Ante las dificultades de los curas, «hay que intervenir antes de que las cosas se pongan más feas» - Alfa y Omega

Ante las dificultades de los curas, «hay que intervenir antes de que las cosas se pongan más feas»

Emilio Lavaniego, que dirige un centro de atención para curas en situaciones difíciles, aboga por la prevención y por ayudar sin juzgar. Acaba de hablar en las jornadas de vicarios organizadas por la CEE

José Calderero de Aldecoa
Emilio Lavaniego
El sacerdote operario diocesano dirige una meditación para los sacerdotes de Segorbe-Castellón. Foto: Diócesis de Segorbe-Castellón.

La línea ferroviaria Madrid-Andalucía todavía no estaba abierta tras el accidente en Adamuz, así que el sacerdote Emilio Lavaniego decidió recurrir a BlaBlaCar —un servicio para compartir coche entre usuarios particulares— para regresar de las Jornadas de Vicarios de España, organizadas por la Conferencia Episcopal. Se celebraron la semana pasada en Huelva y, en ellas, este sacerdote operario diocesano impartió la ponencia Acompañar a los sacerdotes con dificultades especiales. En su intervención expuso parte de la labor de la Residencia Mosén Sol, situada en Castellón, de la que es director y en la que ayudan a curas con problemas importantes.

—La primera cosa que les dije a los asistentes, y la más fundamental, es que ese concepto de problemas especiales es muy peligroso, porque es muy fácil que se use defensivamente. Yo subrayo los problemas especiales en una persona para evitar afrontar mis propios problemas. Al final, todas las personas tenemos dificultades graves. Por eso, si quieres ayudar a una persona que tiene una problemática, lo primero que tienes que hacer es reconocer las tuyas propias.

A priori, no parece un tema sobre el que sea conveniente hacer una entrevista en un BlaBlaCar rodeado de desconocidos; pero bastan los primeros compases de la entrevista para que nos demos cuenta de que no es así. Lavaniego tiene la teoría de que es bueno hablar de los propios problemas, porque eso ayuda a los otros a no extrañarse de los suyos. Además, identificar una dificultad es el primer paso para remediarla.

—En la ponencia hablaba a los participantes de un psicólogo que conocí cuando estaba buscando profesionales para la casa. En la entrevista empezó hablando de sus propias neurosis, algo que podría parecer raro en una primera aproximación. Sin embargo, pensé que este era un verdadero profesional. Parte de sus neurosis para ayudar a otros con humildad. No desde arriba. Nunca desde un estatuto de superioridad. Me pareció un buen ejemplo para el público de las jornadas, entre los que se encontraban obispos, vicarios generales, canonistas. Al final, ninguno de ellos está como persona por encima del otro. Tienes que ponerte al nivel del que tienes enfrente. Es lo del Evangelio, la viga en el propio ojo y la paja en el ajeno.

 Lavaniego es partidario de no esperar a que el sacerdote tenga una viga en el ojo para actuar. Ni siquiera una paja. «Lo mejor es intervenir de forma preventiva antes de que las cosas se pongan más feas», asegura el director de la Residencia Mosén Sol en medio de un silencio sepulcral. Al otro lado de la línea ya no se escucha el murmullo del resto de usuarios de BlaBlaCar. «También se puede curar cuando ya ha aparecido un problema». Y luego, por último, «se puede tratar de poner compresas calientes cuando llega un sacerdote agonizando». Pero ahí ya no hay nada que hacer. «“No me manden a los curas”, les decía a los asistentes a las jornadas, “cuando ya solo podemos poner compresas”. Las pongo con mucho gusto, pero hay que operar antes».

El reto, entonces, es conocer muy bien el estado del presbiterio. «Hay que abrir la puerta del despacho, salir hacia los curas, estar disponible. Y así los sacerdotes contarán sus cosas y se llegará a tiempo para ayudarlos», propone Lavaniego.

El ejemplo más reciente es la asamblea presbiteral CONVIVIUM, celebrada por la archidiócesis de Madrid la semana pasada. Participaron prácticamente todos los curas «y la experiencia ha sido fantástica. La gente ha podido estrechar lazos, expresarse, compartir experiencias».

Precisamente uno de los que ofreció su testimonio fue Eugenio Pérez Turbidí, que puso rostro y voz a una de las cuestiones que más se trató en el encuentro: el cuidado de los sacerdotes. «Hace dos años y medio tuve que parar porque me sentí desbordado». Le causaba ansiedad el ministerio, y «también estaba triste», le contaba el propio Pérez a la periodista de la archidiócesis de Madrid Begoña Aragoneses. «Me costó muchísimo decirlo, pero la necesidad se impuso». A quien primero se lo contó fue a su madre. Y, después, a Jesús Vidal, entonces obispo auxiliar de Madrid. «Me permitieron parar». Y esto lo remarca, porque «a veces tenemos la sensación de que no podemos parar, y que si lo hacemos, vamos a decepcionar al mundo o las almas no se van a salvar…».

Eugenio pasó cinco meses en la Residencia Mosén Sol. Tras aquella experiencia, tenía ilusión por volver, pero a la vez miedo. «Quién iba a contar conmigo, si hay sacerdotes que son geniales, que no se cansan, y luego estoy yo, que me he roto». Pero «fue lo contrario». Se tuvo que adaptar un poco a la vuelta, pero se empezó a dar cuenta de que muchas personas se acercaban a él precisamente por lo que había pasado». También los sacerdotes. De hecho, tras contar su testimonio en CONVIVIUM, fueron muchos los curas que le escribieron un mensaje para darle las gracias. Él, por su parte, piensa que «diciendo esto ayudo, y el Señor se hace presente».