28-O Retazos de luz entre el amasijo de hierros - Alfa y Omega

28-O Retazos de luz entre el amasijo de hierros

Un obispo rezando ante las víctimas, un cura que da la absolución colectiva y un marido que intenta llamar a su mujer para despedirse. Dios se hizo presente en el accidente de Urda. «Él estaba ahí, al lado de las víctimas»

José Calderero de Aldecoa
Foto: OSV News / Violeta Santos Moura, Reuters.

Antonio, Ana, Fátima, Adriana o Daniel. Son algunos de los nombres de las víctimas identificadas hasta ahora en el accidente ferroviario que hace una semana, el pasado miércoles 28 de octubre, se llevó por delante la vida de 69 personas. Quizá sus cuerpos, ya sin vida, fueron ante los que el arzobispo de Toledo rezó un responso nada más llegar al punto kilométrico 118 de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, donde se produjo la colisión entre ambos trenes. «Llegué enseguida, en cuanto pude», pero en ese momento «ya había muchísimas personas muertas». La situación era «realmente dramática; podríamos decir casi dantesca», describe para Alfa y Omega Francisco Cerro, que puso todos los medios de la Iglesia a disposición de las autoridades y ha acompañado muy de cerca a los familiares de las víctimas.

Antes que el prelado, sin embargo, habían aterrizado allí sus curas. Al párroco de Urda —la localidad más próxima al lugar del siniestro—, el trágico suceso le pilló en Toledo, donde tuvo que ir a hacer unas gestiones. De hecho, «me enteré del accidente por el propio arzobispo, que me llamó para preguntar qué tal estábamos», reconoce José Miguel Fernández.

En ese momento, Fernández resolvió con celeridad lo que tenía entre manos y acudió a la zona cero. Allí, «lo primero que hicimos fue ayudar a los heridos menos graves», a los que había que trasladar a un centro de atención que se había montado en Urda.

De camino, «algunos te decían, “padre, abráceme, ¡que estoy vivo!” Otros, sin embargo, iban en silencio, todavía en shock. Ya cuando se tranquilizaba, surgía la conversación, les podía preguntar de dónde eran y cosas por el estilo».

A Fernández no le tocó asistir ante la muerte a ninguno de los afectados. No así a su compañero Fernando Fernández de Bobadilla, párroco de los Yébenes, que se vio superado por la magnitud del siniestro: «Comprendí que no podía atender uno por uno y di la absolución colectiva a todo el que estuviera en peligro de muerte, que es lo que dice la Iglesia para situaciones de catástrofe», explica.

Ante semejante panorama, que los testigos han descrito en toda su crudeza —hablan de de cuerpos mutilados—, una de las preguntas que más le han hecho estos días a los presbíteros involucrados en el suceso es: «¿Dónde estaba Dios en todo esto?» José Miguel Fernández la contesta para este periódico con el convencimiento propio de quien ha visto actuar al Señor a través de las manos de aquel voluntario que tapaba con una manta a una víctima que tenía frío o en las manos del bombero que, radial en mano, se afanaba en liberar a uno de los pasajeros encerrados. «Él estaba ahí mismo, al lado de las víctimas, al lado de los familiares, al lado de los voluntarios, al lado de los rescatistas; a mi lado también», concluye.

Dios también está en el medio del matrimonio de Maite y Mario, cuya historia pudimos conocer gracias a Antonio García, el farmacéutico de Urda. El boticario acudió rápidamente al lugar del accidente ferroviario para ayudar en todo lo que tuviera en su mano. Allí encontró a un hombre moribundo que se despedía de su familia: «Dile a Maite que la quiero, que quiero a los niños» y recuerda que «el Señor es bueno».

El farmacéutico se derrumbó ante la escena. Un marido moribundo que tiene un gesto de amor hacia su mujer. Pero Mario, en realidad, sobrevivió; y su familia ahora ha contado la historia en un comunicado al que ha tenido acceso Alfa y Omega. Todo comenzó por la mañana. Mario Aguado había salido de casa temprano para viajar a Sevilla por motivos de trabajo. Su mujer, Maite, se quedó en Madrid con sus tres hijos pequeños. Era una mañana normal, pero una despedida marcada por el cansancio y las dificultades familiares se convertiría en un recuerdo imposible de olvidar.

«Cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido», reconoce Maite. El matrimonio acababa de regresar a España tras una misión evangelizadora especialmente difícil y atravesaba una etapa de incertidumbre. «Me despedí de él enfadada, sin decirle cuánto le quería».

Poco después ocurrió lo que todos sabemos. El sistema LZB se cae. Dos trenes se paran. Al AVE le ordenan reanudar la marcha. Un tren que embiste a otro. Y 69 víctimas. «Empecé a pensar que podía estar muerto, que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería, que mis hijos crecerían sin su padre», relata Maite. La angustia se apoderó de ella hasta que recibió una llamada de su padre: Mario estaba vivo. Y concluye: «Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería». «Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse “te quiero” es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si minutos después lo va a poder decir».