Preguntarnos por qué pasan las cosas, por qué las personas viven determinadas situaciones, es una actitud necesaria, también en la Iglesia. A la luz del Evangelio de este último domingo, donde escuchábamos el «id también vosotros a mi viña», somos desafiados a entender que no todos escuchan ese convite a la misma hora.
Conocer el por qué
Muchas veces juzgamos antes de preguntar y de conocer las circunstancias. Es más fácil decir, «mira esos, todo el día sin trabajar», que preguntar «¿cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?». La primera afirmación no da la posibilidad de dialogar, en cuanto la pregunta nos lleva a saber el por qué: «nadie nos ha contratado». Una respuesta que pone de manifiesto que, si no trabajan, no es porque no quieran hacerlo.
Es interesante la reflexión que hacía al respecto el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo: «Cuando pensamos en tantos jóvenes que no encuentran su lugar, en bautizados que viven desconectados de la comunidad cristiana, en familias que se han alejado, en personas heridas por la Iglesia, en migrantes que buscan dónde arraigar, o en hombres y mujeres que ya no comprenden nuestro lenguaje religioso, quizá estamos escuchando «Nadie nos ha contratado»».
El reto para la Iglesia es salir hasta donde estaban ellos, dar la vuelta a la tortilla y empezar a preguntarse que el problema no es únicamente que no vengan, sino porque nosotros como Iglesia no somos capaces o no estamos dispuestos a llegar hasta ellos. Es necesaria la conversión misionera de la que nos hablan las líneas pastorales de la archidiócesis de Madrid para el curso 2026-2027, que hacen ver la necesidad de ser «una Iglesia que sale al encuentro, anuncia con alegría y acompaña personalmente los procesos de fe».
Gente que no sabe dónde buscar a Dios
De ahí las preguntas que el cardenal Cobo planteaba: «¿Quién permanece hoy en nuestras plazas esperando que alguien salga a su encuentro? ¿Quién está buscando a Dios y no sabe dónde hacerlo? ¿Quién necesita una comunidad y todavía no la ha encontrado? ¿Qué preguntas están naciendo en nuestra sociedad y nunca llegan hasta nuestro corazón?».
Son cuestionamientos que deben llevarnos como Iglesia de Madrid a preocuparnos con aquellos que están esperando una llamada de la Iglesia en la que les sea posible reconocer la llamada del Señor. Es necesaria una inquietud que nos mueva a salir, a ser misioneros, una actitud prioritaria, pues forma parte de la identidad de la Iglesia.
Cuando vamos a esas plazas donde está la gente, también aquellos a los que nadie ha contratado, con disposición de escuchar, somos presencia de Dios, que siempre va al encuentro. Siempre es tiempo de salir y llamar, de descubrir que hay gente que, aunque pensásemos lo contrario, también quiere que alguien les diga: «Id también vosotros a mi viña».