Bajo el cerezo del jardín, rumiaba el tema de este artículo. Restaurantes sin niños, hoteles sin niños, bodas sin niños… A mi lado, mi hija improvisaba con un ukelele de juguete y una pandereta. Un poco más allá, los dos mayores repetían jugadas del Mundial. Y, mientras vigilaba que el bebé no se comiera ninguna hoja, me empezó a llegar la idea que me catapultaría al Pulitzer… Hasta que de repente: «Mami, me he inventado una canción de unicornios y arcoíris».
No tuve corazón para detenerla, y así, mi resplandeciente ocurrencia se evaporó al ritmo del hit del verano de la pequeña artista. Tras haber asumido que debía renunciar al éxito, lo primero que pensé fue: «Es verdad, los niños, a veces, molestan. Y este es el principal motivo por el que existen lugares child free».
Me paré ahí. ¿Los niños molestan o nos molestan? ¿Qué es exactamente lo que nos molesta —que no sean adultos, que hablen cuando querríamos silencio—? Y eso que nos incomoda, ¿es su problema o el nuestro?
En un vuelo nocturno de ocho horas, un padre intentaba dormir a su peque. No pintaba bien la cosa y se disculpó conmigo. Le quité importancia. No solo porque he sido ese progenitor. También porque más me fastidió el pasajero de aquel otro viaje que se tomó cuatro cervezas en una hora y rezumaba alcohol.
«Una boda no es para niños», dicen algunos. Pero, si el momento en que comienza una nueva familia no lo es, ¿será que no entendemos qué se está celebrando y nos hemos dejado llevar por el fiestón? Otra cuestión son los motivos de presupuesto o aforo, que no vienen alentados por una animosidad y se entienden sin resquemores.
Está el tema de las iglesias también, claro. Un amigo comentó una vez que nuestra parroquia es la más provida que había conocido. No solo porque tiene un jardincito donde enterrar a los bebés fallecidos antes de nacer, sino también por el carácter tan family friendly del padre John. Las misas son largas, cantadas y solemnes, la iglesia se llena de familias y cada mes aparecen caras nuevas. Porque se corre la voz de que, allí, los niños «no molestan». Aún no tienen edad para atender más de 15 minutos, pero irán asimilando, poco a poco, el significado de lo que sucede. Un camino de aprendizaje como el de la señora que todavía no sabe silenciar su móvil y cuyo tono de charanga compite con el Panis angelicus del coro.
«Pero es que hay padres que…». Cierto, pero eso interpela a la crianza, no a la infancia. Lo que me interesa aquí es qué actitud debería adoptar la sociedad hacia los niños, independientemente de si están en sus terrible two o si ese día lloran por todo. En algunos lugares se ha empezado a advertir: «Se admiten perros bien educados». ¿Llegaremos a leer algún día un aviso como «Se admiten niños bien educados»?
Hay ambientes que no son para los más pequeños —una discoteca, un spa— y los negocios privados pueden dirigirse al público que quieran, pero el malestar de este debate se enraíza en la preocupación sobre qué mentalidad estamos promoviendo.
Bajo el cerezo, me acordé de esto del Papa Francisco en Amoris laetitia: «El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales […]. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad». Pero, sigue el Papa, la paciencia «se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí».
Afortunadamente, sigue habiendo muchos sitios donde sí podemos ir con niños. En los diez años que llevo siendo madre, he visto crecer el número de establecimientos con cambiadores en los baños (también en los de hombres), de hoteles que ponen la cuna, de parques dentro de los aeropuertos…
Josef Pieper decía que amar a alguien significa decirle: «Es bueno que existas». Cuando reconocemos su vida como un regalo, deseamos que continúe y queremos comprometernos a que así sea. Y es bueno que los niños existan. Y que existan siendo niños. Y que existan en nuestras casas, en nuestras iglesias, en nuestros lugares públicos.
El repertorio de mi hija aún no se ha agotado. He conseguido impedir que el bebé se trague cualquier cosa. Los niños celebran sus goles. Este es el artículo que he logrado escribir no a pesar de los unicornios en arcoíris, sino gracias a ellos. Miro a mis hijos. Ahora soy yo la que canta: «How wonderful life is now they are in the world».