Begoña Iñarra: «La trata digital crece en España de manera exponencial»
Este jueves se conmemora el día contra la trata de personas. La campaña pone el foco en los Atrapados detrás de la estafa. Hablamos con la coordinadora contra la trata de la diócesis madrileña
—La mayoría asociamos la trata con la explotación sexual. Pero, en esta jornada, nos centramos en que también existe una esclavitud digital.
—En el pasado la trata digital no existía, pero hoy es una realidad que aumenta cada día y que es aún más fácil para los tratantes, ya que se exponen menos.
—¿En qué consiste esta esclavitud digital?
—Consiste, por ejemplo, en engañar por medios virtuales, a menudo ofreciendo un empleo «de sueño» o una oportunidad «estupenda y única». Justo la oportunidad que alguien está esperando. Otro medio es el «enamoramiento» a partir de una falsa identidad por internet (lo que se conoce como the loving boy) en el que al inicio el enamorado o novio es maravilloso, pero poco a poco se convierte en el traficante auténtico que es y explota a la mujer que le ama.
—¿Puede acabar una persona convertida en estafadora cuando en realidad es una víctima de trata?
—Depende de las realidades en las que se encuentre, pero a menudo esa persona es obligada a hacer lo que no quiere por internet… En ocasiones, deben responder a mensajes de amor que las víctimas envían para captar personas y hacerles un timo; es decir, sacar el dinero con promesas de amor o de ganancias fabulosas.
—A priori, es un fenómeno que se da más en continentes como el asiático y ahora el africano. ¿Temen que este fenómeno crezca también en Europa y en España?
—En Europa y en España está ya creciendo de manera exponencial. No son ya solo extranjeros las víctimas, sino nacionales de países europeos o americanos. En Estados Unidos se dan muchos casos, pero en Europa también, aunque se conozca menos.

—Usted coordina la comisión que trabaja contra la trata en Madrid. ¿Cuál es hoy el rostro de las víctimas en la capital? ¿Ha cambiado mucho en los últimos años?
—En los últimos años la trata en Madrid, como en todos los lugares, ha cambiado mucho. Una de las razones es que internet ha facilitado las relaciones entre los diferentes países y el o la tratante puede estar en cualquier lugar del mundo, aunque diga que está en el mismo país o diga que está en otro. Esto ha facilitado la captación.
Pero un cambio muy importante es que ahora los tratantes hacen gestiones con los clientes de la explotación sexual por internet; es decir, hacen las ofertas de servicios vía internet y controlan a las víctimas en el lugar donde a menudo están encerradas, vía cámaras, en cada habitación. Eso hace que el cliente que antes, en ocasiones, contribuía a la liberación de las víctimas, ahora no pueda hablar libremente, ya que las cámaras captan todo.
Otro cambio importante, sobre todo tras la pandemia, es que la prostitución en la calle o en los lugares públicos está disminuyendo, pero los pisos y chalets se han convertido en lugares de explotación, lo que es mucho más difícil de detectar y de acceder para la Policía. También ha variado el origen de las personas. Según sea para trata sexual o laboral o para incitar a cometer delitos, internet ha facilitado la llamada y la explotación. Además, las situaciones de pobreza, de guerra, de dificultades, hacen que haya muchas más personas vulnerables, que es lo que explotan los tratantes. Por ejemplo, la necesidad de dinero para algo urgente, para educar a sus hijos, y un largo etcétera. El hecho de que todo esto haga por internet dificulta la detección por parte de la Policía.
—¿Qué perfiles de víctimas están encontrando ahora? ¿Siguen siendo principalmente mujeres o detectan otras realidades?
—Actualmente, en la explotación sexual hay muchas víctimas de Colombia y de Venezuela, mientras hace unos años había muchas nigerianas. Ahora hay muchas mujeres latinas y está creciendo el número de asiáticas, que llegan de Nepal, Pakistán y Bangladés. En la trata laboral ocurre lo mismo con varones y mujeres. También en la trata para cometer delitos.
