Queremos una teología que transforme - Alfa y Omega

Queremos una teología que transforme

En la apertura del curso académico de la UESD, el arzobispo de Madrid pide una formación que una rigor intelectual yvida espiritual, capaz de dialogar con los desafíos de la sociedad actual

José Cobo Cano
El profesor Andrés Sáez durante la lección inaugural, acompañado del cardenal Cobo, el rector, el secretario general y el profesor Juan Carlos Carvajal.
El profesor Andrés Sáez durante la lección inaugural, acompañado del cardenal Cobo, el rector, el secretario general y el profesor Juan Carlos Carvajal. Foto: Universidad Eclesiástica San Dámaso / Quique Pintado.

Universidad Eclesiástica San Dámaso. Apertura del curso académico 2026-2027. 1 de octubre de 2026

Querido rector, autoridades académicas, profesores y alumnos, personal de administración y servicios, querida comunidad universitaria de la Universidad Eclesiástica San Dámaso: comienza un nuevo curso. Y, antes de dar contenido a las asignaturas, investigaciones, seminarios, encuentros y proyectos del nuevo curso, os invito a detenernos un momento para preguntarnos: ¿quiénes somos?, ¿para qué estamos aquí? y ¿qué espera la Iglesia de Madrid de la Universidad San Dámaso?

Porque no venimos solamente a enseñar y a aprender. Venimos a buscar. Buscar es una palabra exigente; quien busca de verdad acepta que todavía no lo sabe todo.

Nuestro lema lo expresa con admirable sencillez: Veritatis Verbum communicantes. Comunicar la Palabra de la Verdad. Ahí se condensa nuestra tarea: recibir una verdad que no hemos creado nosotros, que nos desborda y precede, adentrarnos en ella con inteligencia y humildad, y ponerla después al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Y sabemos que esa Verdad tiene un rostro: Jesucristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6).

Por eso, estudiar teología no consiste en apropiarnos del misterio de Dios, como si pudiéramos encerrarlo en nuestros conceptos. Consiste, ante todo, en dejarnos conducir por Él. 

Benedicto XVI recordaba que «la fe cristiana tiene una dimensión racional e intelectual esencial»; esta es una primera convicción para comenzar el curso. San Dámaso tiene la vocación de ser una casa donde se pueda pensar con libertad y rigor, preguntar sin miedo y creer sin dejar de pensar. Porque la fe no necesita protegerse de la razón. Necesita una razón suficientemente amplia para dejarse interpelar por el Misterio y, así, generar una teología crítica y profética.

Teología y santidad

Pero hay una segunda convicción que, como pastor, quiero poner delante: la inteligencia teológica no puede separarse de la vida espiritual. El conocimiento de Dios no nace simplemente de acumular conceptos. La teología cristiana nace de una relación viva con el Dios que se revela. Por eso, en la tradición cristiana estudiar y rezar nunca han sido actividades extrañas entre sí.

«El teólogo no debe olvidar que él es también quien habla a Dios», decía el Papa Benedicto. Y añadía que es indispensable mantener estrechamente unida la teología a «la oración personal y comunitaria, especialmente litúrgica». «En la unión con Dios, de algún modo, el misterio se saborea, se hace cercano, y esta proximidad es luz para la inteligencia», nos decía.

Aquí hay una tarea fundamental para este principio de curso: que el estudio nos haga experimentar más intensamente a Dios. No queremos una teología que simplemente informe. Queremos una teología que transforme, que haga más profunda la fe, más inteligente la esperanza y más concreta la caridad.

Juan Martín Velasco, cuando nos enseñaba en estas aulas, decía que la teología es fruto de «la paciencia intelectual en la impaciencia del amor», y hablaba de la buena teología como aquella capaz de presentar una «Iglesia intelectualmente habitable […] que ofrezca su verdad a los demás y se deje iluminar por los destellos de verdad que haya en otras creencias o sistemas».

Un momento de la apertura del curso
Foto: Universidad Eclesiástica San Dámaso / Quique Pintado.

La expresión nos resume una tensión fecunda: paciencia intelectual, porque la verdad requiere estudio, método, rigor y tiempo; e impaciencia del amor, porque el teólogo no estudia desde la indiferencia. Le mueve la pasión por Dios y por el ser humano.  Al mismo tiempo, reconoce como propio lo bueno, justo y noble que haya crecido en otros suelos, porque procede del mismo hogar que es Dios mismo y su Espíritu.

Teología y santidad no pueden caminar por caminos paralelos. Francisco lo expresó con una frase que merece permanecer en la memoria de toda comunidad teológica: «Se aprende para vivir: teología y santidad son un binomio inseparable».

