Manuel Bru: «Francisco no tuvo menos enemigos ideológicos que otros Papas, pero con él fueron más agresivos» - Alfa y Omega

Manuel Bru: «Francisco no tuvo menos enemigos ideológicos que otros Papas, pero con él fueron más agresivos»

Tal día como hoy, un lunes de Pascua, falleció el Papa Francisco. Ante esta efeméride, cuando se cumple un año de su partida, Manuel María Bru, delegado de Cultura de la archidiócesis de Madrid, ha escrito un libro que invita a comprender en 15 claves su legado

Cristina Sánchez Aguilar
Manuel Bru con su libro

Tal día como hoy, un lunes de Pascua, falleció el Papa Francisco. Ante esta efeméride, cuando se cumple un año de su partida, Manuel María Bru, delegado de Cultura de la archidiócesis de Madrid, ha escrito un libro que invita a comprender en 15 claves su legado. «No se dan ni rupturas ni cambios bruscos en el servicio de llevar el timón de la barca de la Iglesia, sino que se da siempre continuidad en la novedad y novedad en la continuidad». Es el resumen que hace el sacerdote y periodista Manuel María Bru Alonso sobre la propuesta que ofrece en El legado del Papa Francisco, recién publicado en la editorial Ciudad Nueva.

—¿Por qué decidió escribir El legado del Papa Francisco en este momento?
—Cuando un Papa fallece ocurre lo mismo que cuando fallece cualquier otra persona; da igual si la huella que haya dejado sea en un círculo más o menos pequeño; o que sea alguien conocido y hasta querido en el mundo entero. Se corre el peligro del olvido. Al pasar un año de su fallecimiento, todo es poco para que no lo olvidemos y nos preguntemos cuál ha sido su legado. Respondiendo a la petición de la editorial Ciudad Nueva (la idea fue suya) yo solo he intentado poner un granito de arena para no caer en esa tentación del olvido y para hacer en verano lo que más me gusta cuando me voy de vacaciones: escribir.

—¿Cuál diría que es la clave fundamental para entender al Papa Francisco?
—Su mirada a la Iglesia y a la humanidad: para él era lo mismo que mirar a una persona, una mirada de amor, que acoge, acompaña, integra… Es una mirada que cuida, que salva, con esa finura del amor propia del buen médico o del buen enfermero que cura, que no venda las heridas sin haberlas cuidado, pero tampoco hurga en ellas y, sobre todo, que consuela.

—¿Qué se ha entendido peor —o de forma más superficial— de su pontificado?
—Su apertura, su rechazo a todo tipo de moralismo que juzgando a los demás descarte a las personas, de cualquier forma. En la sociedad de hoy, y en la Iglesia de hoy, sigue habiendo muchos prejuicios para con algunas personas que se escapan de normalizaciones que, por otro lado, son ya muy viejas y deberían estar superadas. Lo que no se ha entendido es su mirada profundamente evangélica por la que «todos, todos, todos» pueden formar parte de la gran familia de la Iglesia.

—¿Hasta qué punto cree que ha existido una lectura fragmentada o ideologizada de sus palabras y gestos?
—Tal vez mucho más que con ningún otro Papa contemporáneo. Por su claridad, por su rotundidad, por su sinceridad, por no medir las consecuencias porque en la denuncia del mal y en la proclamación del bien no hay matices que valgan. Tal vez sea el Papa contemporáneo que menos se ha dejado aconsejar por los asesores hiperprudentes, hiperprecavidos.

—Usted insiste en la misericordia como eje. ¿Por qué es tan decisiva para comprender su pontificado?
—El Año de la Misericordia por él convocado fue el cenit de su pontificado. Podemos decir que de 2013 a 2017 el Papa preparó a la Iglesia para este acontecimiento y que, desde 2017 a 2025, lo que hizo fue aplicar en todos los campos de la misión de la Iglesia el paradigma de la misericordia, el doble paradigma de la misericordia del perdón (la parábola del hijo pródigo) y de la misericordia ante los abandonados (la parábola del buen samaritano).

Un momento del acto

—¿Cree que se ha banalizado en ocasiones este concepto?
—Sin duda. En realidad, más que este concepto en sí, que goza de un puesto central en la comprensión de la revelación y en la predicación evangélica desde siempre, el concepto de la misericordia, lo que se ha banalizado son otros conceptos con los que el Papa Francisco trató de aplicar la «clave misericordia»: Iglesia en salida, Iglesia hospital de campaña, Iglesia que escucha y discierne sinodalmente, Iglesia de las periferias, etcétera.

