Alexia González-Barros, «momentos de virtud» - Alfa y Omega

Alexia González-Barros, «momentos de virtud»

La madrileña Alexia González-Barros murió a los 14 años con fama de santidad después de luchar los últimos diez meses de su vida contra un doloroso tumor maligno. «Alexia siempre tuvo claro que Jesús estaba a su lado y que todo lo que le estaba ocurriendo tenía un sentido», cuenta a Alfa y Omega su hermano Francisco

José Calderero de Aldecoa
Alexia en los Pirineos junto a su hermano Francisco. Foto: Familia González-Barros

La madrileña Alexia González-Barros murió a los 14 años con fama de santidad después de luchar los últimos diez meses de su vida contra un doloroso tumor maligno. «Alexia siempre tuvo claro que Jesús estaba a su lado y que todo lo que le estaba ocurriendo tenía un sentido», cuenta a Alfa y Omega su hermano Francisco

Con 13 años, Alexia González-Barros (Madrid, 1971-1985) acudió aquel día al médico con su madre por un dolor en la espalda y ya no salió nunca del hospital. Diez meses después, la niña murió con fama de santidad tras haber luchado contra un tumor maligno que la dejó parapléjica y por el que le tuvieron que someter a cuatro operaciones y a una ininterrumpida cadena de dolorosos tratamientos. Ahora el Papa ha autorizado a la Congregación para las Causas de los Santos a publicar el decreto que declara que Alexia González-Barros vivió las virtudes cristianas en grado heroico.

De ello fue testigo su hermano Francisco, que vivió muy de cerca la muerte de la ahora venerable sierva de Dios y asistió a un sinfín de «momentos de virtud heroica clarísima», asegura a Alfa y Omega. «Recuerdo ver a la enfermera escarbando en la espalda de mi hermana mientras le hacía una cura. Era una carnicería de marearte y yo solo podía pensar “que pare ya, que pare ya, que deje de escarbar, por Dios”. Ella no decía ni mu, se dejaba hacer, lo ofrecía a Dios y solo se le escapaba alguna lágrima por la mejilla».

Alexia deseaba salir de este duro calvario. «Rezábamos una oración a san Josemaría Escrivá y ella siempre pedía que “el próximo 26 de junio (festividad litúrgica del fundador del Opus Dei) pueda ir a Roma a darte las gracias por mi curación”. Ese mismo día de junio la situación no se había solucionado sino que había ido a peor y ella, con una confianza tremenda en Dios, volvía a pedir “que el próximo 26 de junio pueda ir a Roma”…».

Sin embargo, más significativa aun era la identificación que deseaba con Jesús. Antes de la segunda operación, «Alexia se puso a rezar en voz alta. Mi madre solo pudo captar la última frase: “Jesús, yo quiero curarme, yo quiero ponerme buena, pero sí tú no quieres, yo quiero lo que tu quieras”». Alexia, asegura Francisco, «tenía un sentido claro de que Jesús estaba a su lado y que todo lo que le estaba ocurriendo tenía un sentido». La joven hablaba incluso de su «tesoro», poder ofrecer sus intensos y constantes dolores por una infinidad de intenciones.

Presencia del mal

Alexia falleció en Pamplona, a los 14 años, el 5 de diciembre de 1985. Antes de morir tuvo que superar una última prueba. Según su hermano, «se moría a chorros», pero cuatro días antes «el diablo hizo acto de presencia». El propio Francisco González-Barros se encontraba allí. «Estaba con ella en la habitación y, de pronto, me dijo que esta noche se iba a suicidar. Me quedé helado», confiesa. «“Pero, ¿por qué dices esa tontería?”, le pregunté». «“Porque está aquí el negro [el diablo]”, me dijo». Inmediatamente, «se me puso el vello de punta. Me quedé totalmente paralizado agarrado a una barra a los pies de su cama». En ese instante, «salió mi madre del cuarto de baño y le preguntó “¿no está ahí Hugo –nombre por el que Alexia conocía a su ángel custodio–?” “No, se ha ido”, le contestó ella. Entonces la rociamos con agua bendita y nos pusimos a rezar. Poco después, le cambió la cara y dijo: “Ya está, ya se ha ido”».

El diablo «la tentó con algo tan gordo como el suicidio. Era como decirle que todavía podía hacer algo por sí misma. El diablo tiene una cierta economía de medios y yo creo que no se prodiga donde no tiene por qué. Ahí se estaba jugando mucho. Gracias a Dios, no pudo con ella», dice Francisco.

Alexia, de pequeña, junto a sus padres. Foto: Familia González-Barros

Causa de canonización

La muerte de Alexia fue un mazazo para la familia. «Al llegar a casa nos fuimos cada uno a nuestro cuarto y solo se oían llantos. Nadie pensó nunca: “Qué bien, ya tenemos una hija /hermana en el cielo”». Al contrario, «fue muy duro y el vacío muy intenso». Y, de hecho, la causa de canonización se inició por un cúmulo de casualidades y después de que un miembro del Tribunal de las Causas de los Santos del Arzobispado de Madrid, que se enteró de la historia por un libro que se había editado en el colegio Jesús Maestro (de la Compañía de Santa Teresa de Jesús –en el que estudiaba Alexia–) «les dijera a mis padres que tenían “el deber moral de plantear la causa ante el Arzobispado”».

La causa de canonización se abrió en abril de 1993 y 15 años después se vio sometida a un cierto revuelo mediático después de que el director de cine Javier Fesser estrenara en 2008 la película Camino. El filme simula estar basado en la vida de la ahora venerable sierva de Dios. Sin embargo, la familia no reconoce a una Alexia totalmente manipulada por su entorno y totalmente entregada a un ritual masoquista para ir al cielo.

Para Francisco González-Barros, la vida y muerte de su hermana se trata de «un hecho extraordinario, grande, singular y que se lee en una única dirección. Y no darse cuenta de ello me parece de una gran pobreza moral, y también personal». Todo este asunto, continúa el hermano, «desde luego no fue agradable, pero no digo que nos hiciera daño. A mí, particularmente, me parece muy triste pasar al lado de la grandeza y no darse cuenta».

José Calderero de Aldecoa @jcalderero