Caridad y derechos humanos son practicas y no discursos - Alfa y Omega

La tentación de hacer una lectura de la Palabra de Dios que no afecte demasiado a nuestro modo concreto de actuar es algo que siempre está ahí. El desafío es pasar a los hechos, que lo que Dios nos comunica lo tengamos en cuenta en nuestro modo de vivir, que convierta nuestro modo de actuar, que nos haga menos indiferentes al sufrimiento de los otros y nos mueva entrar en el camino de la conversión.

Pasar del discurso a la práctica

Este último domingo, el obispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín Muñoz, nos advertía que «muchas veces, como sociedad o como comunidades eclesiales, nos parecemos al segundo hijo, pronunciamos discursos solemnes sobre los derechos humanos y la caridad cristiana, pero en la práctica, cerramos los ojos ante las «viñas» sufrientes de nuestro mundo, repletas de familias forzadas a huir por las guerras, el hambre, la persecución y los desastres ecológicos».

Como Iglesia que peregrina en Madrid, las palabras de nuestro obispo auxiliar deberían llevarnos a pararnos y reflexionar, a partir de lo que él mismo señalaba: «el Evangelio nos exige una respuesta clara, no basta las buenas intenciones, se requiere el compromiso sincero y efectivo, de acoger, proteger, promover e integrar». 

Una postura profética que nos lleve a mirar hacia adentro de nuestra realidad eclesial, pero también hacia fuera, lo que nos tiene que llevar, con relación a los migrantes, a «reivindicar una especial tutela a las administraciones en la garantía de sus derechos, buscando siempre el interés superior del menor». Exigir cumplir la ley es algo que debemos hacer siempre.

No ver a la persona como primordial

El gran pecado es que antes de fijarnos en las personas, ponemos por encima criterios que excluyen a quien viene de fuera. La economía, la ideología, el estatus social, la religión son elementos que ponemos por encima de la dignidad humana y de la vida de los más indefensos. El Evangelio es claro y nos desafía a «transformar nuestras estructuras injustas y nuestras actitudes insolidarias», como nos recordaba don Vicente. 

Frente a los propios intereses, una postura cada vez más presente en una sociedad individualista, insolidaria, que rechaza al diferente, estar dispuestos a servir, no encerrarnos en nuestros intereses y prioridades, sean personales o nacionales, estar al lado de los vulnerables, es condición esencial si queremos ser cristianos, inclusive para ser humanos. Si no somos capaces de mirar a los ojos a quien tenemos en frente y reconocer en él la presencia de un hermano, deberíamos recapacitar sobre aquello que somos.