«Conocer el amor de Dios en Cristo, que supera todo conocer, significa que el conocimiento que brota de la fe enriquece la vida cristiana y el amor teologal, pero excede nuestro conocer teológico» dice Carlos María Galli. La pregunta, por tanto, no puede ser solamente cuánto sabemos al terminar un curso. También debemos preguntarnos: ¿en qué personas nos estamos convirtiendo mientras estudiamos? Y, particularmente: ¿estamos capacitando a quienes van a servir al Pueblo de Dios en Madrid con el bagaje teológico y pastoral adecuado a los desafíos que van a enfrentar?

Una teología que aumenta nuestros conocimientos pero no ensancha nuestro corazón, corre el riesgo de haberse quedado a mitad de camino. En breve celebraremos la beatificación de varios seminaristas mártires: la entrega de su vida, sin rencor, es la más sublime lección de teología, una teología vivida y una teología expresada.

Una teología en salida

León XIV nos ha ofrecido recientemente una imagen muy sugerente para hablar de la formación teológica: la navegación. No se trata, dice, de adquirir simplemente nociones para cumplir obligaciones académicas, sino de emprender «una navegación valiente, una travesía en alta mar».

Una universidad puede convertirse en un puerto seguro: un lugar en el que conocemos nuestras rutas, repetimos nuestros mapas y navegamos siempre por aguas conocidas. Pero la teología no puede vivir permanentemente amarrada.

Por eso León XIV propone una doble dinámica: descender a las profundidades del misterio de Dios y, al mismo tiempo, salir hacia nuevos horizontes, buscando formas y lenguajes capaces de anunciar el Evangelio en las diferentes situaciones de la historia.

Necesitamos una teología arraigada y, precisamente por estar arraigada, capaz de salir. Una teología que no tenga miedo de entrar en conversación con la filosofía, las ciencias, las humanidades, la literatura, el arte y las nuevas formas de pensamiento. Una teología capaz de escuchar los grandes cambios que están transformando nuestra sociedad: la inteligencia artificial, las nuevas formas de pobreza, las migraciones, la crisis del trabajo y de la vivienda, la soledad, la incertidumbre de tantos jóvenes y, en definitiva, esa búsqueda de sentido que permanece viva incluso allí donde parece haberse apagado la pregunta religiosa, cuyo rescoldo parece avivarse en formatos nuevos.

Detrás de muchas de las grandes cuestiones contemporáneas permanece una pregunta antigua y siempre nueva: ¿qué significa ser humano? Y cuando la pregunta por el hombre se toma verdaderamente en serio, vuelve a aparecer siempre la pregunta por Dios. 

La literatura contemporánea lo muestra también. Basta acercarse, por ejemplo, a la experiencia narrada por Javier Cercas en El loco de Dios en el fin del mundo para descubrir cómo la cuestión de Dios y de la vida eterna vuelve a aparecer allí donde el ser humano se enfrenta con el sufrimiento, la muerte, el amor y el destino último.

Evangelii gaudium: proyecto vigente para una Iglesia en salida

Aquí aparece una segunda gran llamada que quisiera poner delante de nosotros al comenzar este curso: la recepción de Evangelii gaudium, reivindicada por el Papa León XIV. 

La exhortación apostólica de Francisco no es simplemente un documento pastoral entre otros. Es una llamada a una conversión misionera de toda la Iglesia. También de sus instituciones académicas.

Una universidad eclesiástica no puede permanecer al margen de la dinámica evangelizadora de la Iglesia. Su misión académica tiene una finalidad eclesial y misionera.

Asistentes al acto
Foto: Universidad Eclesiástica San Dámaso / Quique Pintado.

San Dámaso, por tanto, está llamada a vivir una teología en salida: una teología que salga de las aulas sin abandonar el rigor; que llegue a las parroquias y comunidades sin perder profundidad; que dialogue con la cultura sin perder su identidad cristiana; que sepa escuchar los sufrimientos y las esperanzas de nuestro pueblo y ofrecerles la luz del Evangelio.

Esas fronteras o periferias están también en Madrid. Están en nuestros barrios y pueblos y en muchas personas que buscan orientación; particularmente, en quienes vuelven a la fe o inician procesos de catecumenado bautismal de adultos, o en tantos jóvenes que, tras la visita del Papa, acuden a nosotros sin saber muchas veces cómo formular sus preguntas.

Se trata de pensar y enseñar una teología al servicio de la misión.

Hacer teología juntos

El Papa León explica que una formación al servicio del Evangelio solo es posible juntos, navegando «en mar abierto».