—El Papa hablaba constantemente de una Iglesia en salida. ¿Qué implica esto en la práctica?
—Implica que la Iglesia vive para la misión y no para mirarse al ombligo, y que en esta única identidad y tensión nada ni nadie puede frenarla; y menos que la misma Iglesia se encierre en una especie de refugio antimisiles para que los cambios en el mundo no la afecten y cierre la puerta con llaves desde dentro, no dejando ni siquiera que su patrimonio, el de la Palabra de Dios y la gracia de Dios para los hombres, salga al mundo. Implica, como explicó pocos días después de ser elegido sucesor de Pedro, y previsiblemente fue elegido por haberlo explicado, que encerramos a Jesús dentro de la Iglesia y no lo dejamos salir al mundo con nuestros cerrojos y filtros que, a la postre son cerrojos del miedo, y del prejuicio, cuando no de la discriminación.

—¿Qué resistencias está encontrando esta llamada dentro de la propia Iglesia?
—Como siempre, la resistencia del integrismo, que hunde sus raíces sobre todo, y desgraciadamente, en España, pero que con el pontificado del Papa Francisco encontró un potentísimo promotor, financiador y divulgador en todo el mundo que fue, y sigue siendo con León XIV, el movimiento neoconservador católico de Estados Unidos, herido por la herejía de la teología de la prosperidad. Movimiento que ya intentó que el cardenal Bergoglio no fuera elegido —por no haber caído en sus redes a través de sus lobbies empresariales—, como ha intentado a su vez que no fuese elegido Robert Prevost por, entre otras cosas, atreverse a corregir al secretario de Estado del gigante norteamericano, Marco Rubio, adepto a dicho movimiento.

—¿Existe el riesgo de que este concepto se quede en un eslogan?
—¿El concepto de Iglesia en salida? Claro que existe. Como existe el riesgo de quedarse en eslogan y en tópicos todos y cada uno de los conceptos que propongo en el libro como titulares de cada una de las 15 propuestas principales de su pontificado, sobre todo los conceptos de «discípulos-misioneros», «Iglesia hospital de campaña», «cultura del encuentro», «periferias» o «descarte». Pero también otros conceptos suyos que no abordo en el libro, como «hacer lío», «primerear», «balconear» u «olor a oveja».

—Francisco puso a los pobres en el centro. ¿Fue una novedad o una recuperación?
—Fue una recuperación que siempre es pertinente, porque siempre tenemos la tentación de olvidarnos de los últimos, precisamente por ser los últimos. Pero también fue una novedad en el modo en el que Francisco propone una profunda renovación teológica del principio de la opción preferencial por los pobres, al dotar al concepto de pobre una nueva dimensión, tanto en la visión conceptual por un lado antropológica (de la persona pobre y empobrecida a la persona descartada, abandonada, sola), y por otro lado sociológica (de la tensión opresor-oprimido a la relación dinámica entre integración y exclusión), como en la praxis (de la promoción superadora de la asistencia al cuidado y el acompañamiento que completa la promoción).

—La sinodalidad es uno de los grandes temas actuales. ¿Se está entendiendo bien qué significa?
—Me temo que no suficientemente. Pero si hay verdadera apertura a la acción del Espíritu Santo, y/o un poco de sentido común y apertura de mente, iremos no solo entendiendo lo que es la sinodalidad, sino también habituándonos a vivir nuestras relaciones en la Iglesia y fuera de ella con una actitud y con un estilo sinodal. Se trata de una personal conversión de fe, consistente en dar un salto hacia un mayor asombro ante el misterio trinitario que conlleva un cambio en la manera de mirarnos a nosotros mismos, el misterio de la Iglesia y el horizonte de la historia de la salvación. Pero también de una conversión comunitaria, de una conversión eclesial y de una conversión pastoral, que ponga patas arriba nuestro modo de convivir y de discernir, al servicio de la comunión, la participación y la misión.

—¿Qué cambios reales puede suponer en la vida de la Iglesia?
—Innumerables. Si en la Iglesia viviéramos la sinodalidad tal como nos la propuso el Papa Francisco, es decir, si en la Iglesia caminásemos juntos de verdad, no a medias, y no solo a veces, según para que cosas, sino siempre y en todo, todo cambiaría radicalmente. Cambiaría el modo de entender y de vivir la comunión eclesial, de tal suerte que pasaría de ser una mera categoría teológica, es decir, un artículo de fe; o de ser una mera categoría espiritual, es decir, una necesaria, pero aún insuficiente conversión espiritual, a una experiencia comunitaria real, con cambios significativos tanto y en primer lugar en los procesos de participación como, en segundo lugar, en los procesos de discernimiento.

