Miguel Garrigós: «El retraso de la adultez influye en los sacramentos» - Alfa y Omega

Miguel Garrigós: «El retraso de la adultez influye en los sacramentos»

El director de la Subcomisión de Familia de la CEE reflexiona sobre la inmadurez y los sacramentos. «Tenemos la tarea de comunicar mejor la maravilla del matrimonio cristiano», sostiene

José Calderero de Aldecoa
Miguel Garrigós
Foto sedida por Miguel Garrigós.

—¿De qué forma afecta a la Iglesia el retraso de la adultez en los jóvenes?
—Creo que este retraso afecta sobre todo a la hora de responder a la propia vocación. Existe el riesgo de alargar en exceso la adolescencia y de posponer las decisiones vitales más importantes. La vocación exige, precisamente, todo lo contrario: decidir, comprometerse y entregar la vida. Dejarlo para más tarde acaba afectando al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada y, en definitiva, a cualquier forma de donación a los demás.

—Matrimonios, bautizos… En los últimos años, hemos visto un decrecimiento en el número de estos sacramentos, a pesar de que se lleva bastante tiempo hablando de un retroceso de la secularización. ¿Quizá pueda tener más que ver con el retraso a la edad adulta antes que por increencia?
—Creo que son muchos los factores que influyen en el descenso del número de matrimonios y de bautizos. Es verdad que el retraso de la edad adulta influye, porque muchas veces se van retrasando las decisiones importantes de la vida. Pero tampoco podemos ignorar otros factores, como la precariedad laboral o la dificultad para encontrar una vivienda. En el fondo, hay muchas circunstancias externas que condicionan y dificultan ese paso a la vida adulta, especialmente cuando se trata de formar una familia.

—El Papa ha convocado a los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo del 7 al 14 de octubre por el décimo aniversario de la exhortación apostólica La alegría del amor. Según el Vaticano, entre otras cosas, se va a reflexionar sobre los «cambios» actuales en las familias. ¿El hecho de que ahora la gente se case más mayor podría ser uno de ellos? ¿Qué otros cambios observa?
—Sin duda, que hoy la gente se case más tarde es uno de los cambios importantes que estamos viendo, y esto trae dificultades añadidas a la hora de tener hijos. Todo esto tiene mucho que ver con el invierno demográfico que vivimos, sobre todo en Occidente, aunque ya se empieza a notar en otras partes del mundo.

Hay muchos factores que tienen que ver con nuestro contexto cultural, marcado por el individualismo y por una sociedad del descarte. También influye la inmadurez afectiva, que muchas veces está relacionada con una mala vivencia de la sexualidad y con la realidad de la pornografía. Y vemos también cómo muchos adolescentes y jóvenes viven sus casas casi como una posada, sin llegar a experimentar realmente el hogar como un lugar de encuentro, de responsabilidad y de crecimiento.

Pero creo que es importante no quedarnos solamente con esta mirada negativa. Hay muchos jóvenes que desean amar de verdad, comprometerse y formar una familia. Jóvenes que se toman muy en serio el matrimonio y que están dispuestos a poner todo de su parte para construir un verdadero hogar. Y también hay muchísimas familias que viven con alegría y seriedad su vocación, que se preocupan por la educación de sus hijos y que se comprometen con la Iglesia y con la sociedad.

—En el encuentro también se va a hablar de «lo que se está realizando en las Iglesias locales». ¿Qué se está haciendo al respecto desde la Conferencia Episcopal Española?
—Nuestra principal tarea desde la Conferencia Episcopal es apoyar el trabajo que ya se hace en las diócesis, en las parroquias y en los movimientos. En los últimos años le estamos poniendo muchas ganas a los Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial, un documento del Vaticano que plantea prepararse bien para la vocación al amor.

No se trata solamente de preparar a los jóvenes para el matrimonio, sino de ayudar a cada uno a descubrir y responder al plan que Dios tiene para su vida. Y esto supone tomarse en serio la educación para el amor prácticamente desde que nacen los hijos, una educación que va unida a una vivencia profunda de la fe en la comunidad cristiana.

Por supuesto, cuando una pareja viene a pedir casarse por la Iglesia, no podemos limitarnos a organizar una ceremonia. Tenemos que anunciarles a Jesucristo y ofrecerles la vida plena que Él nos da. El sacramento no es solo empezar una nueva etapa, sino una verdadera vocación y un camino de vida cristiana.

Estos años de trabajo en la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida están suponiendo también una grandísima experiencia de comunión entre sacerdotes y matrimonios, entre laicos de parroquias, movimientos y distintas realidades eclesiales. Me parece que estamos viviendo una etapa muy bonita, en la que los matrimonios están siendo verdaderos protagonistas de la evangelización. Ellos mismos, desde su propia experiencia de vida y de fe, están anunciando el Evangelio y ayudando a otros matrimonios y familias a descubrir la belleza de su vocación.

—¿Quizá estemos comunicando mal realidades preciosas? Lo pregunto porque, en realidad, la familia es algo maravilloso que te llena por dentro. Obviamente, implica cambiar pañales, o levantarte de madrugada a consolar un niño, pero de la misma forma que te vas de viaje a un lugar paradisiaco y se estropea la tubería del baño. Es posible ser feliz en ambas circunstancias.
—Creo que esta es una de las grandes convicciones que tenemos: el matrimonio es un tesoro precioso, una vocación muy bella que Dios ha pensado para nosotros. Cuando uno descubre la belleza de esta vocación, descubre también que merece la pena entregarse, comprometerse y construir una vida juntos.

Muchos de los problemas que encontramos vienen precisamente de que no se conoce esta belleza. Por eso tenemos una tarea muy importante por delante: comunicar mejor la maravilla del matrimonio cristiano, mostrar que no es simplemente una forma de convivencia, sino una verdadera vocación al amor y a la entrega, un camino en el que Dios acompaña a los esposos y les ayuda a crecer en el amor.

Pero comunicar esto no consiste solamente en hacer campañas o utilizar los medios de comunicación. Se trata sobre todo de contagiar, de entusiasmar, de ilusionar. Necesitamos matrimonios que, con su propia vida, puedan decir a los jóvenes: «Merece la pena amar así, merece la pena comprometerse, merece la pena formar una familia». Porque cuando se descubre la belleza del matrimonio y el proyecto que Dios tiene para los esposos, uno entiende que realmente merece la pena vivir la vida que Dios nos ofrece.