Carta del Papa al fundador del diario La Repubblica. Es necesario el diálogo con los no creyentes - Alfa y Omega

Carta del Papa al fundador del diario La Repubblica. Es necesario el diálogo con los no creyentes

El 25 de septiembre se celebra en Roma, en el templo de Adriano, una edición especial del Atrio de los gentiles, con los directores de los principales diarios italianos como protagonistas. El encuentro tuvo, la pasada semana, un imprevisto prólogo de lujo, con la carta enviada por el Papa a Eugenio Scalfari, fundador de La Repubblica, periódico de marcada línea laicista. El Santo Padre daba respuesta a las preguntas y reflexiones de Scalfari, en dos artículos publicados en julio y agosto, a partir de la encíclica Lumen fidei. La carta del Papa, de la que ofrecemos varios fragmentos, ha sido presentada en todo el mundo como modelo del diálogo con los no creyentes

Papa Francisco
Detalle de la portada del periódico La Reppublica, del pasado 11 de septiembre.

Estimado doctor Scalfari:

(…) Le agradezco, ante todo, la atención con la que ha sabido leer la encíclica Lumen fidei, la cual de hecho, por voluntad de mi amado predecesor, Benedicto XVI, que la concibió y en gran parte redactó, y de quien, con gratitud, la he heredado, está dirigida no sólo a confirmar en la fe de Jesucristo a aquellos que ya se reconocen en ella, sino también a abrir un diálogo sincero y riguroso con quien, como usted, se define «un no creyente desde hace años interesado y fascinado por la enseñanza de Jesús de Nazaret».

Creo que es sin duda positivo, no sólo para cada uno de nosotros como individuos, sino también para toda la sociedad en la que vivimos, que nos detengamos a dialogar sobre una realidad tan superior como la fe, que se basa en la enseñanza y la figura de Jesús. Pienso que existen, en particular, dos circunstancias que hoy día hacen necesario y precioso este diálogo, el cual constituye además, como es sabido, uno de los objetivos principales del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII, y del ministerio de los Papas, quienes, cada uno con la sensibilidad y la contribución propias, han seguido desde entonces el camino trazado por el Concilio.

El Papa Francisco.

La primera circunstancia (…) deriva del hecho de que, a lo largo de los siglos de la modernidad, se ha asistido a una paradoja: la fe cristiana, cuya novedad e incidencia en la vida del hombre desde los orígenes se han expresado precisamente a través del símbolo de la luz, a menudo ha sido etiquetada como la oscuridad de la superstición que se opone a la luz de la razón. De este modo, entre la Iglesia y la cultura de inspiración cristiana, por una parte, y la cultura moderna de matriz ilustrada, por la otra, se ha llegado a la incomunicabilidad. Ha llegado la hora, y precisamente el Vaticano II ha inaugurado este ciclo, de iniciar un diálogo abierto y sin ideas preconcebidas que reabra las puertas a un encuentro serio y fecundo.

La segunda circunstancia, para quien busca ser fiel al don de seguir a Jesús en la luz de la fe, deriva del hecho de que este diálogo no es un accesorio secundario de la existencia del creyente, sino que es una expresión íntima e indispensable. Permítame que le cite a este respecto una afirmación de la encíclica que considero muy importante (…): «Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos»…

Cristo y la Iglesia

La fe, para mí, nace del encuentro con Jesús. Un encuentro personal, que ha tocado mi corazón y ha dado un rumbo y un sentido nuevo a mi existencia. Y asimismo un encuentro que ha sido posible gracias a la comunidad de fe en la que he vivido y que, a su vez, me ha permitido acceder a la inteligencia de la Sacra Escritura, a la vida nueva que como agua fluyente brota de Jesús a través de los Sacramentos, a la fraternidad con todos y al servicio de los pobres, verdadera imagen del Señor. Sin la Iglesia —créame—, no habría podido encontrar a Jesús, bien sabiendo que ese inmenso don de la fe reposa en la frágil vasija de arcilla de nuestra humanidad. Precisamente a partir de aquí, de esta experiencia de fe personal vivida en la Iglesia, me encuentro a gusto escuchando sus preguntas y buscando, junto con usted, las sendas que nos permitan, quizás, comenzar a andar un trecho del camino juntos (…).

El centro de la fe

¡Jesús se muestra, paradójicamente, como el Hijo de Dios! Hijo de un Dios que es amor y que quiere, con todo su ser, que el hombre, que cada hombre, se descubra y viva él también como su verdadero hijo. Esto, para la fe cristiana, está confirmado por el hecho de que Jesús ha resucitado: no para triunfar sobre quien lo había rechazado, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, el perdón de Dios es más fuerte que cualquier pecado, y que vale la pena emplear la propia vida, hasta el final, para testimoniar este inmenso don. La fe cristiana cree esto: que Jesús es el Hijo de Dios que vino a dar su vida para abrirnos a todos el camino del amor. Por lo tanto, tiene usted razón, ilustre doctor Scalfari, cuando ve en la encarnación del Hijo de Dios el quicio de la fe cristiana (…). Porque la Encarnación, es decir, el hecho de que el Hijo de Dios haya venido en nuestra carne y haya compartido alegrías y dolores, victorias y derrotas de nuestra existencia, hasta el grito en la cruz, viviendo cada momento en el amor y en la fidelidad a Abbà, es testimonio del increíble amor que Dios nutre por cada hombre, del valor inestimable que le reconoce. Por ello, cada uno de nosotros está llamado a hacer suya la mirada y la elección de amor de Jesús, a entrar en su modo de ser, de pensar, de actuar (…).

