Al encuentro de Armenia - Alfa y Omega

La literatura –la ficción y la no ficción– permite viajar muy lejos, conocer gente de todo tipo sin mover un pie. Y se puede hacer de manera fidedigna, aunque lo ideal es siempre estar in situ. ¿Por qué digo esto? Pues porque mientras pergeñaba esta columnita, que va sobre Armenia, llegaba a la conclusión de que este pequeño país es muy grande. ¿Y cómo afirmo tal cosa si nunca he estado allí? Pues por la literatura.

Kapuscinski, Saroyan o Vosganian –autor de El libro de los susurros (Pre-textos)– me ayudaron a entrar en el país de los descendientes de Noé, el que primero adoptó el cristianismo o por donde la tradición cuenta que pasaron varios apóstoles. Un país que vivió de invasión en invasión hasta los turcos otomanos –cuando se perpetró el primer genocidio del siglo XX– y los rusos, los últimos en ocupar estas tierras. Recientemente he viajado hasta allí, en sentido figurado, de la mano de Virginia Mendoza y su libro de crónicas armenias Heridas del viento (La Línea del Horizonte), que es de lo que os quiero hablar. Al entrar en sus páginas me vino a la cabeza la idea de periodismo del Papa Francisco, que tiene mucho que ver con el concepto de projimidad, de encuentro con los demás, para contar la verdad. Una idea ya deslizada Kapuscinski cuando dice que «no hay periodismo al margen de la relación con los otros».

Pues bien, Mendoza, periodista y antropóloga, sale al encuentro, a raíz de vivir año y medio en Armenia, de hombres y mujeres con nombre y apellidos. Entra en sus casas, come y toma café con ellos. Escucha sus locuras, sus lamentos y esperanzas y dibuja con hermosas palabras un retrato de un pueblo que destaca por su resiliencia y por las ganas de volver a empezar. Lo condensa con acierto el periodista Ander Izaguirre en el prólogo del libro: «A Mendoza le interesan las vidas completas en sus más mínimos detalles, comparte las horas con los protagonistas de sus textos, los acompaña en las casas y en los caminos, observa sus manos viejas que pelan y asan berenjenas, bebe vodka con ellos, escucha historias de amor, chistes, canciones, enfados, rezos. Entonces sí, empiezan a hablarle del genocidio».

De todas las historias, la que más ejemplifica esto es la de una pareja de centenarios que sobrevivió al genocidio. A través de esta historia de amor, que comenzó como un matrimonio convenido, se narran los años más oscuros de este antiguo y sufriente país. Años en los que su lugar de origen pasó a ser turco, tuvieron que vivir lejos de su patria, perdieron un hijo y un nieto y decidieron volver.

Solo una cosa más: no dejen de leer este libro.

Fran Otero Fandiño