Bakhita, la afortunada - Alfa y Omega

Mis primeros captores me llamaron Bakhita, que significa afortunada. No sabían cuánta razón les albergaba. Tenía 9 años y había olvidado el nombre que me habían puesto mis padres. Nunca llegué a recordarlo.

Nací en Darfur, el paraíso perdido sudanés, en 1869. Mi familia era humilde, aunque pertenecíamos a una etnia con prestigio. Mi padre era el hermano del jefe del poblado, poseíamos tierras con plantaciones y ganado, hasta obreros trabajaban para nosotros. Recuerdo mi pequeña cabaña, modesta, pero llena de vida. Los baobabs nos protegían contra los rayos de sol. Las flores tenían grandes pétalos, de vivos colores. Mi trabajo consistía en llevar los rebaños al río a beber o apilar el sorgo. Me encantaba trepar a los árboles y bailar. Sobre todo, bailar las danzas en honor a la naturaleza.

Tenía 5 años cuando llegó la primera pena. No sabía cuántas me esperaban aún. Mi madre se fue al campo con mis hermanos y me quedé en la cabaña con mi hermana mayor. De repente, gritos y llantos fuera. Los bandidos habían invadido el pueblo para robar, entraron en mi cabaña y se llevaron a mi hermana. Yo me escondí. Siempre recordaré los llantos desgarradores de mi madre.

Cuatro años después salí al campo, a unos pasos de casa, a jugar y recoger plantas. Dos extranjeros me agarraron, sacaron un gran cuchillo y me amenazaron con matarme si gritaba. Ellos me pusieron de nombre Bakhita, ellos me arrancaron de mi hogar para siempre. Me tuvieron un mes secuestrada. Una mañana, uno de ellos abrió la puerta y me presentó a mi comprador, un traficante de esclavos árabe. Desde ese día solo encontré dolor. Uno de los varios dueños que tuve me dio una paliza de muerte por haber roto un vaso. Estuve un mes sin poder moverme, pero incluso los otros esclavos se burlaron de mi. Con 10 años llegué a casa de un general turco que me torturó arrancándome los senos. Ahora soy como una tabla rasa. Su madre y su mujer no eran mejores. Me latigaban hasta arrancarme la piel y me tatuaron el cuerpo con una cuchilla y 114 incisiones. Después echaron sal en las heridas para aumentar el tormento. Si no me morí en aquel instante es porque el Señor me destinaba a cosas más grandes: A encontrar la fe católica gracias a un italiano que se apiadó de mi. Conocí al buen Dios. Ingresé en la orden canosiana y hoy soy patrona de las víctimas de trata. Este 8 de febrero celebramos nuestro día. [La biografía completa de Bakhita en La esclava indomable, de RIALP].

Cristina Sánchez Aguilar