La promesa a Israel

Usted me pregunta también qué decir a los hermanos hebreos acerca de la promesa que Dios les ha hecho: ¿Ha caído completamente en el vacío? Éste es —en verdad— un interrogante que nos interpela radicalmente, como cristianos, porque, con la ayuda de Dios, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, hemos redescubierto que el pueblo hebreo sigue siendo, para nosotros, la raíz santa de la cual Jesús ha brotado. También yo, en la amistad que he cultivado durante todos estos años con los hermanos hebreos, en Argentina, muchas veces en la oración he interrogado a Dios, especialmente cuando me venía en mente el recuerdo de la terrible experiencia de la Shoah. Lo que puedo decirle, con el apóstol Pablo, es que jamás se ha quebrantado la fidelidad de Dios a la alianza estrecha con Israel y que, a través de las terribles pruebas de estos siglos, los hebreos han conservado su fe en Dios. Y por esta razón, jamás les estaremos suficientemente agradecidos, como Iglesia, pero también como Humanidad. El pueblo hebreo, además, con su perseverancia en la fe en el Dios de la alianza, nos recuerda a todos, incluso a nosotros los cristianos, que estamos siempre a la espera, como peregrinos, del retorno del Señor y que, por lo tanto, debemos permanecer siempre abiertos a Él sin jamás atrincherarnos en lo que ya hemos alcanzado.

La verdad y la conciencia

(…) Me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree o no busca la fe. Considerando que —y es la cuestión fundamental— la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar.

El doctor Eugenio Scalfari.

En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe absoluto alguno y, por ende, tampoco una verdad absoluta, sino sólo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para comenzar, yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad absoluta, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! Tanto es así que incluso cada uno de nosotros percibe la verdad y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se nos revela siempre y sólo como un camino y una vida. ¿No fue acaso el mismo Jesús el que dijo: «Yo soy el camino, la verdad, la vida»? En otras palabras, siendo en definitiva la verdad toda una con el amor, exige humildad y apertura para ser buscada, escuchada y expresada. Por lo tanto, es necesario aclarar bien los términos (…).

Testimoniar a Jesús

Ilustre doctor Scalfari, concluyo de esta forma mis reflexiones, suscitadas por lo que ha querido comunicarme y preguntarme. Recíbalas como una respuesta provisional, pero sincera y optimista, a esa invitación que me ha parecido vislumbrar de andar un trecho de camino juntos. La Iglesia, créame, no obstante su lentitud, sus infidelidades, sus errores y los pecados que pudo haber cometido y puede aún cometer en aquellos que la componen, no tiene otro sentido ni fin sino el de vivir y testimoniar a Jesús, El que ha sido enviado por Abbà «a traer a los pobres la alegre noticia, a proclamar a los prisioneros la liberación y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Con fraterna afinidad,

Francisco

Hijos de un mismo Dios

En los últimos días, el Papa se ha dirigido de diversas formas a los no creyentes. Francisco les invitó a sumarse a la jornada de oración y ayuno por la paz en Siria, Oriente Próximo y el mundo del 7 de septiembre. El día 10, al visitar el Centro Astalli de Roma, el Santo Padre dijo que es «hermoso que, en el trabajo a favor de los refugiados, junto con los jesuitas, haya hombres y mujeres, cristianos e incluso no creyentes o de otras religiones, unidos en el nombre del bien común». La referencia recordaba una muy comentada homilía suya en mayo en su residencia de Santa Marta. El Papa afirmó entonces que «el Señor nos ha redimido a todos con la sangre de Cristo. ¡A todos, no sólo a los católicos! ¡A todos! Pero, padre, ¿y los ateos?», preguntó retóricamente. «A éstos también. ¡A todos!». En esas palabras, dichas con el habitual tono espontáneo de sus misas matinales, el obispo de Roma abogó por una cultura del encuentro entre todos los hombres: «Si nosotros, cada uno por su parte, hace el bien a los demás, nos encontraremos allá, haciendo el bien». Más que el punto de llegada, se trata, sin embargo, de un punto de partida, ya que, al hacer el bien, la persona se pone en camino hacia la Fuente de la bondad. «Quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios», se lee en la encíclica Lumen fidei.

Si Benedicto XVI apelaba continuamente a la ley natural como lugar de encuentro entre todos los hombres, el Papa Francisco remite a la experiencia práctica. Lo volvió a hacer el viernes, en su mensaje a la Semana Social Italiana, al proponer la concepción cristiana del matrimonio y la familia como un bien para toda la sociedad, que la Iglesia ofrece «a todos los hombres de buena voluntad». El Papa pide dejar a un lado prejuicios ideológicos, y recuerda que la concepción antropológica de la familia tiene consecuencias en aspectos como la demografía, la economía o la estabilidad de los hogares. No obstante, más que discursos teóricos o investigaciones sociales, el Santo Padre pone sobre la mesa «el testimonio simple, pero hermoso y valiente, de muchas familias, que viven la experiencia del matrimonio y la paternidad con alegría, iluminado y sostenido por la gracia del Señor».

R. B.