Abundio García Román

Joaquín Martín Abad
Foto: HOAC

El próximo día 30 se cumplen 30 años de la muerte de don Abundio García Román, sacerdote de Madrid y fundador de las Hermandades del Trabajo. Está iniciado su proceso de canonización y, actualmente, concluye la positio para que sea estudiada en la Congregación para las Causas de los Santos.

Nació en Jaraicejo (Cáceres) el 14 de diciembre de 1906, cuando la liturgia mozárabe celebra a san Abundio. Sus padres se trasladaron enseguida a Madrid. Padeció una poliomielitis de la que le quedó una leve cojera. En 1918 ingresó en el seminario conciliar y fue ordenado presbítero en 1930. Desde 1931, estuvo dirigiendo un colegio y fue capellán en el barrio de Entrevías mientras cursaba Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. En 1934 el obispo Eijo lo nombró profesor del seminario, consiliario en Acción Católica y capellán de las Esclavas del Sagrado Corazón.

Fue detenido y estuvo preso en la cárcel Modelo, en agosto de 1936; juzgado y absuelto en abril de 1937, se refugió en la embajada de Noruega. En 1939 volvió a sus tareas pastorales y por mandato del obispo inició su atención apostólica a ramas obreras de la Acción Católica, quien también le nombró asesor religioso para la delegación provincial de Sindicatos en Madrid. Comenzó a organizar cursillos para trabajadores y supo unir lo ejercitado en la Acción Católica con el apostolado en el mismo lugar del trabajo, mientras compaginaba sus estudios en la Escuela Social de Madrid. En 1946 fue nombrado delegado del Secretariado Social diocesano para promover el apostolado entre los trabajadores y el 16 de julio de 1947 el obispo diocesano firmaba el decreto por el que se constituían las Hermandades Católicas de Trabajadores. Afiliados y militantes de estas Hermandades del Trabajo se agrupaban fraternalmente, en empresas o por ramas laborales, como una asociación apostólica y social; es un servicio eclesial que, desde entonces, estos trabajadores prestan a sus compañeros. En 1950 fundó las Misioneras del Trabajo, para servir a las hermandades que se extendieron enseguida por España e Iberoamérica.

Si importante fue lo que hizo, todavía más lo que él fue. Su sepulcro –en una capilla en la calle Raimundo Lulio– tiene inscrito su sempiterno lema: «Señor, Tú sabes que yo te quiero».

Joaquín Martín Abad