Hemos fracasado como sociedad - Alfa y Omega

Hace dos semanas acudí a una boda en Valencia. El matrimonio debía celebrarse en San Agustín, una iglesia cargada de recuerdos familiares para mí. Llegamos con tiempo porque nos habían dicho que había una manifestación de profesores justo delante de la iglesia. Era posible que tuviéramos dificultades para pasar.

Ya en la puerta decidimos tomar un café. Había un bar al otro lado de la calle. La terraza estaba repleta de manifestantes que también hacían tiempo con sus camisetas verdes. La celebración y la manifestación comenzaban a la misma hora. El bar era de batalla, alargado y con mesas pequeñas de cuatro. Ocupamos casi la barra entera.

A mí me tocó delante de los periódicos. Estaba abierto el diario Las Provincias, por la página del artículo que Joaquín Batista dedicó a los resultados del informe PISA: «Los alumnos que alcanzan la excelencia se reducen a la mitad en las aulas valencianas», rezaba el titular; «los centros valencianos tienen muchos menos sobresalientes y muchos más suspensos en PISA que antes» decía después.

Mientras me tomaba el café me levanté para asomarme y ver el ambiente. Me quedé en el umbral de la puerta para observar a los manifestantes. El ambiente era el típico de los profesores de escuela. Alegre, despreocupado; como la vida de los niños. «Queremos una escuela pública digna», solicitaban sus pancartas. ¿Quieren inversiones? ¿Piden dinero porque es económico el problema?

Es cierto que la Comunidad Valenciana es de las comunidades peor financiadas en proporción a su población. Supongo que es posible establecer una correlación entre el dinero invertido y las mejoras. Pero me parece que eso solo explica ciertas diferencias dentro de los pésimos resultados que ha dado todo el país (salvo Cataluña, dicen las malas lenguas que por miedo al sonrojo no ha querido participar). Comunidades bien cebadas como Madrid o el País Vasco no tienen tan malos resultados como Valencia, pero tampoco tienen nada que celebrar.

Lo cierto es que el sistema como tal ha fallado al completo. Cuanto antes lo asumamos antes podremos reaccionar. Y si el sistema ha fallado, el dinero no puede arreglarlo. El dinero no genera de por sí sistemas educativos, porque la educación no es el puro resultado de un crecimiento material.

Por eso, aunque sea necesario el dinero para mejorar, es obvio que la inversión en el mantenimiento y crecimiento de este sistema concreto que ha fracasado es abundar en el fallo. El dinero no salvará el sistema del naufragio de los hechos. Echar más leña a una máquina que ya sabemos que no funciona no parece tener mucho sentido. Antes de gastar un solo euro, todos deberíamos asumir que es necesario plantear a fondo el sistema, hacer autocrítica en nuestras casas y en nuestros colegios o universidades —porque la educación es de padres y profesores—. 

Leer, escribir y desarrollar las matemáticas. Quizá bastaría con volver a lo esencial. Hemos atiborrado los colegios de asignaturas, competencias y valores cívicos. El resultado son niños menos preparados y, por ende, peores ciudadanos. Solo la cultura nos civiliza; no la moralina. Y lo que desarrolla la inteligencia es la escritura, la literatura y las matemáticas desde siempre.

Pero para ello hacen falta buenos profesores. Los maestros de escuela deben ser los mejores sujetos de la sociedad. Verdaderos expertos en literatura, grandes escritores, perfectos matemáticos. Finlandia, aunque ha empeorado en los últimos informes, siempre queda por encima de la media OCDE; su principal secreto está en admitir tan solo al 10 % de los aspirantes a maestros de escuela primaria.

En una ocasión, Sirkka-Liisa Anttila, ministra de Agricultura durante unos años en Finlandia, contó que su vocación era la de ser maestra de escuela, pero que no pudo acceder por el rigor de las vías de acceso. En nuestro caso, tanto la política como la educación tienen un acceso demasiado fácil. Es necesario buscar a los mejores para que lleguemos a ser todos mejores.

Ahora sí, la inversión es necesaria siempre que se corrija el sistema. Y el principal elemento del sistema son las personas. Para que los más preparados deseen dedicarse a la formación es necesario que los profesores estén mucho mejor pagados. Tienen en sus manos el futuro de una nación, me atrevería a decir que de manera más profunda que un presidente del gobierno. Su sueldo, por tanto, no debería ser menor. Si tenemos que invertir en algo como sociedad es en privilegiar y volver atractiva la vocación a la docencia.

Estas cosas tenía yo en la cabeza al entrar en la iglesia. La novia no interrumpió mis pensamientos con su llegada, pese a lo preciosa que estaba. Ella es médico (¡725 del MIR!), como el que ahora es su marido y como casi todos los invitados. ¿Qué será de nuestros hospitales si desaparece la excelencia?