Y para realizar esta tarea aparece una noción que adquiere una importancia decisiva: la sinodalidad. No es una moda eclesial ni una técnica de organización. En el fondo, no es algo nuevo, sino que pertenece a la tradición de la Iglesia.  Es una forma de vivir la Iglesia caracterizada por la espiritualidad de la comunión.

En el Bernabéu, ante la comunidad diocesana, León XIV dijo: «Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio».  

Puede que a algunos cristianos les resulte novedosa, pero es un elemento innegociable de la hora de nuestra Iglesia, de una Iglesia que quiere seguir siendo «Sacramento universal de salvación» (LG 48; GS 45) a través de la comunión, la participación y la misión.

León XIV nos ha dirigido una invitación que debe resonar también en nuestras aulas, vibrando con la Iglesia universal que se encamina hacia la asamblea de 2028 y con la Iglesia de Madrid, que hace lo propio en octubre-noviembre de 2027.

¿Qué espera la Iglesia de Madrid de San Dámaso?

En primer lugar, espera que sea una universidad verdaderamente al servicio de la misión evangelizadora. La razón de ser de una universidad eclesiástica como San Dámaso es formar personas capaces de servir a la Iglesia: sacerdotes, seminaristas, consagradas y laicas; personas con una sólida formación intelectual, pero también con una profunda experiencia de fe y capacidad para leer y ayudar a leer evangélicamente la realidad.

En segundo lugar, espera que San Dámaso participe activamente y anime el proceso de conversión pastoral de nuestra Iglesia diocesana. La universidad no está fuera de la Iglesia particular; está llamada a servirla desde su propia identidad y desde su corazón.

Por eso, este curso daremos también pasos significativos en la puesta en marcha de la Escuela Diocesana para la formación del laicado y de los agentes de pastoral.  Es una oportunidad privilegiada para poner en práctica aquello que estamos diciendo. 

En tercer lugar, espero de San Dámaso una decidida voluntad de colaboración con las demás instituciones docentes y teológicas de nuestra diócesis. No estamos llamados a competir por espacios, alumnos o protagonismos. Estamos convocados a poner en común armónicamente los dones recibidos.

La colaboración académica no es solamente una cuestión de eficacia. Es la espiritualidad de comunión puesta al día. Por eso, San Dámaso ha de ser capaz de tender puentes: entre disciplinas, entre instituciones, entre generaciones, entre la universidad y la diócesis, entre la teología y la pastoral, entre la Iglesia y la sociedad. 

Una universidad que conduce a la santidad

El estudio teológico no puede separarse de la vida cristiana. La teología comienza en la escucha de una Palabra que nos precede. Como dice Gustavo Gutiérrez, «a Dios primero se le contempla y se le vive, y solo después se le piensa». La Palabra no es una idea, es el Verbo hecho carne.

Por eso, la Universidad Eclesiástica San Dámaso no existe simplemente para producir conocimiento religioso. Existe para buscar la verdad sobre Dios y sobre el hombre a la luz de Jesucristo y para poner ese conocimiento al servicio de la Iglesia y del mundo.

La tradición cristiana ha reconocido siempre que los santos aportan a la teología una forma de conocimiento de Dios nacida de la experiencia viva de la fe. La Comisión Teológica Internacional nos ha recordado una convicción: «Los que aman son los que más saben sobre Dios. A ellos deben escuchar los teólogos». Y Benedicto XVI dijo que «la teología comienza en la receptividad de la fe y, por esta razón, los santos son teólogos en el sentido más pleno del término».

Un momento de la apertura del curso
Foto: Universidad Eclesiástica San Dámaso / Quique Pintado.

Lo señaló también Von Balthasar que, recordando a san Ireneo, san Agustín, Gregorio de Nisa y a santo Tomás , escribió que solo la teología como unidad de santidad y testimonio nacida en la vida de la Iglesia merece este nombre.

Todo esto nos recuerda algo muy sencillo y muy exigente: no estudiamos teología solamente para saber más de Dios, sino para experimentar más a Dios y servir mejor a su Iglesia en la parcela del mundo que a cada uno toca.

Que, al final de este curso, podamos descubrir que aquello que estudiamos se convirtió en inteligencia al servicio de la fe, fe al servicio de la misión y misión al servicio de la esperanza para nuestros contemporáneos. Que la teología nos ayude —este año especialmente— a alzar juntos la mirada, como dice el lema de nuestro año.

Con este deseo, y confiando nuestra tarea a Nuestro Señor y a la Virgen de la Almudena, declaro inaugurado el curso académico 2026-2027 de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.