Cañada Real Galiana: sin luz desde hace seis años y, ahora, hacinados
El cardenal José Cobo mostró su cercanía a una realidad cada vez más precaria celebrando la Misa el pasado 12 de julio
En 1978, un hombre llamado Gregorio Montes le puso puertas al campo delimitando con alambres un trozo de terreno en la Cañada Real Galiana, una vía pecuaria de trashumancia usada para el pastoreo. Tal y como había quedado regulado ya en época de Alfonso X El Sabio (siglo XIII), las cañadas reales estaban reservadas para el paso de ganado, pero en los años 60 del siglo pasado la Galiana se había ido poblando con migrantes empobrecidos venidos de otras provincias que establecían allí sus casuchas.
Dividida en seis sectores, la Cañada va mudando su aspecto conforme se avanza del primero al último, el sector 6, en el extremo sur, cerca de la incineradora de Valdemingómez. Es este el más deprimido, donde se suceden las infraviviendas y chabolas. En pleno proceso de demolición y realojo de sus habitantes —acordado en 2017 por las administraciones—, el sector 6 lleva casi seis años sin suministro eléctrico. Una forma más, dicen, de forzar la salida de los moradores, a los que se acusó de sobrecargar la red con las plantaciones de marihuana. Con el desmantelamiento de Las Barranquillas —y antes, La Celsa—, el negocio del menudeo de droga en Madrid se trasladó a la Cañada. Se la consideró el nuevo supermercado de la droga, hasta que la proliferación de narcopisos en plena ciudad ha empezado a hacerle sombra.
Presencia de la Iglesia
A este sector llegó, hace ya 19 años, el sacerdote Agustín Rodríguez Teso para hacerse cargo de la parroquia Santo Domingo de la Calzada, erigida en 1953 para atender a los primeros pobladores de la Cañada. En la actualidad, el perfil de la feligresía ha variado mucho. La inmensa mayoría no son católicos: hay un porcentaje muy alto de musulmanes y otro, un poco menor, de evangélicos de la Iglesia de Filadelfia, culto al que se suma la mayoría de la población gitana aunque sin embargo ahora, con los realojos, se ven superados por los primeros, y de hecho «la mayor parte ya no participaba en el culto». Junto a ellos coexisten pequeños grupos de ortodoxos y un residuo susceptible de católicos. «Vivimos en un territorio de misión dentro de Madrid», resume el párroco. La comunidad la forman un grupo de residentes de la Cañada, unas cinco o seis personas, a las que se suman integrantes de la «rica y plural» vida religiosa que se hace presente en la parroquia —Compañía de María, vedrunas, agustinas y las anas— y laicos de distintas realidades. De modo que en las Misas dominicales se dan cita entre diez y 20 personas. Son ellos los que embellecen la pobreza. Los que llevan entre las chabolas, las jeringuillas por los suelos y la inmundicia a ese Dios que es fiel y nunca abandona a su pueblo. A esta comunidad se sumó Cáritas Diocesana de Madrid, establecida —junto a otras entidades— en la antigua fábrica de muebles, que desarrolla allí una intensa labor con niños y adultos.
Esta presencia de la Iglesia es lo que ha querido mostrar el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, con su decisión de celebrar la Misa del pasado domingo, 12 de julio, en la parroquia de la Cañada. La noticia fue recibida con mucha alegría. El contacto con el obispo, sostiene Rodríguez Teso, «ya es permanente, cercano e intenso». «Sentimos su cercanía y su aliento cariñoso», y él, de una manera u otra, «siempre está». «Tiene una preocupación clara», indica Agustín. De hecho, «siempre ha expresado que no podemos dejar de visibilizar lo que ocurre en la Cañada y la presencia de la Iglesia en ese contexto». Se trata de un lugar sencillo que pone de manifiesto que «el Evangelio nunca nos lleva a olvidarnos de la pobreza ni de volvernos insensibles ante el dolor de nuestros hermanos», recordó el purpurado en la Eucaristía.
Preocupación
La situación en la Cañada es cada vez más precaria. «Aquí la gran apuesta son los realojos», afirma el párroco, pero el ritmo va tan lento «que genera más problemas de los que ya tenemos». Hay una situación de precariedad «ya desde antiguo» por el aislamiento y la falta de recursos. Ahora se suman los escombros de las viviendas ya demolidas o los echados allí a modo de vertedero, y la reutilización de parcelas. «Siguen llegando familias nuevas, y muchas de ellas se alojan en subparcelas dentro de parcelas que ya existían». Así, donde antes había una familia, ahora hay tres. Por eso, a la falta de luz desde hace años se le añade en los últimos tiempos el hacinamiento, lo que genera «problemas de convivencia y de salubridad», con el uso de pozos negros y fosas sépticas. Todo esto provoca una situación de «tensión, tristeza y preocupación».
El trabajo es «buscar soluciones nuevas» a las condiciones de vida de estas familias. «No se puede seguir sosteniendo la ínfima calidad de vida». Y aquí a Agustín le siguen resonando las palabras del Papa León XIV en su viaje apostólico a Madrid, cuando hablaba del reconocimiento de la dignidad de las personas y de lo que «nos impela a nosotros, que es anunciar el Evangelio» y «decirle a la gente que Dios está de su parte por encima de cualquier otra realidad». Y esto «se tiene que traducir también en dignificación de la calidad de vida».