Cuenta Johan Huizinga en Homo ludens que en origen, cuando los albores de la cultura, la poesía se reservaba a lo santo y lo solemne. Lo más importante para la supervivencia de la comunidad se cantaba en verso, que alzaría una frontera imaginaria entre lo cotidiano y lo excepcional, entre lo profano y lo grave. La poesía era el idioma del prodigio; arrancaba lo cantado de la grisura de los días. Quizá sea este el motivo por el que el amante sigue componiendo odas a su amada: algo le dice que está en el mundo sin pertenecer del todo a él, algo le dice que su presencia es, en el fondo, una aparición. Hay bellezas que solo pueden celebrarse en verso.
Sin embargo, la frontera entre lo santo y lo profano, entre lo solemne y lo leve es más difusa de lo que creemos. ¿Acaso no es santa toda la realidad? ¿Acaso cuanto existe no es solemne por el mero hecho de que existe pudiendo no hacerlo? Uno de los principales hallazgos de la historia intelectual de Occidente consiste precisamente en esto: en que todo lo real es poetizable porque es santo, en que todo es santo porque todo es milagroso, en que todo es milagroso porque resulta de una gratuidad.
La poesía es exuberancia. Pretende menos transmitir un mensaje, para lo que basta la frialdad del lenguaje periodístico, que contagiar una tensión. Nace de una embriaguez y la provoca. Surge de un arrebato y lo difunde. ¿No refleja así la realidad misma? ¿No parecen las plumas del pavo real, también la oscura austeridad de la hormiga, la ofrenda de un amor arrebatado, incluso ebrio? La realidad, como el poema, es en sí misma abundante: nada está limitado a su función; todo resulta injustificable y excesivo. ¿Qué necesidad evolutiva explica las rayas del tigre? ¿Qué imperativo biológico las lágrimas del sauce? La poesía apenas levanta acta del exceso circundante; su abundancia no puede ser, en verdad, más precisa. El poeta recurre a imágenes porque la realidad misma es imagen, a símiles porque la realidad misma es signo, a adjetivos porque la realidad misma es adorno.
Nada es estrictamente prosaico; la banalidad constituye apenas una ilusión óptica. Basta aguzar la mirada para descubrir el prodigio en la rutina, el milagro que se oculta tras el tedio. Para el poeta todo está revestido de novedad, como la hierba barnizada por el rocío, como la creación el séptimo día. Intuye un vergel donde otros ven apenas polvo y cenizas. Entrevé una gracia entre los escombros, donde los comunes sólo perciben desolación y muerte. Es lo que enciende su canto. Su euforia nace de una maravilla que no palidece ante el dolor, de la espiga de trigo que sigue creciendo pese a la ubicuidad de la cizaña. La mirada poética es generosa: nada resulta al poeta indigno de cantarse.
¿Y qué hay del mal, del dolor y de la muerte? ¿Del sufrimiento de los niños y de la soledad de los ancianos? ¿De la precariedad de los mendigos y de la frívola opulencia de los millonarios? ¿También son santos y solemnes? ¿Acaso puede poetizarse el mal? La poesía redime cuanto toca. El poeta ve al criminal y se lo imagina de niño, urdiendo ficciones en la soledad de su cuarto, quizá acudiendo a la llamada imperiosa de su madre. Se da de bruces con el sufrimiento y piensa en las manos que acarician, en los hombros que sostienen, en las miradas que esperanzan. Todo mal ha parasitado un bien al que el bardo se aferra.
Los buenos poemas son operaciones de rescate. La pena que se canta resulta menos penosa. Sangrar tinta es una buena manera de neutralizar el dolor. Dice Jesús Montiel que los escritores son jardineros en la estepa. Al poeta le concierne todo porque todo tiene un destello de santidad, aunque en ocasiones parezca imperceptible. La poesía nace, en verdad, de un optimismo: no hay belleza que no deba ser celebrada; no hay fealdad que no pueda ser redimida.