«Dios tendrá sus motivos»

Ha tenido que esperar tres años desde la muerte de sus hijos hasta poder enterrarlos por fin en el pueblo familiar, al lado del abuelo Sebastián. Un sufrimiento más en una historia de dolor inimaginable…

Rosa Cuervas-Mons

Ha tenido que esperar tres años desde la muerte de sus hijos hasta poder enterrarlos por fin en el pueblo familiar, al lado del abuelo Sebastián. Un sufrimiento más en una historia de dolor inimaginable, que Ruth Ortiz ha soportado con una entereza inexplicable, o mejor dicho, explicable sólo a la luz de la fe. «Dios tendrá sus motivos para haber dejado que me los arrebaten», dijo al comienzo de la Misa celebrada el sábado por Ruth y José

Una iglesia, la onubense de Santa Teresa, engalanada con flores blancas. Cinco sacerdotes concelebrando, todos vestidos también de blanco y un coro juvenil entonando canciones alegres. No es una Misa de difuntos más, ¡es una Misa de Gloria!, porque Ruth y José, los pequeños asesinados por su propio padre el 11 de octubre de 2011, «están en el cielo».

Así lo explicó, el pasado sábado, el obispo de Huelva, monseñor José Vilaplana, en la celebración de la Eucaristía por los pequeños, y en la que la familia Ortiz sintió el cariño y la solidaridad de más de 500 amigos y familiares.

Serena, con el rostro triste de quien está sufriendo el «peor dolor» -lo «inimaginable», según sus propias palabras-, Ruth Ortiz entraba en el templo poco antes de que lo hiciera el pequeño féretro blanco que guarda los restos de sus dos hijos. Ella misma daba comienzo a la ceremonia con una monición de entrada en la que, en un impresionante gesto de fe y confianza en Dios, expresaba su convencimiento de que, por muy doloroso que sea, Él «tendrá sus motivos para permitir» que le hayan arrebatado tan pronto a sus hijos.

Curtidos en el dolor

Familiares y amigos de la familia Ortiz despiden  el féretro que contiene los restos de Ruth y José, el pasado sábado en Huelva

Cuenta el padre Celestino Gómez, párroco de Santa Teresa y presente en la familia de Ruth desde hace más de tres décadas, que, ya en el mismo momento en que el padre de los niños denunció su desaparición, Ruth supo lo que había pasado. «No voy a volver a ver a mis hijos». Casi un año después, la policía confirmaba lo que su corazón ya había adivinado. Entonces, consumada la tragedia, Ruth pidió al obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, que oficiara una Misa. Tuvo lugar el 2 de octubre de 2012, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, con las campanas tocando a Gloria. «Sabemos que estos niños no han desaparecido para siempre. Están vivos. Su alma no ha sido pulverizada por las llamas, porque su alma es inmortal».

Al lado de Ruth estaba, el sábado, y siempre, su madre, Obdulia, mujer curtida en el sufrimiento, que ha sido ejemplo de fe para el resto de su familia. Perdió a su marido muy joven, y una de sus hijas está enferma, pero siempre ha puesto su vida en manos de Dios. Son «cristianos de verdad, no de esa religiosidad popular que a veces es más cáscara que fruto», dice de la familia Ortiz el padre Celestino.

Y, sin duda, esa fe verdadera haya sido el único bastón lo suficientemente robusto como para sujetar a Ruth en medio del dolor más inhumano. «¿Cómo es posible que en el corazón de un ser humano haya tanta capacidad para hacer el mal?», se preguntaba el obispo de Córdoba al conocer el terrible final de los niños.

Hoy, con los pequeños descansando para siempre en el cementerio de San Bartolomé de la Torre, junto al abuelo Sebastián, sigue siendo imposible responder a esa pregunta. Sólo queda seguir el ejemplo de Ruth, confiar en Dios aun a ciegas, y recordar lo que monseñor Demetrio Fernández explicó en su homilía, «que a estos niños, también en el momento de su muerte, sus Ángeles Custodios los protegieron para llevarlos ante Dios».

Rosa Cuervas-Mons