—¿Cómo evitar que se reduzca a una cuestión organizativa o de estructuras?
—¿Y cómo evitar a que se reduzca a una cuestión meramente espiritual y relacional? Los dos peligros dialécticos son reales. La clave está en introducirnos todos con una actitud humilde y con ganas de aprender en la escuela de la sinodalidad, y poder hacer un proceso compartido en todos los niveles de la experiencia eclesial, y en todo el abanico de su pluralidad cultural e intercontinental, que poco a poco —sin desdeñar la pedagogía de prueba y error— ir avanzando en participación real, en discernimiento comunitario real y en toma de decisiones en común real, entendiendo este último paso sin poner en cuestión el servicio de la autoridad apostólica, garante de la unidad en la fe y de la comunión de las Iglesias, pero buscando el verdadero consenso, que no es el consenso del sufragio, por otro lado válido y necesario en multitud de escenarios eclesiales, sino el consenso que tiene como meta alcanzar, por la sincera búsqueda de la verdad, el testimonio más verdadero.

—¿Por qué cree que el Papa Francisco generó tantas reacciones tan diferentes?
—Él nunca las buscó. Algunos le achacan, aún hoy, que su lenguaje claro, conciso y, a veces contundente, unido a su personal forma de ejercer su espontaneidad, no solo no frenaron, sino que de algún modo provocaron esas reacciones, que por otro lado no fueron entre unos grupos y otros en realidad, sino entre algunos grupos y él. Pero no fue así. Para lo que sí sirvieron ese talante y esa transparencia suyas fue para que no tuvieran ningún éxito en el intento de tergiversar y manipular su magisterio, siempre más fácil cuando el que es objeto de este tipo de maniobras del engaño tiene un discurso más comedido, más complejo, más matizado o con menos impacto permanente en la opinión pública, como sin duda lo tuvo Francisco por ser comunicativamente tan universalmente comprensible, y tan incisivamente provocativo. Francisco no tuvo menos enemigos ideológicos que los Papas precedentes. La diferencia es que con él fueron más agresivos, y contra él invirtieron muchísimo más dinero para calumniarlo, porque no había manera de trasladar a la opinión pública una imagen y un discurso distorsionado y manipulado de sus mensajes.

Manuel María Bru Alonso

—Si tuviera que señalar tres elementos que ya forman parte del legado de Francisco, ¿cuáles serían?
—La imagen de la Iglesia de nuestro tiempo como un hospital de campaña, la doble conversión pastoral de los espacios eclesiales (la travesía hacia las periferias) y de los procesos eclesiales (la travesía hacia la sinodalidad), y, en tercer lugar, la libertad absoluta ante los poderosos del mundo que le permitía decirles las verdades con una claridad no insultante, por su puesto, pero sí inesperada, indisimulada y contundente.

—¿Qué cree que permanecerá de este pontificado dentro de 20 o 30 años?
—Para la sociedad, uno de sus más insignes referentes morales, uno de sus mejores defensores de la fraternidad universal. Para la Iglesia, desde luego no solo un número en el listado de los sucesores de san Pedro o un medallón más en San Pablo Extramuros. Quizá la inspiración y la protección de un santo, pero sobre todo creo que lo que permanecerá de él, casi nadie pensará que fue obra suya: un modo nuevo de concebir y de conducir la Iglesia y un modo nuevo de mirar al mundo y de intentar mejorarlo.

—¿Qué espera que se lleve el lector al terminar su libro?
—El deseo primero de saber más, no solo del Papa Francisco, sino también del Papa León XIV, que le tomó el relevo con idénticos desafíos y confluyentes propuestas, y de saber más de Dios, de la Iglesia y de este mundo. Segundo, el deseo de leer más, sobre Francisco y sobre todos los temas eclesiales y sociales suscitados en este libro. Y tercero, el deseo de pensar más, de hacerse más preguntas, de buscar nuevas respuestas y de hacerlo además junto a otros. Por eso, al final de cada propuesta hemos puesto tres preguntas, para seguir buscando respuestas, para suscitar un diálogo comunitario.