Belorado: la puerta de la misericordia - Alfa y Omega

Belorado: la puerta de la misericordia

Esa furgoneta diésel y ese grafiti ruidoso pueden describir esta historia desde la tristeza y la frustración. Pero hay otro modo de verlo: esa verja vuelve a abrirse a la comunión, tesoro de la Iglesia

Guillermo Vila Ribera
Una furgoneta de mudanzas entra en el monasterio de Belorado
Foto: EFE / Santi Otero.

Este jueves se cumple el plazo dado por el Tribunal de Instancia de Briviesca para que las exmonjas de Belorado abandonen el convento. En los últimos días, dos de las religiosas que protagonizaron el cisma han organizado esta triste mudanza para que sean sus abogados quienes entreguen las llaves del cenobio a la comisión judicial. 

Triste porque lo que un día fue una vocación con ansia de eternidad ha derivado en una mundanísima mudanza de furgoneta. También porque la decisión libre y consciente del grupo de abandonar la fe católica ha supuesto una herida en la piel de la Iglesia. El sufrimiento se ha multiplicado: en las propias monjas cismáticas, en el arzobispo de Burgos, Mario Iceta, y, sobre todo, en las religiosas que decidieron mantenerse fieles a los principios a los que consagraron su vida.

El pasado 18 de diciembre la autoridad judicial, un médico forense y la Guardia Civil tuvieron que rescatar a las cinco hermanas mayores que permanecieron leales a la Iglesia y a quienes las exmonjas daban un trato degradante. Posteriormente, una falleció.

Así que esta imagen refleja un dolor profundo, pero también una enseñanza, un modo de afrontar las crisis. La Iglesia nos está mostrando un camino para abordar los conflictos que resulta casi revolucionario en este tiempo de polarización, guerra y venganza.

Porque el objetivo del arzobispo Iceta nunca ha sido recuperar un edificio por el valor de sus piedras. Se trata de restaurar la vida monástica de Belorado, con una historia de ocho siglos; pero, sobre todo, de abrir la puerta a la reconciliación, que es un proceso principalmente personal.

La excomunión decretada en su día contra las religiosas no tenía un objetivo punitivo. No es ese el modo de obrar de Cristo y, por tanto, de su Iglesia. Es una llamada a la conversión, una oportunidad para que quien se ha separado medite sobre su conducta y, desde esa intimidad, pueda encontrar el modo de regresar a casa.

La Iglesia es una madre que espera. Mientras escribo esto me pregunto si es solo una frase hecha, un tópico. Y no lo creo: esa espera es sinónimo de esperanza. El que actúa mal puede seguir el camino de Judas, quien desesperó y no fue capaz de acoger la misericordia del Padre; o el de Pedro, que, pese a su triple negación, abrazó humildemente el perdón de Dios. Este itinerario de conversión es el que han seguido dos de las cismáticas, a quienes el pasado Miércoles de Ceniza el arzobispo levantó la excomunión. «La Iglesia muestra siempre sus entrañas de misericordia», escribió el prelado.

Así que esa furgoneta diésel y ese grafiti ruidoso pueden describir esta historia desde la tristeza y la frustración. Pero hay otro modo de verlo: esa verja vuelve a abrirse a la comunión, que es el verdadero tesoro de la Iglesia, una madre que desea volver a abrir la puerta a quien voluntariamente decidió cerrarla.

Y esta es la gran enseñanza de esta historia. Ahora que los misiles y los drones vuelven a sangrar la tierra, Jesús nos recuerda que la última palabra nunca es la ruptura, sino la misericordia.