Del turismo de borrachera a uno centrado en la persona
El sector turístico español camina hacia un cambio de paradigma donde, tal y como recordó recientemente el Papa León XIV en Tenerife, las únicas variables no sean el comercio y el beneficio
Con el periodo estival recién estrenado, España se prepara otro año más para recibir a los millones de turistas que recorrerán nuestras calles y se bañarán en nuestras playas. En 2025 llegaron 97 millones de viajeros internacionales y «ya se habla de que muy probablemente alcanzaremos los 100 millones en 2026», apuntó el ministro de Turismo, Jordi Hereu, durante el Foro Internacional Turium, celebrado la semana pasada en Madrid. Pero «para mí, la clave no es conseguir esa cifra redonda: mi objetivo es que evolucionemos de forma sosegada hacia un turismo que cree prosperidad, sea responsable y perdure», añadió. Unas palabras que se suman a las que recientemente pronunció el Papa León XIV al visitar Tenerife, donde apeló a la vocación turística de la isla. «Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio».
Es el mismo horizonte que persigue desde hace dos años la plataforma Otro Lloret es Posible (UALEP), que se formó hace dos años en Lloret de Mar para hacer frente al turismo de borrachera que trata de arrebatar protagonismo al destino turístico familiar que siempre predominó en la localidad. «Aquí siempre han venido muchas familias, pero desde el 2024 empezaron a llegar jóvenes de entre 16 y 18 años que pillan sus primeras borracheras e incluso se drogan». El resultado es el previsible: «Gritos por la noche, conducción temeraria, peleas, vómitos y meados por la calle…», detalla en conversación con Alfa y Omega Gracia Ferrer, cabeza visible de la plataforma.

Frente a estas actitudes, desde la UALEP lo que piden se resume en una palabra: civismo. «Necesitamos que el tipo de turista cambie. Que vuelva a ser lo que siempre fue». Y concluye: «Lloret es un destino maravilloso. Tenemos de las mejores playas del Mediterráneo, el entorno natural es precioso y la oferta cultural es muy rica. Queremos gente que sepa apreciarlo y disfrute de todo ello. Y no a quienes identifican el turismo con la borrachera», concluye Ferrer. Su plataforma ha logrado, entre otras cosas, que se hagan más inspecciones a los pisos turísticos, «donde se metía más gente de la permitida legalmente», o que el Ayuntamiento creara la figura del agente cívico nocturno, «aunque de momento se ha contratado a poca gente para esta labor».
Gustavo Riveiro, director del Departamento de Pastoral de Turismo de la CEE, incluso va un paso más allá y advierte de la incompatibilidad de ambos conceptos. «El turismo nunca es degradante. Si tienes una persona que va contigo a robar un banco es un cómplice, o un compinche, pero no un amigo». Aquí pasa lo mismo y para demostrarlo es preciso acudir al origen del término. «La palabra turismo viene de tour. Procede de Francia y significa desplazarse», pero «siempre se le dio un sentido positivo, dignificante». De hecho, las primeras veces que se utilizó fue para referirse «a quienes viajaban por un tiempo indeterminado, sin fecha de regreso, generalmente a países exóticos, en el momento vital en el que uno pasaba a la edad adulta». Según Riveiro, «era gente que había terminado de estudiar y volvía a su sociedad imbuida de culturas distintas».
Por ello, «el término “turismo de borrachera” es contradictorio». Sería mejor hablar, a juicio del sacerdote, de «paseo para emborracharse». Y añade: «El turismo enaltece, enriquece, abre horizontes, crea amplitud de miras, tanto intelectuales como físicas». Cuando uno hace turismo, «se da cuenta de que su mundo no es el único posible», sino que «existen otras opiniones, otras formas de creer, de vivir, de comer». Así, para Riveiro el turismo es necesariamente ético.

Se trata de la misma perspectiva del Foto Internacional Turium, que precisamente se celebró bajo el lema Turismo ético: el círculo virtuoso. «Hablar de la ética tiene un componente de modernidad, de ruptura. El antiguo modelo depredaba la realidad, extraía los recursos. Tenemos que autoimponernos la exigencia y recordar que el turismo va de personas, no de turistas», expuso el ministro.
Coincide con él el director del Departamento de Pastoral del Turismo de la CEE, que insta a situar a la persona en el centro. En este sentido, propone «involucrar de manera activa en el diseño de cada proyecto turístico a las personas del lugar, a la población local». A su juicio, «nadie te va a contar mejor su pueblo, su parroquia, sus monumentos, que la gente que nació, amó, creció en ese lugar».
Espacio de evangelización
Por último, Gustavo Riveiro habla de otra persona, la misma persona de Cristo, el Dios hecho hombre, que tienen un papel destacado en el ámbito del turismo. No en vano, el Papa Francisco trasladó en 2022 la Pastoral del Turismo al Dicasterio para la Evangelización. «Nos marcó la línea de lo que debe ser esta pastoral: un espacio positivo de evangelización».
Precisamente, desde la Conferencia Episcopal «estamos trabajando con esta directriz: que el incalculable patrimonio cultural que tiene la Iglesia vuelva a evangelizar». Y añade: «No podemos abajar una catedral a la categoría de museo. Desde luego, tiene muchas piezas artísticas, pero principalmente es un lugar de encuentro con Dios». Esto no significa renegar del turismo: «El patrimonio cultural de la Iglesia sin el turismo, ni se mantiene, ni se restaura, ni podemos conservarlo».
