Al comienzo del año, soñamos un Madrid que sea hogar de paz
Mientras los pastores hablan, María calla. Mientras ellos cuentan, ella custodia. María enseña a tejer la paz contemplando en silencio a Cristo que se hace carne
Homilía en el día de año nuevo. Catedral de la Almudena
«El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz». Así comienza el año. No con un balance ni con un reproche, sino con una bendición. Dios inaugura el tiempo nuevo ofreciéndonos su rostro y regalándonos la paz. Y solo quien acoge esa bendición puede convertirse, a su vez, en bendición para los demás y en regalo para vivir el tiempo con sentido.
Aún resuenan las uvas de anoche: celebraciones compartidas, abrazos, encuentros… y también silencios, soledades, ausencias. Nuestra ciudad entra en el nuevo año entre fiesta, cansancios y heridas. Nosotros, los cristianos, queremos hacerlo además con un tono nuevo: de la mano de María, madre de Dios. Ella es quien nos toma de la mano para ayudarnos a cruzar los umbrales de un año a otro, de un día a otro, de una etapa a otra. Siempre María, mujer, discípula y madre de un Dios que se hace carne y que se queda entre nosotros.
Y, además, hoy no nos reunimos solo para desearnos cosas buenas. Nos reunimos para acoger la bendición de Dios sobre el tiempo y para asumir una responsabilidad: ser instrumentos de su paz en el año que se nos regala. Esta paz no es la simple ausencia de guerra. No es una paz frágil sostenida por el miedo o por el equilibrio de fuerzas. Es la paz de Dios, la paz profunda de la que hablaba san Juan XXIII en Pacem in terris: una paz que se edifica sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
1. María, madre y pacificadora
El primer día del año celebramos a María como madre de Dios y madre de la paz. Y al hacerlo confesamos algo decisivo: que Dios ha querido entrar en nuestra historia naciendo de una mujer. Ya no es un Dios lejano o inaccesible. Podemos llevarlo a casa, abrazarlo, llamarlo Abbá, Padre, con la confianza de los hijos. Y contemplamos a María, que observa lo que hacen con su hijo y guarda todo en su corazón. Mientras los pastores hablan, María calla. Mientras ellos cuentan, ella custodia. María enseña a tejer la paz contemplando en silencio a Cristo que se hace carne. La paz comienza siempre así: cuando alguien decide no responder al ruido con más ruido, sino abrir un espacio interior donde Dios pueda hablar. Por eso la paz necesita silencio, escucha, respeto. Sobre todo, cuando recordamos que, los cristianos, pase lo que pase, no tenemos enemigos, sino hermanos.
2. Sedientos de paz
Vivimos sedientos de paz, y quizá hoy esa sed se hace más evidente. Pero, ¿qué paz buscamos? No la paz de los cementerios, ni solo la simple ausencia de conflictos, sino una paz más honda, que brota de una relación viva con Dios y con los demás.
El mundo, sin embargo, por mucha luz y celebración que se lance por las cadenas de televisión, vive lleno de violencia, de quejas y de polarización. Vivimos en un clima bélico, con un aumento alarmante del gasto militar. El Papa Francisco hablaba de una «tercera guerra mundial a pedazos», y hoy el Papa León así lo confirma. Aparecen nuevas formas de violencia: guerras híbridas, ciberataques, discursos de odio, crispación constante, violencias simbólicas y estructurales que no siempre se ven, pero que destruyen la vida de muchas personas.
La violencia no empieza con las armas. Empieza con la palabra concreta que humilla, con el gesto que desprecia, con la mirada que ignora al otro. Vivimos rodeados de quejas, como si el lamento fuera el único idioma que supiéramos hablar. Nos quejamos de todo: de los demás, de la Iglesia, de la vida, incluso de Dios. Y tanto nos quejamos que ya no nos queda energía para construir. Hemos convertido el diálogo en un combate y la diferencia en una amenaza.

Por eso necesitamos acoger de nuevo la bendición de Dios. Él es quien nos saca de este ciclo sin salida. Porque la paz es, ante todo, un don que viene de lo alto. Pero, precisamente porque es don, se convierte también en tarea. Si no se vive, si no se cuida, si no se custodia, la violencia acaba infiltrándose en la vida familiar, en la vida pública y también en la Iglesia.
No es casual que la Iglesia celebre hoy la Jornada Mundial de la Paz al comienzo de un nuevo año. No es casual porque es ahora principalmente necesario y urgente. Esta jornada fue instituida por san Pablo VI. Fue una intuición profética: recordar a creyentes y no creyentes que la paz es el primer bien de la humanidad. Hoy siguen resonando con fuerza las palabras de Pío XII: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra».
