Los primeros 18 minutos de la película son toda una declaración de intenciones. Sorogoyen plasma en una conversación todo lo que, a priori, aspira a conseguir un cineasta: honestidad, espontaneidad, realismo y nitidez en la emoción.
En El ser querido, un padre y una hija que llevan años sin verse se reencuentran en un restaurante y, durante casi 20 minutos, la cámara estrecha progresivamente el cerco sobre ellos en un magistral juego de plano y contraplano, como si el encuadre respirara al ritmo de una emoción que crece y se vuelve cada vez más difícil de contener. Sorogoyen convierte así el espacio entre ambos en pura tensión: cuanto más se acercan los rostros, más se agiganta todo aquello que llevan años sin decirse.
El director madrileño convierte el primer encuentro entre Esteban y Emilia en un arriesgado experimento actoral: durante meses los preparó por separado, sin permitirles ensayar juntos ni verse, y construyó con cada uno una memoria distinta del pasado de sus personajes. El día del rodaje se encontraron por primera vez ante cinco cámaras ocultas y rodaron durante hora y media, con apenas diez páginas de guion y el resto abierto a la improvisación. De ese salto al vacío nació el plano secuencia que abre la película: una conversación en la que la incomodidad, los silencios y hasta los accidentes adquieren una verdad difícil de fingir.
Esteban, director de cine, vuelve a rodar con Emilia, su hija, una actriz cuya carrera no despega, después de años de distancia. El reencuentro reabre heridas y recuerdos diferentes. Sorogoyen y Peña convierten esa incomunicación en materia dramática: dos personas pueden compartir una historia y habitar memorias diferentes.
Aunque puede que lo mejor de Sorogoyen sea su capacidad para generar suspense (As bestas es una obra maestra en este sentido), El ser querido confirma que tiene un gran talento para filmar las emociones de manera muy tangible. Hay algo conmovedor en la belleza de un rostro humano cuando la cámara sabe mirarlo. El realizador maneja el tiempo, el metraje y el silencio con una libertad que ya deslumbraba en Los años nuevos. Mucho más poderosa es su dirección de actores. Bardem y Luengo están extraordinarios, límpidos, por momentos parecen arrancados de un documental.
La música de Olivier Arson es otro gran acierto. El compositor de As bestas y El reino, ganador de dos Goya, vuelve a trabajar con Sorogoyen para intensificar miradas, silencios y dudas. Menos orgánicos resultan, sin embargo, aunque creativos, los cambios de formato y ciertos juegos con el sonido. Sorogoyen ha explicado que los distintos formatos (35 mm, 16 mm, 8 mm, digital, 4:3, blanco y negro) responden a la idea de que cada personaje tiene su propio relato, y que el blanco y negro funciona como una «interferencia emocional» cuando los protagonistas dejan de ser director y actriz para volver a ser padre e hija.
Rodrigo Sorogoyen
España
2026
Drama
+12 años