El Papa y su emoción por Pablo, un joven fallecido de cáncer al que conoció en Madrid
Durante el vuelo hacia Montevideo, León XIV recibió una fotografía del joven Pablo Reneo, fallecido el pasado mes de septiembre a causa de un tumor óseo. «Pablo murió como ha vivido: sin hacer ruido y proclamando el credo, lo último que dijo antes de que le sedaran», escriben sus padres en una carta enviada al Pontífice
El periodista Salvatore Cernuzio, a bordo del vuelo papal Roma-Montevideo, ha relatado en Vatican News uno de los momentos más emotivos de la tradicional entrega de regalos de los periodistas acreditados en cada viaje apostólico. Mantenemos su precioso titular como agradecimiento a la noticia tan bonita que ha hecho con la historia del joven. Cernuzio ha relatado que «ni una palabra, sino una mirada emocionada fue la del Papa al escuchar la historia de Pablo Reneo» y al ver la fotografía del joven, fallecido de cáncer el pasado mes de septiembre, «que, junto a su novia Teresa, estrecha la mano del propio Pontífice en el Movistar Arena, donde había compartido su testimonio en el marco de la visita papal a Madrid del pasado mes de junio».
León dejó una dedicatoria y su firma sobre la fotografía que le entregó durante el vuelo de Roma a Montevideo, primera etapa de su viaje a Sudamérica, la periodista española Eva Fernández. «Con mis bendiciones. León PP. XIV», escribió. Una bendición especialmente para los padres, Alberto y Nieves, que lloran la pérdida de este hijo «sencillo y lleno de vida», como escriben en la carta entregada también al Papa.
Las letras de unos padres
«Querido Santo Padre: me atrevo a escribirle para hablarle de mi hijo Pablo», arranca la misiva de Alberto y Nieves, que han compartido con Alfa y Omega. «En julio de 2024 le detectaron un osteosarcoma blástico en la tibia derecha. Tenía 18 años y un proyecto de vida por delante. Se acababa de matricular en la universidad, quería estudiar Farmacia. Soñaba con un futuro: conseguir un buen trabajo y formar una familia con su preciosa novia, Teresa, pero este diagnóstico irrumpió en su vida sin avisar y tuvo que dejar sus proyectos a un lado».
Comenzaron los primeros ciclos de quimioterapia «durísimos, que duraban seis días seguidos. Después vinieron muchos, muchos más». El rezo del rosario diario en el hospital «se convirtió en nuestro descanso. A Pablo le gustaba mucho rezarlo», asegura su madre.
«Yo solo podía decir por qué no me había pasado a mí, pero Pablo me dijo: el tumor lo tengo yo y soy yo quién tengo que seguir adelante», recuerda Nieves. «Unos días antes habíamos leído en familia un Evangelio al azar: “¿No he de beber el cáliz que me da mi Padre?”. Pablo sintió que esa Palabra era para él y desde ese mismo momento solo le pedía a Dios que le ayudase a cumplir su voluntad. ¡Ah! Y que nosotros, sus padres y su hermano, no perdiéramos la fe». Para Pablo «era un honor que el Señor le diera a beber su cáliz y así lo expresó».
El tumor fue extendiéndose rápidamente «Cada TAC era una nueva lesión, nunca retrocedió ni se frenó. Siempre malas noticias, ni una buena». Pese a todo, «Pablo nunca se reveló; ni si quisiera se quejaba. Los médicos y enfermeros nunca le oyeron decir: «Me duele»». En la carta enviada al Papa, sus padres recalcan cómo «nunca abandonó su buen humor. Reíamos mucho con él» y le definen como «un chico despierto, alegre, con un sentido del humor único».
Durante una hospitalización tras una bacteria que afectó gravemente su cuerpo tan maltratado con los tratamientos, Pablo «escribió a Su Santidad una carta para pedirle que viniera a visitar a los niños hospitalizados durante su viaje a España en el mes de junio». Pero el Señor le regaló la posibilidad de ser entrevistado junto con Carmen, su enfermera de paliativos del Hospital Niño Jesús, en el encuentro del Movistar Arena en Madrid.
Unos días antes del encuentro tuvo una nueva recaída como consecuencia de los tratamientos. «Fue la primera vez que le oí decir: rezad por mí», recuerdan sus padres. «Estaba muy mal, pero tenía tantas ganas de conocerle que un par de horas antes del encuentro Pablo empezó a encontrarse mejor y a bajarle la fiebre, con lo que pudieron sacarlo del hospital para llevarlo a la entrevista. Estaba emocionado de poder escucharle y estar cerca de usted».
Cuando terminó el evento «nos dijeron que podríamos saludarle brevemente. Pablo no lo creía. Aquel día fue muy especial para él. Después de esta visita Pablo empezó a recuperarse muy despacio y decidió que ya era hora de dejar los tratamientos». Pese a todo, «nunca abandonó las ganas de vivir cada día, de ofrecer sus dolores por tantas intenciones que le pedían, de disfrutar de las pequeñas cosas que cada día nos regala Dios: de sus amigos; de sus hermanos, que no le han dejado solo; de su novia, que ha sido un ángel en estos dos años —la mejor de las medicinas para Pablo—, de su familia y de su Atlético de Madrid, del que se despidió en el estadio cuatro días antes de partir al Padre con una gran victoria».
El 20 de Septiembre Pablo partió al Padre, en casa, «como él quería, rodeado de familia, amigos, hermanos, catequistas, sacerdotes. Todos orando por Pablo. Pudimos velar su cuerpo en la parroquia. Allí acudieron cientos y cientos de personas, igual que a su entierro». «Pablo murió como ha vivido: sin hacer ruido, sin quejarse, más preocupado de los que le rodeábamos que por él mismo y proclamando el credo. Eso fue lo último que pudo decir antes de que le sedaran».
Concluyen sus padres con una constatación: «El Señor nos llamó a su Iglesia hace 22 años. Siento que nos ha preparado para este tiempo y solo podemos dar gracias a Dios por todo el bien que nos ha hecho». Pablo «nació fruto de una Palabra y la Palabra se lo ha llevado cuando su misión estaba cumplida».