3. La de Madrid quiere ser una Iglesia de paz
Nuestra ciudad, con sus barrios y pueblos, es plural y diversa. Madrid es ciudad de paso y de abrazo. Nadie pregunta demasiado de dónde vienes; basta con acercarse para acabar siendo cercano. Al comienzo del año soñamos un Madrid que sea hogar de paz, como Belén. Un lugar donde se desarmen las palabras y los pensamientos. Apostamos por una paz desarmada y desarmante, hecha de fraternidad, justicia, perdón y reconciliación.
Para ello necesitamos memoria, sí, pero también una memoria sanada y sanante, una memoria pacífica y pacificada, capaz de soltar agravios. Cuando acumulamos cuentas pendientes, la vida se vuelve un campo minado. Sin perdón, el pasado oscurece el futuro. Sin perdón no hay paz.
Madrid es un cruce de procedencias, heridas y esperanzas, al que somos enviados como misioneros de una paz novedosa. No resolveremos los grandes conflictos del mundo, pero sí podemos cuidar lo cercano: la familia, la convivencia vecinal, la vida comunitaria, la política local. De manera prioritaria, estamos llamados a hacer más fraterna, cercana y habitable nuestra Iglesia. Sin paz, sin cultura del encuentro, sin vínculos reales, sin proyectos compartidos y sin misericordia, no se construye nada duradero.
Ser misioneros de paz implica gestos concretos: escuchar antes de juzgar, cuidar las palabras, acoger al diferente, no demonizar a nadie, no permanecer indiferentes ante el dolor evitable, apostar por la no violencia, evitar el sufrimiento de las personas. También recordar a los pueblos olvidados y a las guerras que no aparecen en las pantallas.
La paz necesita de todos y se sostiene sobre pilares firmes: verdad, justicia, amor y libertad. Sin verdad se rompe la confianza. Sin justicia no hay paz duradera. Sin amor la convivencia se enfría. Sin libertad, la paz se asfixia.
La paz no es ausencia de conflictos, sino fruto del diálogo y del perdón. Pero no olvidemos que esto es una tarea que viene de Dios y no es fácil. La paz no es ingenuidad, es una tarea sagrada que brota del Evangelio y de la no violencia de Cristo.
Por eso hay que pedirla con insistencia a Dios y trabajarla cada día. Es frágil y necesita cuidado. Para que sea creíble, nuestra Iglesia ha de ser un verdadero convivium: lugar de encuentro, de oración, de diálogo fraterno y de vida vivida desde la fe, la esperanza y la caridad.
Eso es lo que venimos haciendo en tantos lugares y en las vigilias mensuales de oración por la paz. Eso es lo que haremos en la asamblea de sacerdotes CONVIVIUM. Eso es lo que se reza en cada Eucaristía.
4. Es hora de acoger la bendición y ser misioneros de la paz de Dios de la mano de María
Esto se hace hoy con un sencillo gesto: poner nombre al Niño. Hoy se nos llama a nombrar a quien se nos entrega, a quien hemos de cuidar como hijo de Dios. No es una idea ni un propósito más de año nuevo. Es concreto, tiene nombre. ¿Cómo acoges a Jesús este año en concreto? ¿Cómo lo cuidas y cómo lo encuentras? Tiene nombre. Está y se llama Jesús. Esto es, el Señor salva. Un niño nacido bajo la ley que abre las puertas de la gracia a todos.
La Encarnación es el compromiso más hermoso de Dios con la paz. No se impone, se ofrece. No obliga, dialoga.
Solo el bien desarma ante el conflicto. Solo la verdad convence. Solo la belleza atrae. Esa es la elocuencia del Niño indefenso entre María y José.
Comenzamos el año bajo el signo de la paz. No como un deseo ingenuo, sino como una llamada exigente a ser misioneros de esta paz. María nos enseña que la paz nace dentro y se derrama fuera, y que acoger a Dios es siempre el primer gesto pacificador.
Que este nuevo año haga de nuestra Iglesia en Madrid un espacio bendecido, y de sus comunidades auténticos talleres de paz. Que María, madre de Dios y madre nuestra, nos guarde en su corazón y nos enseñe a ser artesanos y custodios de la paz.
Feliz año nuevo.
Que el Señor nos muestre su rostro y nos conceda la paz.
Que sepamos acoger, al estilo de María, su bendición.