—¿Hay ámbitos cotidianos —hostelería, agricultura, servicio doméstico, reparto, prostitución, mendicidad— donde los ciudadanos podríamos estar conviviendo con víctimas sin darnos cuenta?
—Sí, hay ámbitos que son más propicios para captar víctimas de trata. En España, la agricultura es uno de los medios donde hay más víctimas, pero también en la construcción. En el servicio doméstico y en cuidado de ancianos, (aún hasta en algunas residencias de mayores) se han descubierto víctimas de trata y redes que empleaban a personas a partir de una agencia de reclutamiento de personas para cuidar mayores. En prostitución hay muchas, como ya he comentado anteriormente, tanto mujeres como hombres. En la mendicidad en España hay una gran proporción que son víctimas de trata a menudo familiar, explotados por parientes cercanos, conocidos… lo que hace mucho más difícil que las fuerzas de seguridad puedan actuar.
—¿Hasta qué punto nuestro consumo puede estar financiando redes de trata?
—Hoy en día UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), por sus siglas en inglés, calcula que la trata de personas es la segunda o la tercera economía más importante, después de la venta de drogas y la venta ilícita de armas (aunque algunos años esta es la tercera y la trata es la segunda).

—¿Qué aporta la Iglesia que quizá no puedan ofrecer otras instituciones?
—La Iglesia aporta acogida a las personas que son o han sido víctimas de trata. Otras instituciones también lo hacen, pero creo que la Iglesia aporta los valores cristianos de cuidado por todas las personas y no hace distinción entre las víctimas… Una realidad en España es que, aunque sea el tercer país del mundo en consumo de prostitución y el primero de Europa, la Iglesia tiene una gran red de centros para acoger a las víctimas y acompañarlas hasta su liberación y su integración en la sociedad.
—¿Cómo puede una comunidad cristiana convertirse en un lugar seguro para estas personas?
—Primero, la comunidad tiene que conocer la realidad o, al menos, tener personas que la conozcan, ser capaz de acoger (tener centros de acogida) y personas preparadas para esta acogida…
La comunidad cristiana puede colaborar con esos centros, concienciarse sobre esta realidad y ver cómo pueden contribuir a eliminar la trata de la sociedad y a acoger a las víctimas o apoyar a los grupos que les acogen.
—El Papa Francisco habló muchas veces de la trata como una «herida en el cuerpo de Cristo». ¿Qué significa esa expresión para usted?
—Las víctimas de trata son verdaderamente víctimas, abandonadas por la sociedad, muchas veces despreciadas o miradas con recelo por personas que se consideran normales… La sociedad entera es el Cuerpo de Cristo y estas personas víctimas de trata son parte del «cuerpo sufriente» de esa sociedad, al no tener libertad para decidir sobre qué hacer de su vida, aún en cosas muy pequeñas; al ser obligadas a hacer lo que no quieren, a veces por medios violentos. A pesar de ello, son miembros queridos y los primeros en el Reino de Dios y en el Cuerpo de Cristo. Esas mujeres y esos hombres no solo no han perdido su dignidad, como nos dijo el Papa León XIV en su visita a España, sino que son los preferidos de Dios, porque son los más pobres (no siempre económicamente, pero sí a nivel al que han sido reducidos por sus captores).
—¿Ha visto verdaderas historias de resurrección, personas que hayan recuperado su vida después de haber sido esclavizadas?
—Sí. Soy voluntaria en la Fundación Amaranta de Madrid, de las adoratrices y ahí, como antes en el Bosque de Vincennes de París donde visitaba a víctimas nigerianas, he visto muchas historias de resurrección, de mujeres que rehacen sus vidas, a pesar del calvario por el que han pasado. Ellas han sido para mí un modelo. Ellas me han transformado y nos hemos liberado juntas.
Cuando nos reunimos para celebrar la Navidad, cada año descubro a personas que había conocido antes y que ahora han rehecho su vida, trabajan, tienen una familia y se sienten personas libres.