Siete nuevos diáconos permanentes en Madrid para «llevar la voz de los pobres a la Iglesia»
El diácono, les ha dicho el cardenal, «es el experto en vivir en medio de la vida, del trabajo, de la familia, y está llamado a ayudar a la comunidad cristiana, a escuchar el latido concreto del mundo, porque a menudo nuestras comunidades se encierran y se olvidan de este punto»
La Iglesia de Madrid cuenta con siete nuevos diáconos permanentes. En la tarde del sábado 20 de junio de 2026 han sido ordenados por el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, Manuel Lorenzo García Sancet, Gabriel Solé Rojo, José Antonio Martí Gutiérrez de Cabiedes, Javier Recio de la Cámara, Gabriel Muriarte Solana, José Ignacio Sarasúa Moreno y Tomás Avileiro Molina.
Una celebración que comenzaba con el saludo a todos los presentes, entre ellos el obispo auxiliar, Vicente Martín. En sus palabras, el cardenal Cobo ha destacado la importancia de todos los que en esta celebración se unían a la Iglesia diocesana de Madrid, «dispuestos a abrir los ojos y a experimentar como Dios pasa en nuestras vidas y como va interviniendo con historias concretas».
A la luz del Evangelio, el arzobispo ha reflexionado sobre la llamada de Jesús a no tener miedo. Esta es una de las experiencias más universales en el ser humano, que «nos hace replegarnos sobre nosotros mismos, proteger lo ya conocido o salir corriendo». Un miedo que también tienta a la Iglesia: a un mundo que cambia, a perder relevancia, a las propias seguridades de lo que siempre hemos tenido.

No podemos olvidar que Jesús envía a sus discípulos en medio de un mundo difícil y comprometido, un mundo al que ama, y les dice: «No tengáis miedo», ha recordado el cardenal. Desde ahí ha subrayado que «el Evangelio nunca se sostiene sobre nuestras fuerzas, sino sobre la fidelidad de Dios que apuesta todo y trabaja porque su Reino germine y crezca». Por eso, les ha dicho que no tengan miedo de servir; de entregarse; de gastar la vida en aquello que quizás no tiene reconocimiento, pero sí fecundidad evangélica.
Dejarse evangelizar antes de enseñar
A quienes han sido ordenados, el arzobispo les ha recordado que el ministerio recibido nace «en la confianza de que Dios sigue actuando en medio de su pueblo, sigue eligiéndonos y sigue tocándolos corazones de sus hijos para que su proyecto y su Reino vaya a término, independientemente de nuestros éxitos y de nuestras fragilidades». Igualmente, ha hecho ver la necesidad de que la Iglesia escuche para poder anunciar. «Antes de enseñar hay que dejarse evangelizar. Antes de convertirse en mensajero hay que permanecer largo tiempo junto al Maestro y conocerlo bien», ha enfatizado el cardenal Cobo.
Por eso, una clave profunda para comprender el diaconado es entender que «no sois hombres enviados a hacer tareas. Sois personas llamadas a vivir en escucha continua al Señor», ha recordado el arzobispo. Escucha de la Palabra, de la Iglesia, de los pobres, de las preguntas y sufrimientos de nuestra gente y de nuestro tiempo». El diácono, les ha dicho el cardenal, «es el experto en vivir en medio de la vida, del trabajo, de la familia, y está llamado a ayudar a la comunidad cristiana, a escuchar el latido concreto del mundo, porque a menudo nuestras comunidades se encierran y se olvidan de este punto».

