San Agustín escribió que de dos amores nacieron dos ciudades. Ya estemos en Roma o en Buenos Aires, en el Bund de Shanghai o en el interior de continente africano, nuestras miradas se vuelven hacia Jerusalén, la ciudad santa para tres religiones, el lugar de la pasión y muerte de Jesús, el sitio donde recordar que no se ha de buscar entre los muertos al que vive.

Por Jerusalén se han elevado oraciones y de ha derramado sangre, se han celebrado misas y se han pronunciado bendiciones. Ella ha hecho correr lágrimas de alegría y de dolor. Pocas urbes resumen, como ella, la grandeza y el horror de la historia humana, que Cristo vino a redimir.

A ella han dirigido sus pasos los caminantes de todo el mundo. Si los que van a Roma se llaman «romeros» y peregrinos son quienes van hacia Santiago de Compostela, los que vienen aquí, a ver el sepulcro vacío, se llaman palmeros y así han de ser reconocidos.

En ella se inspiraron los maestros de las catedrales los pintores románicos y góticos, los humanistas de los Renacimientos, los misioneros que fueron a América, África y Asia llevando la Buena Noticia de que Cristo vive.

En el silencio de sus calles, hoy casi vacías por la pandemia y el confinamiento, resuena el sufrimiento de toda la humanidad que busca el sentido de un dolor que sólo puede contemplarse desde la cruz, esa que se alzó como signo de salvación para quien la abrace.

Tómese el siglo que se quiera, desde Jerusalén puede alumbrarse una mirada nueva – «yo hago nuevas todas las cosas»- sobre el pasado del hombre, sobre sus protagonistas y sus episodios, sobre sus miserias y sus gestas.

Si es cierto, como profetizó Isaías, que «mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos», esta ciudad es, sin duda, el espacio propicio para dar nombre a un blog como que el que hoy da sus primeros pasos.

Bienvenidos.