«Cuando entregamos a los ancianos al abandono, le hacemos el trabajo sucio a la muerte»

El Papa ha pedido a los participantes de la vigesimocuarta asamblea general de la Pontificia Academia para la Vida que la «visión global de la bioética, que os estáis preparando a relanzar», se base en «la profunda convicción de la dignidad irrevocable de la persona humana» y que no parta «de la enfermedad y de la muerte para decidir el sentido de la vida y definir el valor de la persona»

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Foto: EFE/Giuseppe Lami

El Papa ha pedido a los participantes de la vigesimocuarta asamblea general de la Pontificia Academia para la Vida que la «visión global de la bioética, que os estáis preparando a relanzar», se base en «la profunda convicción de la dignidad irrevocable de la persona humana» y que no parta «de la enfermedad y de la muerte para decidir el sentido de la vida y definir el valor de la persona»

Cuando entregamos a los niños a las privaciones, a los pobres al hambre, a los perseguidos a la guerra, a los ancianos al abandono, le estamos haciendo el trabajo sucio a la muerte. Así lo denunció el Papa Francisco durante su discurso ante los participantes de la vigesimocuarta asamblea general de la Pontificia Academia para la Vida, que se celebra en el vaticano hasta el miércoles 27 de junio.

Para Francisco, todas estas acciones vienen «del pecado» y son ejemplo de cómo «el mal intenta persuadirnos de que la muerte es el fin de todo, de que hemos venido al mundo por casualidad y que estamos destinados a terminar en la nada». De esta forma, «excluyendo al otro de nuestro horizonte, la vida se repliega sobre sí misma y se convierte en un bien de consumo».

Al contrario, la visión global de la bioética, «que os estáis preparando a relanzar en el ámbito de la ética social y del humanismo planetario» –ha continuado el Pontífice–, «se esforzará con más seriedad y rigor en desactivar la complicidad con el trabajo sucio de la muerte sostenido por el pecado».

Así, «esta bioética no se moverá partiendo de la enfermedad y de la muerte para decidir el sentido de la vida y definir el valor de la persona». Se moverá, más bien, «a partir de la profunda convicción de la dignidad irrevocable de la persona humana».

En este sentido, el Santo Padre ha pedido, por ejemplo, que «la defensa del inocente que no ha nacido» sea «clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo». Pero igualmente sagrada «es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas…»

Antes de concluir, el Papa también se ha referido a la eutanasia y ha pedido que la cultura de la vida dirija «con más seriedad la mirada a la cuestión de su destino final». Se trata «de resaltar con mayor claridad qué es lo que dirige la existencia del hombre: cpapaada persona está llamada a la unión con Dios y a la participación de su felicidad».

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