Debemos ser santos

Más de 4.500 seminaristas asistieron, el sábado, a la Misa presidida por el Papa en la catedral de Madrid, en la que el Santo Padre les exhortó a configurarse con Cristo y les instó a que vivan este tiempo de formación con alegría, docilidad y radical fidelidad evangélica para discernir con veracidad de la llamada. Antes de la bendición final, Benedicto XVI anunció que san Juan de Ávila será nombrado Doctor de la Iglesia universal

Juan Ignacio Merino

Más de 4.500 seminaristas asistieron, el sábado, a la Misa presidida por el Papa en la catedral de Madrid, en la que el Santo Padre les exhortó a configurarse con Cristo y les instó a que vivan este tiempo de formación con alegría, docilidad y radical fidelidad evangélica para discernir con veracidad de la llamada. Antes de la bendición final, Benedicto XVI anunció que san Juan de Ávila será nombrado Doctor de la Iglesia universal

Aforo completo, en la catedral Santa María la Real de la Almudena. A las seis y media de la mañana, miles de jóvenes esperaban ya para entrar en el templo y celebrar, a las 10, la Eucaristía que presidiría Benedicto XVI. Había más de 4.500 jóvenes, pese a que sólo iban a poder entrar alrededor de 1.500 seminaristas, representantes de los cinco continentes, más todos los seminaristas de la Provincia eclesiástica de Madrid. Los demás, madrugaron para seguir la Misa a través de pantallas instaladas en los exteriores de la catedral.

Es el caso de Fernando de la Vega, del Seminario Redemptoris Mater, de Viena, que intentó entrar y aunque finalmente no lo consiguió, se mostraba contento y agradecido: «Recibimos al Papa en un ambiente festivo y agradecidos por su atención». Su hermano Felipe, también seminarista, del Redemptoris Mater de Madrid, no sólo tuvo la oportunidad de estar dentro de la catedral, sino que dio el servicio como acólito en el altar, y pudo saludar al Papa personalmente: «El Señor me paga siempre como no merezco -dice-. Mirar al Papa a los ojos y ver que, aún siendo tan mayor, vive y se desgasta, dando su vida por anunciar el Evangelio, me ha ayudado a decir: vale la pena dar la vida por Cristo».

Los seminaristas madrileños se encargaron también de la liturgia con el canto. Durante el verano, casi cien seminaristas de los cuatro Seminarios han ensayado el repertorio, que consistió en piezas gregorianas y polifónicas. El coro ha sido dirigido por Javier Ávila, director del coro diocesano de Getafe, y por Juan Pablo Rubio, monje benedictino y maestro de coro de la Abadía del Valle de los Caídos, quienes reconocen que los seminaristas han trabajado mucho y, sobre todo, llenos de alegría: «La experiencia vivida con ellos ha sido muy enriquecedora, porque contagian ilusión, generosidad, ganas de dar lo mejor de sí mismos desinteresadamente…», comenta el benedictino.

Configurarse con Cristo

Con ocasión de este encuentro con los seminaristas de todo el mundo, el Papa presidió, por primera vez, la Eucaristía de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote, una fiesta que tan sólo se celebra en España, por lo que la liturgia ensalzó la misión que estos jóvenes tendrán en el futuro: participar del sacerdocio eterno de Cristo. En la homilía, Benedicto XVI recalcó que configurarse con Cristo es «la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida», y, para ello, es necesario una tiempo de formación en el que el corazón de los seminaristas adquiera la maduración necesaria para tener disponibilidad. «Esta disponibilidad, que es don del Espíritu Santo, es la que inspira la decisión de vivir el celibato por el Reino de los cielos, el desprendimiento de los bienes de la tierra, la austeridad de vida y la obediencia sincera y sin disimulo», sentenció el Santo Padre, animando a los seminaristas a que sean transparentes, obedientes, que se dejen guiar por sus formadores y que abran el alma a la luz del Señor para discernir si el sacerdocio es su camino, «avanzando solamente si estáis firmemente persuadidos», les dijo.

Benedicto XVI les mostró una regla de vida para los años de preparación en el Seminario, que han de vivirse con alegría, docilidad, lucidez y radical fidelidad evangélica en un silencio interior, en oración, con constante estudio e introducción en tareas pastorales. Pero sobre todo, les invitó a acoger la llamada a la santidad, dando gracias por esta predilección del Señor, sin dejarse intimidar por un entorno que excluye a Dios, sino siendo fieles a la vocación recibida: «Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar», sentenció el Papa.

Juan Ignacio Merino