Las reacciones ante el auge de la inteligencia artificial oscilan entre el entusiasmo y la desolación. Los optimistas, aquejados de desmemoria, esperan de ella una salvación terrenal parecida a la que esperaban de muchas de las ideologías modernas. Los pesimistas, por su parte, parecen convencidos de que la solución final estribará en la abolición del hombre. En el fondo piensan lo mismo. Ambos sobrevaloran la inteligencia artificial porque a ambos les fascina. ¿No le atribuyen el mismo poder quienes piensan que puede condenarnos que quienes piensan que puede redimirnos? También su concepción del hombre es idéntica. ¿Acaso no tienen una escuálida idea de sí mismos quienes esperan de la IA una redención o una condena?
Aquí, no obstante, me centraré solo en los optimistas, probablemente más irracionales. En una entrevista concedida a El País, la escritora Joanna Maciejewska decía algo sugerente: «Quiero que la IA lave mi ropa y mis platos para que yo pueda dedicarme al arte y a escribir, no que la IA escriba por mí para que yo pueda dedicarme a hacer la colada y a lavar los platos». La frase no es precisamente optimista, pero ilustra bien lo que muchos optimistas piensan. Algunos fantasean con un futuro en el que la inteligencia artificial nos haya liberado de los quehaceres más áridos. Delegaríamos en la máquina lo mecánico para consagrarnos a lo grácil, lo banal para consagrarnos a lo sublime. Se confiará a la inteligencia artificial la redacción de informes rutinarios, la réplica a correos insustanciales, las tareas intelectuales más ásperas, por supuesto todo el trabajo manual. ¿No debería el hombre quebrar las cadenas que lo atan al mundo, las cadenas que vuelven estéril su gracilidad? ¿Acaso no se le va la vida respondiendo correos, preparando presentaciones, redactando informes? La inteligencia artificial nos permitiría recobrar el tiempo dilapidado en bagatelas.
You know what the biggest problem with pushing all-things-AI is? Wrong direction.
— Joanna Maciejewska (@AuthorJMac) March 29, 2024
I want AI to do my laundry and dishes so that I can do art and writing, not for AI to do my art and writing so that I can do my laundry and dishes.
Los optimistas no solo sobrevaloran la IA; también ignoran al ser humano. El hombre es un animal de virtud; o sea, un animal de costumbre, o sea, un animal de cultivo. Solo es capaz de aquello a lo que se ha habituado: aprende a escribir escribiendo, aprende a navegar navegando, aprende a cantar cantando. Los amantes de la IA tienen la extravagante teoría de que la práctica conspira contra la genialidad; yo, en cambio, comulgo con mis ancestros y afirmo que la segunda es el fruto espléndido de la primera. Están condenados a muerte los talentos que no se cultivan. Si, como dice Gracián, la costumbre es segunda naturaleza, también ha de ser remedio de muchas precariedades.
Cuando la IA nos libere de la aridez, como algunos desean, nos habrá incapacitado por añadidura para el genio. Existe una sutil dependencia, bien enunciada por Simone Weil, entre lo grosero y lo sutil. ¿Esculpirá un David quien no sepa montar muebles de Ikea? ¿Escribirá un Quijote quien ya no se toma la molestia de redactar correos? Un mundo dominado por la inteligencia artificial no será nunca más creativo; será siempre más mecánico, más robótico. La creatividad humana comparece en el tedio. La libertad del intelecto también se forja en la rutina, cuando fregamos los platos, cuando sacamos la basura, cuando tendemos la ropa, cuando preparamos un informe. ¿No son esos momentos la sede de revelaciones súbitas, no es entonces cuando encuentra inspiración el aedo? Quien delega en la máquina lo fútil se indispone a sí mismo para lo sublime.
La vida no se nos va cuando nos dedicamos a banalidades. Lo hace, en cambio, cuando dejamos de vivirla en nombre de una humanidad más elevada. La frontera entre los quehaceres dignos y los indignos, entre los nimios y elevados, es brumosa: depende más de nuestra actitud que de su contenido. Quien limpia su patio con esmero custodia en verdad un edén. Quien redacta un correo con diligencia escribe en verdad su opus magnum. Es digno, también dignificante, todo lo que se hace con dignidad. En rigor, solo pierde tiempo el hombre que se resiste a consagrarlo.