La presencia de santa Teresa Jornet en Madrid: «Estamos todos unidos para cuidar»
En la casa todo está dedicado al mayor: hay sala de fisioterapia, peluquería, cafetería, salitas para estar con los familiares y también comedor
Para llegar al Hogar Santa Teresa Jornet, que las Hermanitas de los Ancianos Desamparados tienen en Carabanchel Alto, se pasa por un montón de calles que a uno lo van situando: Nuestra Señora de Fátima, Salvador del Mundo, Nuestra Señora de la Luz, Monseñor Óscar Romero…
Y así se llega hasta la calle Duquesa de Tamames, María Asunción Fitz-James Stuart Porticarrero, quien en 1920 heredó el palacete y la quinta de Carabanchel de su tía, Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia por su matrimonio con Luis Napoléon en 1853. La duquesa se había casado en 1873 con José Mesía y Gayoso de los Cobos, que fue IV duque de Tamames y alcalde de Madrid, y había cedido parte de sus posesiones para infraestructuras públicas.
En esa calle se levantó en enero de 1900 el hogar de las Hermanitas que hoy es casa provincial, y en la que en su día estuvo el postulantado, el noviciado y el juniorado. «Toda la vida fue casa de formación», cuenta la madre superiora, pero también, y puesto que cada casa de la congregación es en sí una residencia de ancianos, que estos son la razón de ser las hermanas, en la de Carabanchel se ha atendido siempre a personas mayores. Actualmente 149, divididos en dos grandes alas, hombres y mujeres, y, cada una, en válidos y asistidos.

Un sacerdote y una maestra
La congregación nació en Hermanitas nacieron del sueño de un sacerdote, Saturnino López, y de la entrega de una maestra, Teresa Jornet Ibars. Ambos se conocieron en 1872 en Barbastro (Huesca) y vieron el uno en el otro la persona que Dios les ponía al lado para llevar a cabo su obra de atención a los ancianos pobres. Él, sacerdote humilde y piadoso, laborioso y caritativo; ella, maestra, con un ánimo de entrega a Dios que no consiguió materializar en las clarisas por una enfermedad.
Visitamos el Hogar Santa Teresa Jornet de Duquesa de Tamames un día después de la fiesta de la santa, que había sido el 26 de agosto, día de su paso al cielo.«El Señor nos ha escogido para que ayudemos a los ancianos a que levanten el corazón a Dios, se fijen en él, le conozcan más, le amen y perseveren en su amor», decía la santa.
La solemne Eucaristía la presidió el obispo de Getafe, Ginés García, por estar especialmente vinculado a las hermanas desde su estancia en Guadix. En la capilla, impecable, «el centro de la casa» nos dice la madre superiora, aún permanecen resplandecientes las flores que ha preparado otra de las hermanas.
Son 23 sores en la comunidad. Todas con las que nos cruzamos tienen en común, aparte de la alegría, un fino e inteligente sentido del humor que atrapa. Ágiles y socarronas en sus respuestas, y muy cariñosas con los «abuelos», como llaman a sus residentes.

Una casa con vida
«Esta casa tiene vida». Lo dice la madre y lo vemos por los pasillos, en las salas… Hay orden, limpieza y mucho cuidado. Y ancianos que esconden la belleza de una vida gastada. Como la del padre Domingo, misionero javeriano que estuvo 32 años en Sierra Leona y al que casi lo matan en su iglesia. Pero Dios me quería vivo, como tituló uno de sus libros y ahora, dice entre lágrimas, «me tiene ya un sitio en el cielo».
O la de Eladia, a punto de los 98, que estuvo fenomenal hasta los 96 pero, desde entonces, «fatal; los huesos se conoce que se han secado ya». Pero ahí está, con su ganchillo, que lleva ya hecha una enorme puntilla para toallas. O Goyi —«o Goyita, como quieras, pero de Gregoria nada»—, que está aprendiendo ahora a escribir porque nunca pudo ir al colegio, y que en su vida ha «llorado mucho porque me ha dado muchos palos, pero ahora aquí tengo mucha alegría, gracias a Dios».
Estamos en la sala de terapia ocupacional, y aquí también conocemos a Concepción, con 93 años que va a hacer «pero represento menos» porque ella va como un pimpollo, que nunca deja de pintarse los ojos y los labios y de estar bien arreglada. Y Gabriel, con una habilidad especial para hacer peces con cintas a modo de papiroflexia, y que es interno del hogar junto a su mujer, Maruja. «Llevamos un año aquí y las atenciones son máximas; no se puede hacer mejor con nosotros».

