Roberto Reyes Guzmán: «No creo que sea una locura lo de ser sacerdote»
Con poco más de un año de sacerdocio, vive su ministerio con pasión, dando testimonio en su día a día. Un camino que comparte con otros sacerdotes de diversos modos
Roberto Reyes Guzmán es vicario parroquial de San Andrés de Villaverde. Ordenado hace poco más de un año, desde su corta experiencia, ve el ser cura como «estar entregado a Dios en el lugar en el que me pidan estar». Es «una vida apasionante», en la que «lo único que siempre está ahí es el Señor y el deseo de entregarme a los demás». Una respuesta «a ese deseo de mi corazón que Dios ha puesto en mí, que es el de entregarme a los hermanos y transmitir al Señor a aquellos que no lo conocen. Y, a aquellos que sí lo conocen, intentar cuidarlos y acompañarlos en ese camino que es el de la santidad».
De Villaverde destaca que «vas por la calle y te encuentras con todo el mundo y te saludan y te invitan a un café». Una vida «de mucho trato con la gente, de mucha cercanía»; algo que hace falta en una sociedad que «necesita lugares de referencia» y que está presente en la parroquia. Lo concretan los curas «a través de nuestra presencia, del hecho de estar». Reyes Guzmán enfatiza el intentar, pues «muchas veces lo intentamos y no lo conseguimos».
Como sacerdote que inicia su ministerio, reconoce sus limitaciones: «Me gustaría acompañar a todo el mundo que lo necesita y escuchar a todo el mundo y recibir a todo el mundo. Pero a veces como que no llegas», admite. Asegura estar en una parroquia acogedora de por sí, pues «cuando llega alguien se siente acogido, se siente bien recibido». Algo que también ve en el consejo pastoral, un espacio para que todos «vayan concienciándose de que necesitamos ser una comunidad misionera y para eso hay que acoger a la gente». También en la confesión o el despacho parroquial, espacios de acogida.
«A mí no me parece difícil la vida del cura. O sea, me parece igual de difícil que otras vidas», afirma Reyes Guzmán, que habla de cómo viven sus amigos o matrimonios de su edad. Por todo ello, reconociendo las dificultades de la vida sacerdotal, subraya que «no creo que sea una locura lo de ser sacerdote». Comenta su relación con sus compañeros profesores en el colegio donde da clase de Religión, una presencia que ve como un testimonio.
Un aspecto importante, especialmente para los sacerdotes jóvenes, es la convivencia con los compañeros. Desde que llegó a San Andrés de Villaverde el párroco, Pedro Vizcaíno, «me dio toda su confianza y ha sido conmigo transparente, cercano». Una relación fraterna que también ha vivido con José Manuel Fernández, quien, dada su condición de cura joven, «ha sido un poco mi referente como sacerdote». Otro es José Luis Sáenz-Díez de la Gándara.
Abuelo, padre y hermano
En ese sentido, recuerda las palabras del vicario episcopal, Óscar García Aguado, cuando llegó a la parroquia: «Vas a una parroquia en la que tienes un abuelo, un padre y un hermano, que son los tres curas de tres generaciones con los que he vivido».
A raíz de esto reflexiona sobre la soledad, uno de los aspectos de la vida del sacerdote. Más allá de los instrumentos que ofrece la diócesis, «lo más importante, a nivel de cuidar mi ministerio y de estar bien, de estar a gusto, son los curas con los que comparto». Algo que hace en la parroquia, en el arciprestazgo, con sus compañeros de curso y sus amigos sacerdotes. «A mí me ayuda, porque es un ambiente en el que puedo compartir» las alegrías y dificultades, dado que «necesito de mis hermanos curas y los testimonios sacerdotales».
La vida sacerdotal es preciosa y si realmente lo vives a fondo vas a poder vivir el Evangelio encarnado todos los días de tu vida. Es algo que merece la pena, un camino precioso. A quien se plantea ser sacerdote, Roberto le dice que no tenga miedo a discernir si es su camino. Para ello ve necesario un acompañamiento espiritual y así profundizar en el camino con Dios, en su llamada. Recomienda rezar, leer la Palabra de Dios y no tener miedo a intentarlo.
«Cuando entré al seminario no tenía nada claro que fuera mi camino», relata. Se puso en las manos de Dios, en quien vio que «a lo mejor me está llamando a esto», que podía intentarlo. «Y luego, ya conforme fui dando pasos en mi vida, fui descubriendo que sí, que era mi camino. Pero a veces hay que dar pasos sin tener cien por cien la certeza absoluta de que ese es tu camino».