Francisco no vino, pero estuvo - Alfa y Omega

Una de las preguntas que más han resonado al hablar de la relación del Papa Francisco con su país es: «¿Por qué no lo visitó nunca?». Desde las especulaciones de los primeros meses, durante sus doce años al frente de la Iglesia Católica esa pregunta lo acompañó en cada vuelo de regreso a Roma. Con León XIV a pocos días de tocar suelo latinoamericano, esta interpelación cuasiexistencial se repite.

«Querría ir, es mi pueblo» o «veremos si puedo ir pronto» afirmó en varias ocasiones. Expresaba así, con su tono suave y firme a la vez, su deseo de encontrarse con su pueblo: hubo un viaje previsto para fines de 2017, junto con Chile y Uruguay, que no pudo hacerse por el calendario electoral chileno y porque enero es pleno verano austral. Lo aclaró para que nadie fantaseara con una supuesta «patriafobia», como se pretendió instalar alrededor de su figura. 

También por esos años la Argentina sufrió los efectos devastadores de lo que algunos llamaron grieta y otros, entre los cuales me adhiero, herida: una grieta se encuentra en cuerpos rígidos y sin vida; una herida, en cuerpos vivos como los habitantes de un país. Francisco sabía que, en un país partido, su presencia sería disputada antes de que bajara del avión. Los antiperonistas lo tildaban de peronista; los kirchneristas, de cómplice de la dictadura y unos y otros sectores políticos de ser el líder de la oposición y él no quería ser bandera de nadie. Por eso siempre me dolió —y me sigue doliendo— que aquí se redujera su figura a la política partidaria, porque nos perdimos conocer su mensaje universal y la grandeza de su figura. Recién se revalorizó una vez muerto. 

Con la llegada de la pandemia de la COVID-19 en los primeros meses del 2020, los viajes apostólicos se suspendieron durante meses y una vez que se retomaron convivieron la nueva realidad de un mundo pos-COVID, las molestias en su rodilla y la aparición de sus problemas respiratorios. Y, poco a poco, la esperanza de un nuevo viaje a América Latina se iba diluyendo.  

Primero la dirigencia y la agenda política. Luego la COVID-19 y el nuevo orden mundial. Finalmente, su salud aunque la juventud de su espíritu y sus proyectos se mantuvieron intactos hasta el final. Ciertamente Francisco no vino, pero estuvo: en los llamados telefónicos, en las videoconferencias, en cada gesto hacia las periferias existenciales, en sus cartas y mates en la plaza de San Pedro.