Hay por todas partes de la casa imágenes de san José, «porque es nuestro santo protector», pero hay otro santo que adquirió relevancia singular este año: san Isidro Labrador, patrón de Madrid, porque en el día de su festividad fue cuando se inauguró el salón de actos recién terminado de restaurar. Una sala en la que los residentes ven películas —la última, El rey león—, hacen bailes… Las banderitas españoles que aún quedan por algún sitio es porque allí se vivió el Mundial de Fútbol como nunca, hasta con «bebidas y palomitas».
En la casa también hay sala de fisioterapia, peluquería, cafetería, salitas para estar con los familiares, comedor… Y hasta un cuarto con taquillas, algo muy propio de los hogares de las hermanitas, porque se han dado cuenta de que a los abuelos les gusta llevarse galletas o fruta, y así no tienen que subir hasta las habitaciones.

La presencia de la santa madre
La madre superiora llegó al Hogar Santa Teresa Jornet hace poco más de un año, en plena obra de remodelación de la casa entera. Antes había estado en Liria (Valencia), donde murió «nuestra Santa Madre» y a la que acudía cada dos por tres cuando tenía alguna preocupación.
En la pandemia lo pasaron mal. Sus ancianos eran de riesgo total, pero ella se iba a la cama en la que murió la fundadora y ponía los nombres de los ancianos, de los trabajadores, de las otras casas, bajo la almohada y el colchón. Y no cogió ninguno el covid. «Notaba la presencia de la Santa Madre por todos sitios».
Como se nota la de las hermanas en el hogar. Y esto precisamente es lo que les recordó el obispo en la Misa de la santa: que ellas son madres que cuidan hogares. «Aquí —apunta la madre superiora— hay una corriente entre hermanas, familiares, empleados y ancianos; estamos todos unidos para cuidar». Una familia, en definitiva.

La casa, un paraíso
En una de las salas está sor Israel con su madre, interna de la residencia. No es hermanita, sino religiosa de Iessu Communio de La Aguilera. Una vez al mes viaja a Madrid para verla. «Que quede claro que esto es un paraíso; nuestros mayores no pueden estar mejor». Porque, añade, las hermanitas «están entregando su vida».
«Tenemos en nuestras casas la porción escogida del Señor», que diría santa Teresa Jornet. Sor Milagros, la enfermera, una monja joven originaria de Guadalajara (imagen inferior, junto a la madre superiora y un residente), que atiende también el comedor de los hombres, lo explica: «La misión es la misma, pero cada tiempo en su contexto».
La congregación nació para atender las pobrezas de los mayores; al comienzo, era física, y ahora hay soledad, personas «más demenciadas», mayores que sus familias no pueden atender…

Aún quedan retoques por terminar en el «nuevo» Hogar Santa Teresa Jornet, pero todo va estando a punto. Unas flores puestas en un patio, «alegrías, para que alegren el alma», una pared que se está pintando, una caja de llaves que hay que colocar en la portería… Hay una lista de espera abultadísima porque durante los cuatro años de las obras no ingresó nadie. «No sé cómo será el cielo —resume Iluminada, residente—, pero yo aquí estoy dando gracias todo el día».
Nos despedimos. Hay una preciosa talla de la Virgen de los Desamparados en uno de los pasillos. «Es la patrona de la congregación». Cuenta la madre superiora que la primera casa de las Hermanitas fue un antiguo convento de agustinas que compraron a la espalda de la basílica de la patrona de Valencia. Y así, «allá donde vamos, la Virgen viene con nosotras».
