A los ocho días, llegó Jesús - Alfa y Omega

A los ocho días, llegó Jesús

Domingo de la 2ª semana de Pascua / Juan 20, 19‐31

Carlos Pérez Laporta
'Incredulidad de Santo Tomás'. Iglesia de Santo Tomás Apóstol de Haro. (La Rioja)
Incredulidad de Santo Tomás. Iglesia de Santo Tomás Apóstol de Haro. (La Rioja). Foto: María Pazos Carretero.

Evangelio: Juan 20, 19‐31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor». Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Comentario

Hoy es el domingo de la misericordia: nos lo muestra en el Evangelio Cristo que, con una paciencia y una misericordia infinitas educa a los suyos en la fe, se aparece sin para que crean. La aparición es un gesto de misericordia ante la incredulidad: como ha subrayado el Papa, se aparece dos veces de la misma manera, vuelve a empezar, para no dejar atrás a Tomás.

Pero con esto nos está indicando que no serían necesarias las apariciones, de no ser por la incredulidad de los discípulos, de su incapacidad de reconocer que Cristo ha resucitado. El destino es creer sin ver; lo dice Jesús al final: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que creen sin haber visto». De hecho la dicha de la resurrección llega a los discípulos cuando dejan de ver. Lo hemos visto en la primera lectura: están más unidos, esperan sin miedo, expanden con fuerza el evangelio, ven prodigios del Señor por todo el mundo. Y el mayor prodigio es la fe de otros que, como dice la segunda lectura, aman y creen, llenos de alegría que Cristo resucitado es Dios. ¿Lo vivimos nosotros así? ¿Somos felices de creer sin haber visto? ¿Estamos llenos de alegría? ¿En qué consiste hoy la fe en el resucitado?

Lo más seguro es que tengamos que ponernos a la cola, detrás del bueno de Tomás para hacer el mismo recorrido de fe que hace él. Quizá nos ha escandalizado la petición que hace: quiere mirar las heridas de la cruz, quiere tocarlas. Pero en realidad está formulando una objeción muy humana: ¿Cómo sé yo que no estáis proyectando vuestro deseo de no haber perdido a Jesús? ¿Cómo puedo saber yo que todo esto no es una ensoñación? Tomás, como los otros, había sufrido enormemente la cruz. Aquello no había sido un teatro. Cristo había muerto lleno de dolores. Eso era lo que tenía él en la cabeza desde entonces. Esa idea dominaba su día a día.

Lo mismo puede sucedernos a nosotros. Una idea de resurrección fantasmagórica no nos interesa. Cuando escuchamos a los familiares de difuntos, de los enfermos, es inevitable pensar: ¿qué valor tiene el dolor? En las heridas de Cristo se manifiesta su sentido. Todo eso ha sido verdad. Todo eso es verdad. Y la verdad de la resurrección no puede simplemente poner el dolor y el pecado entre paréntesis. Jesús no resucita como si no hubiera muerto. La verdad de la resurrección no puede hacer como si la muerte dejase de importar. Porque la experiencia que tenemos es que la muerte es real y dolorosa. Y solo una resurrección que llegue a ese realismo puede convencernos: solo una resurrección que dé sentido a la muerte, al dolor, y a toda nuestra historia puede ser creíble para nosotros.

En definitiva Tomás cree que los signos de la muerte no pueden haber desaparecido. Que la resurrección tiene que consistir en salvar el sufrimiento. No es una idea macabra, sino realismo profundo. La alegría de la fe a la que alude Cristo no es una alegría superficial: tiene que ser la alegría cargada de toda la experiencia de la cruz. Sus heridas están salvadas, y nuestras heridas se salvan en ellas. Y así su cruz es salvación eterna para nosotros. Su muerte es lugar de vida para nuestra muerte. Los signos de su muerte, son hoy los signos de nuestra salvación. ¿Qué es la fe? Generalmente pensamos que la fe es pedir a Dios que nos libre de nuestros sufrimientos —lo cual es un primer paso; Jesús lo vivió también—; pero la fe va más allá, y ve en los dolores de la cruz el lugar de la salvación de todos los hombres. Esa es la alegría de la fe. La fe es decir a Jesús Señor mío y Dios mío. Es decir, en Jesús ni una lágrima será vertida en vano, ni una gota de sangre será derramada en balde. Todo quedará salvado. Nuestra historia, con sus zozobras, toda entera es salvada y tiene un valor eterno. La resurrección no borra las heridas, porque nuestro camino por la hitoria todo él tiene valor en la eternidad de Dios.