Las leyes fundamentales de Israel exigían que el pueblo de Dios reciba con justicia a emigrantes y extranjeros, con huérfanos (niños sin familia) y viudas (mujeres sin garantías de vida personal y social). Así lo exigía el Pacto de Siquem, primera y más santa de las leyes de Israel

La primera ley del pueblo judío, el Decálogo, define a Dios como protector de emigrantes (cf. Ex 20, 2; Dt 5, 6), y al creyente como aquel que lo reconoce respondiendo: «Mi padre era un arameo errante, pero tú, Dios, nos ayudaste…» (cf. Dt 26, 5-10). La emigración no es cosa de otros, sino que define nuestra identidad, como hijos de Jacob, herederos de aquellos hebreos que salieron de Egipto, caminando hacia una tierra que les acogiera, para vivir pacificados en ella.

La sociedad bíblica y Estado (Israel) nació así de un pacto de emigrantes, que se comprometieron a vivir en libertad y justicia, a diferencia de los grandes estados del entorno (Egipto, Babilonia) que apelaban a las armas. Por eso, las leyes fundamentales de Israel exigían que el pueblo de Dios reciba con justicia a emigrantes y extranjeros, con huérfanos (niños sin familia) y viudas (mujeres sin garantías de vida personal y social). Así lo exigía el Pacto de Siquem, primera y más santa de las leyes de Israel: «¡Maldito quien defraude en su derecho al extranjero, al huérfano y la viuda! ¡Amén, así sea!» (Dt 27, 19; cf. Ex 20, 20-2; Dt 16, 11-12).

La acogida y protección de extranjeros (con huérfanos y viudas) precede a la constitución del pueblo, de manera que no están los emigrantes al servicio de un Estado ya constituido, sino que es el Estado el que nace para acoger y proteger a emigrantes, huérfanos y viudas, como ha puesto de relieve un gran pensador judío (E. Levinas), y como yo mismo he destacado (con J. A. Pagola) en Entrañable Dios. Las obras de Misericordia (Verbo Divino 2016).

En esa línea avanzó Jesús, retomando el motivo del éxodo de Egipto, para crear un pueblo nuevo (Reino de Dios), desde los pobres y expulsados de Galilea, sin tierras ni campos en tiempo de gran crisis. Con esa intención subió a Jerusalén, para anunciar e instaurar la humanidad nueva, siendo ajusticiado por ello. Pero los cristianos creemos que Dios lo resucitó, de forma que debemos seguir realizando su obra, que consiste en reunir a todos sus hermanos dispersos por el mundo (Jn 11, 52), como ratifica su mensaje final: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis» (Mt 25, 31-46).

Jesús se encarna así y sigue viviendo (sufriendo, caminando, esperando) en los migrantes y extranjeros, con todos los desnudos, que no tienen dignidad reconocida, pues ellos son sus hermanos más pequeños, hijos de Dios. Ciertamente, él sabe que las dos primeras necesidades son el hambre y la sed. Pero inmediatamente después insiste en los emigrantes y desnudos.

Extranjeros y desnudos hoy

Emigrantes son los extranjeros, sin patria o familia verdadera, pues han debido abandonarla por hambre, presión social o violencia, para vivir errantes, sin entorno de acogida cultural o humana, sin Estado que sancione su derecho a la vida. Son pobres pues, careciendo en general de bienes económicos, carecen de protección jurídica y dignidad reconocida, estando así desnudos, conforme al lenguaje de la Biblia: Amenazados por la enfermedad y la cárcel (campo de concentración), como desecho humano.

Emigrantes, extranjeros y desnudos son hoy las minorías (¡a veces mayorías!) marginales sin protección social ni Estado que avale sus derechos, multitudes no aceptadas ni integradas en el grupo dominante. Nuestra sociedad podría ofrecerles comida, compartiendo con ellos un camino de humanidad distinta, reconciliada, como quisieron los primeros hebreos, como propuso Jesús; pero, en general, no quiere; por eso crecen los hambrientos, extranjeros y desnudos, para mal de ellos y, sobre todo, para mal de la sociedad establecida, que se está asomando al precipicio de su propia destrucción, es decir, de su infierno, como proclamó Jesús en Mt 25, 31-46.

Vivimos en una sociedad desalmada, donde los grupos dominantes se protegen expulsando o rechazando, negando un espacio de vida, a los extranjeros, sin advertir que rechazan a los hijos de Dios, y se destruyen a sí mismos, pues el mismo Estado ha de estar al servicio de los necesitados. El Dios de Israel (de Jesús) vive y alienta ante todo en los emigrantes, hambrientos y extranjeros, y en defensa de ellos puede y debe nacer un Estado en el que reina la justicia. Por eso, acoger no es una obra de pura caridad intimista (mal entendida), sino de estricta justicia, como dice Jesús (Mt 26, 37).

Xabier Pikaza
El autor participó en el V Congreso Internacional de Pastoral Mercedaria con una conferencia sobre Migración y trata en la Biblia