En un mensaje para la 47 Jornada Mundial del Turismo, que se celebrará el próximo 27 de septiembre, el arzobispo proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, Rino Fisichella, advierte sobre el riesgo de reducir la experiencia de viajar al mero seguimiento de un algoritmo, que dice dónde acudir y qué ver, «impidiendo descubrir la maravilla del encuentro personal, que es a menudo el más valioso de los descubrimientos». También pide la regulación de la recogida de datos sobre el comportamiento de los viajeros.
Una visita desde la fe
Dentro de este ámbito, uno de los proyectos con más recorrido es el de la asociación Nártex, que se encarga de promover iniciativas para una mejor comprensión del patrimonio de la Iglesia y que este pueda transmitir toda su carga cultural y espiritual. «Ahora mismo tenemos una actividad de voluntariado para jóvenes de entre 18 y 35 años que dedican parte de su tiempo en verano a ofrecer una visita guiada desde la fe en determinados templos», explica Isabel Fernández, su presidenta.
Se trata de otra variante del turismo ético, esa que te ayuda a «una mejor comprensión del entorno que se visita» y a respetar, por ejemplo, «lo que pasa en un templo durante la Eucaristía». Una labor de la que en la asociación han podido comprobar los frutos. «Hace poco hemos estado en Notre Dame y allí te das cuenta de que mucha gente se quedaba en Misa como una especie de espectáculo turístico». Gracias a la presencia de los voluntarios de Nártex, «hemos podido explicar el verdadero sentido de la catedral y qué es lo que se celebra durante la liturgia», asegura Fernández, que más de una vez ha podido comprobar cómo esos mismos turistas a los que había enseñado sobre la Eucaristía, posteriormente participaban en la celebración dominical con el recogimiento y el decoro que merece la ocasión.
Fernández termina la entrevista igual que Riveriro, destacando el papel de las personas. «Muchas veces tiramos de los códigos QR o de las audioguías, y hay algunas muy bien hechas y que realmente ayudan a los visitantes cuando no es posible atenderlos personalmente». No obstante, «cuando tienes como guía a un voluntario que vive su fe profundamente, que te explica el templo como si fuera su casa porque lo ha rezado antes, eso tiene un valor insustituible», concluye.
—Usted pasó por la Organización Mundial del Turismo.
—Sí, fui vicepresidente en dos ocasiones. En total, pasé allí cerca de 20 años. En la OMT hay dos tipos de miembros: los plenos, que son los países que conforman el propio organismo, y luego los afiliados, que son unos 600 procedentes de todo el mundo. Yo era uno de ellos. Su labor consiste en asesorar a la secretaría general y aportar a la OMT la visión de los operadores privados. Hay que señalar que el turismo es una actividad realizada normalmente en áreas que son públicas, como las playas, pero desarrolladas habitualmente por entidades privadas. Por eso, el organismo tiene esa diferenciación de miembros.
—¿Colaboró de alguna forma en la elaboración del código ético de la OMT? ¿Qué nivel de implementación tiene?
—Yo fui uno de los primeros en firmarlo. Todos los miembros plenos y afiliados lo suscribieron. Habla no solo de ajustarse a unas normas éticas en la actividad comercial, sino que trata de subrayar la dignidad de la persona humana. Ninguna actividad comercial puede beneficiarse con nada que atente a la dignidad humana. En ese sentido, el código ético ha servido para que el sector se conciencie para dejar atrás las prácticas perversas e ilegales que proliferaban vinculadas al turismo. Hablo, por ejemplo, del turismo sexual, que en el Caribe estaba muy difundido.
—¿Qué papel juega la Pastoral del Turismo dentro de este cambio de paradigma hacia un turismo más ético?
—Colaborar en la defensa de la dignidad humana, creo que ese es uno de los roles más importantes de la Pastoral del Turismo, y no —como algunos creen— organizar desde la parroquia un viaje a algún lugar de fe. Y luego, por otro lado, es saber transmitir a los turistas que nos llegan la Buena Nueva. Es decir, transmitir el Evangelio utilizando todas las herramientas que el turismo pone a nuestra disposición.
—Precisamente tiene un libro, Turismo, puerta de la evangelización, que aborda la relación entre turismo y fe desde una perspectiva distinta.
—En un momento dado, el turismo descubrió que se podía aprovechar de los grandes movimientos de personas vinculados a la fe. Se veía la religión como un objeto para vender turismo. La concepción del libro es exactamente la contraria: utilizar el turismo para transmitir la Buena Nueva, y que sea un instrumento para comunicar el Evangelio. Bajo esta perspectiva, hay dos cosas a tener en cuenta. Por un lado, prestar atención espiritual a los turistas, porque a veces uno llega a un lugar de vacaciones y es difícil saber, por ejemplo, el horario de Misa. Y luego, por otro lado, aprovechar el rico patrimonio cultural de la Iglesia, y el interés de los turistas en él, como herramienta de primer anuncio y para llevar el Evangelio a los confines de la tierra.
—En su mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, que se celebra el 27 de septiembre, el Dicasterio para la Evangelización habla del papel de la inteligencia artificial en el futuro del turismo. ¿Son realidades compatibles?
—Ya lo son. La inteligencia artificial ya está muy metida en el mundo del turismo, pero hay que tener cuidado porque en la implementación de datos para alimentar a la inteligencia artificial hay sesgos que si no sabemos detectar y desarticular estaremos contribuyendo a su difusión planetaria. Una labor bonita, aunque a mí ya me pilla mayor, es meter en el sistema todo nuestro planteamiento ético, para que la IA pueda contribuir al bien común.