La herida del cisma nos llama a redescubrir la comunión  - Alfa y Omega

Las excomuniones derivadas de la ordenación de cuatro obispos por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) constituyen una ocasión para examinar con mayor profundidad el significado de la comunión eclesial. Más allá de la inevitable repercusión mediática, este acontecimiento es una oportunidad para renovar la conciencia de que la unidad no es un elemento accesorio de la fe, sino uno de los dones más preciosos que Cristo ha confiado a su Iglesia. 

El cisma representa siempre un drama. No se trata simplemente de una discrepancia disciplinar o de una diferencia de sensibilidades, sino de la decisión de romper la comunión con la Iglesia. Esa unidad fue querida expresamente por Cristo cuando, en la Última Cena, pidió al Padre que los suyos fueran uno para que el mundo creyera. No es fruto del consenso humano ni de una organización eficiente, sino un don que nace de la entrega de Cristo y que encuentra en la Eucaristía su fuente permanente. 

La Iglesia nunca pierde esa unidad que recibe de su Señor. Quien se separa de ella no destruye la comunión eclesial, sino que decide abandonar la casa común. Esa separación comporta siempre una responsabilidad personal, aunque pueda verse acompañada por la incomprensión, la obstinación o el error. En cualquier caso, supone una decisión libre de romper con aquello que constituye el ámbito propio de la vida cristiana. 

Esta decisión, además, contradice la naturaleza misma del colegio episcopal. Los obispos no forman un cuerpo autónomo, sino una comunión cuya cabeza es el sucesor de Pedro. Pretender conferir el episcopado al margen de esa comunión significa actuar contra la propia estructura sacramental del ministerio episcopal. 

La consecuencia canónica de ese acto ha sido la excomunión. Conviene recordar, sin embargo, que las penas canónicas en la Iglesia poseen siempre una finalidad medicinal. No buscan excluir por castigo, sino ayudar a quien ha cometido una grave ruptura a tomar conciencia de la situación en la que se encuentra y favorecer el camino de la reconciliación. La excomunión expresa precisamente que un determinado acto ha situado objetivamente a quien lo realiza fuera de la comunión visible de la Iglesia. 

Esta realidad ofrece además una enseñanza para todos los cristianos. Nadie puede erigirse en juez último de la fe ni convertirse en el criterio definitivo para discernir qué pertenece o no a la tradición de la Iglesia. El sujeto de la fe es la Iglesia misma, custodiada por el ministerio apostólico y por el colegio episcopal en comunión con Pedro. La garantía de la recta confesión de la fe no descansa en el juicio privado, sino en la comunión con aquel a quien Cristo confió el ministerio de confirmar a sus hermanos. 

Por eso resulta profundamente paradójico que quienes se presentan como defensores de la tradición terminen actuando precisamente contra el principio visible que garantiza su autenticidad. La fidelidad a la fe nunca puede separarse de la comunión eclesial, porque ambas realidades son inseparables en el designio salvífico. 

En este contexto adquiere especial interés la nota explicativa publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe junto al decreto de excomunión. El texto recuerda que las absoluciones sacramentales y los matrimonios celebrados por ministros afectados por esta situación no son simplemente ilícitos, sino inválidos. Tal precisión pone de manifiesto una dimensión esencial de la teología sacramental. 

La reconciliación con Dios nunca acontece al margen de la reconciliación con la Iglesia. La antigua afirmación de que nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre manifiesta aquí toda su fuerza. El sacramento de la Penitencia no constituye únicamente un diálogo privado entre el penitente y Dios, sino un acto profundamente eclesial mediante el cual el cristiano es reincorporado plenamente a la comunión de la Iglesia. Y algo semejante ocurre con el Matrimonio, que, hundiendo sus raíces en el orden de la creación, como sacramento edifica la Iglesia haciendo presente el amor de Cristo por su Esposa y dando origen a la iglesia doméstica. Separarse de la comunión eclesial impide precisamente esa dimensión constitutiva del sacramento. 

La dolorosa situación provocada por este cisma invita a todos los fieles a redescubrir el carácter eclesial de la vida cristiana. La fe nunca puede reducirse a una relación exclusivamente individual entre Dios y cada creyente, porque Él ha querido salvarnos incorporándonos a un pueblo. Que esta herida impulse a toda la Iglesia a una oración más intensa por la unidad, para que el don recibido de Cristo resplandezca siempre con mayor claridad ante el mundo y recuerde que toda auténtica renovación eclesial comienza permaneciendo en la comunión que el Señor quiso para su Iglesia y que Pedro, con sus sucesores, está llamado a custodiar hasta el fin de los tiempos.