Evangeline, un ama de casa perfeccionista y obsesiva que hace infeliz a toda su familia bajo una apariencia de entrega y dedicación sin límites (algunas páginas de C.S. Lewis en las Cartas del diablo a su sobrino, sobre un ama de casa similar me han venido a la mente), atrapa al lector desde el primer momento. Lester, su indeciso y soñador marido, no parece mucho más feliz en un trabajo como contable que no responde a su verdadera vocación (la literaria) y que pone de relieve su falta absoluta de capacidades prácticas.

Con todo, la reflexión sobre los roles es, a mi juicio, lo menos interesante de la novela, o quizá lo que me ha parecido más flojo. Al lado de los pensamientos sobre los caracteres de los hijos, las distintas necesidades que plantean, la influencia de la opinión ajena sobre nuestros comportamientos, y un sinfín de cuestiones más interesantes (por ejemplo, sobre la importancia del consumismo en el sostenimiento del capitalismo) las reflexiones sobre masculinidad y feminidad son endebles.

El mayor mérito de Dulce hogar no es su escritura, a pesar de estar muy bien escrita. Amena y bien llevada, su mayor virtud es la capacidad de interrogar al lector acerca de un gran número de cuestiones de importancia palpitante. Vale la pena leerla, y pensarla después.

Ana Rodríguez de Agüero y Delgado
Directora de CEU Ediciones