El responsable de Ecología Integral de la CEE desmonta el «hace el mismo calor de siempre»
En los últimos años, hay unos 20 días al año con el mismo calor extremo que antes solo se daba una o dos veces por verano, ha calculado el climatólogo Eduardo Agosta
«¡Qué exageración! Siempre ha hecho calor en verano». «Es el mismo calor de siempre». Son respuestas que se oyen con frecuencia cuando desde distintos ámbitos se alerta de las consecuencias visibles del cambio climático en la meteorología. Sin embargo, los datos desmienten esa pretendida normalidad. Así, por ejemplo, en buena parte de España «el verano típico de los últimos cinco años», de 2021 a 2025, es hasta 4ºC más caluroso que el promedio histórico desde 1951.
Es una de toda una serie de cifras alarmantes que ha recopilado Eduardo Agosta, director del Departamento de Ecología Integral de la CEE. Se basa para ello en numerosos estudios elaborados por el Grupo CLIMAMET de la Universidad de Valencia, del que forma parte como científico investigador.
«Nuestros veranos han cambiado drásticamente», asegura Agosta. Por eso titula su investigación El nuevo verano ibérico. Más largo, más caluroso y más seco. Así, por ejemplo, la temperatura media en verano desde 2021 es 2,5ºC más alta que el promedio desde 1951.
Cinco veces más olas de calor
Además, en los primeros lustros del periodo analizado «apenas sufríamos un día de calor extremo al año, unos cinco días por lustro». Según explica Agosta a Alfa y Omega, con día de calor extremo se refiere a aquel en el que la temperatura media del aire es más alta que la del 99 % de días de junio a agosto entre 1961 y 1990.

Desde 2021, han sido 20 por año y 93 en total. Es decir, hemos tenido cada verano 20 días con la misma temperatura o más alta que lo que antes venía siendo en promedio una jornada al año.
Si se multiplican los días extremos, también lo hacen las olas de calor, que son los periodos en los que hay tres o más días de calor extremo. «Antes de 1990, registrábamos menos de cuatro cada cinco años» (ni una al año). «En el período 2021-2025, hemos registrado un promedio de 22» en la península, más de cuatro al año. Es decir, cinco veces más.
Otro dato que demuestra con datos el climatólogo y director de Ecología Integral de la CEE es que el «verano térmico» cada vez se alarga más. Este concepto alude a los días en los que la temperatura media peninsular supera los 21ºC. «Ha pasado de durar unos 61 días a alcanzar los 96 días en la actualidad», y su inicio se ha adelantado de finales de junio o principios de julio a inicios de junio.
Si hablamos de temperaturas concretas, en 2022 hubo 16 días con 35ºC o más, mientras que antes de 1990 no eran más de diez. Y cada vez nos acercamos más a dos días tórridos, con más de 40ºC. También las noches tropicales, de 20ºC o más, duplican las que había hasta finales de los años 80.
Todo ello, teniendo en cuenta que los últimos años de los que tiene datos en algunos de estos campos son entre 2018 y 2022. «Después de 2020 las cosas se radicalizaron bastante».
Así se relaciona con los incendios
A este aumento sin precedentes de las temperaturas se suma un segundo factor crítico: la pérdida de la «precipitación útil». «Esta es la lluvia suave y constante (entre 5 y 25 mm diarios) que realmente logra empapar la tierra y recargar nuestros embalses», explica Agosta.
📷Así capta el satélite de alta resolución Sentinel el incendio de Guadalajara.
— RTVE Noticias (@rtvenoticias) July 22, 2026
En la imagen se puede apreciar la extensión del área quemada, más de 33.000 hectáreas hasta el momento. pic.twitter.com/UyjrLuP5o9
«Perder solo tres días de esta lluvia útil entre mayo y agosto es suficiente para que la vegetación alcance su punto de marchitez antes de tiempo», un fenómeno que se observa desde el año 2000. «Si a un bosque que recibe menos agua le sumamos un verano que dura un mes más, el paisaje queda sometido a una evaporación extrema».
«El resultado final es que la naturaleza se seca de forma prematura, ampliando peligrosamente la ventana de tiempo en la que cualquier pequeña chispa puede transformarse en un incendio devastador». A ello se suma otro factor de riesgo, que es el «abandono y la dejadez en el mantenimiento y cuidados de los bosques» en unas circunstancias más peligrosas.
¿Qué podemos hacer?

El director del Departamento de Ecología Integral de la CEE reconoce que estos datos suscitan «inquietud». Pero reivindica que «desde la perspectiva de la ecología integral, no deben llevarnos al fatalismo, sino a la acción».
En esta línea, pide apoyar «políticas y proyectos que revitalicen la “España vaciada”» para «frenar el abandono rural». En concreto, las iniciativas de «agricultura y ganadería extensivas sostenibles» son «una de las mejores herramientas para prevenir incendios y promover la justicia social».
Agosta insiste por otro lado en «una verdadera conversión ecológica», tanto personal como comunitaria. Ello implica «reducir nuestro consumo energético, apostar por fuentes renovables y evitar el desperdicio».
Invita asimismo a que las diócesis, parroquias y comunidades promuevan la educación ambiental. De forma más concreta, se pueden convertir también en «refugios climáticos» ante las altas temperaturas.
Por último, «como ciudadanos y creyentes, debemos exigir a las instituciones y a los agentes económicos que aceleren la transición energética y adopten medidas de adaptación frente a la sequía y el calor». Se debe priorizar «siempre el bien común por encima de los intereses particulares».