Una llamada a «conectar cada comunidad con el latido del mundo y a ayudar a que la comunidad se sitúe en forma misionera en medio del mundo y de los lugares a los que el Señor quiere llegar». Les ha hecho ver la necesidad de vivir en medio de la vida ordinaria, de no contaminarse del mal del clericalismo, pues son enviados a «compartir las alegrías y las preocupaciones de la gente». Una vocación que viven en familia, desde son ordenados para ser «un puente entre la liturgia y la calle, entre la celebración y la vida, entre la comunidad que a veces tiende a mirarse al ombligo y la Iglesia diocesana, entre la comunidad cristiana y los que permanecen alejados de ella».
No un sucedáneo del sacerdocio
Un ser diáconos que «no es un sucedáneo del sacerdocio», sino una vocación propia, sin la que «la Iglesia no es Iglesia». En palabras del cardenal Cobo, «la Iglesia necesita diáconos, no para hacer cosas ni porque falten presbíteros», sino «porque necesita recordar a todos que la forma de ser Iglesia es el servicio». Desde ahí los ha llamado a, en sus quehaceres cotidianos, «recordar a todos la primacía de servicio como forma de ser de la Iglesia».
Un servicio para realizar en la frontera, y así «conectar mundos que a veces nos parecen muy distantes», para incluir todas las realidades. Algo a realizar en comunidad, que no se puede vivir aisladamente. En ese sentido, el cardenal Cobo ha recordado que «el diaconado, en estos tiempos, tiene mucho de sinodalidad y nos enseña a vivir esa sinodalidad», dado que «estáis llamados a favorecer el encuentro y estáis llamados, y eso os encomendamos, a sostener y construir la vida de cada comunidad», para que «cada comunidad mire hacia afuera y no se repliegue en lo de siempre».
Una vocación que se vive «al servicio de la misión común de la Iglesia», especialmente desde «la preocupación que tiene la Iglesia por atender a los que quedan olvidados», misión confiada a los diáconos desde la primera Iglesia. Desde ahí el arzobispo ha insistido en que «no perdáis nunca, nunca, el vínculo con los pobres y con los alejados. Están clavados en vuestra vocación». Y esa es «la dimensión constitutiva de vuestro ministerio. Sin ellos no tenéis sentido». Se trata de «ayudar a que cada comunidad vea y mire donde muchos no quieren mirar. Escuche donde otros pasan de lado y descubra a Cristo donde el mundo solo percibe fragilidad».

Para ello, el cardenal ha pedido: «llevad la voz de los pobres a la Iglesia y llevad el rostro de la Iglesia a los pobres», y así ayudar a la Iglesia a «recordar que la Eucaristía y la Caridad pertenecen a la esencia de la Iglesia y que el cuerpo de Cristo que adoramos en el altar es inseparable del cuerpo herido de tantos hermanos a los que hoy con vuestra ordenación sois enviados».
Una vocación en familia
El arzobispo ha destacado el papel de las esposas y de la familia en el diaconado permanente. Así como de la comunidad que los ha sostenido, la Iglesia que los ha amado y los amigos que los han acompañado. Un ser diáconos que no queda al margen del matrimonio, pues «se convierte en uno de los lugares desde donde vuestro ministerio va a ser sostenido y vivido». Por ello, «vuestras esposas no son espectadoras de la vocación diaconal, sino compañeras de camino que participan de la llamada recibida por la familia, de una forma distinta pero real», ha recordado Cobo, que ha hecho ver a las esposas que «quedáis incorporadas a esta misión de servicio. Vuestra vida matrimonial se convierte en un don, sí, en un don que enriquece la Iglesia».
A ellas, en nombre de la Iglesia de Madrid, las ha dado las gracias por su generosidad y porque «muchas veces habéis sostenido silenciosamente los años de formación, sostenéis las preocupaciones pastorales y las tareas apostólicas, y porque seguís siendo un recordatorio de que toda vocación cristiana nace y crece dentro de una red de relaciones, y que una vocación nunca es solitaria».
Al hilo de la oración consagratoria, les ha llamado a «escuchar antes que anunciar, creer antes que enseñar, vivir antes que hablar». A ser testigos del Evangelio y no influencers de lo religioso; a menos protagonismo y más servicio; a no ser francotiradores, sino gente que construya puentes y que viva la sinodalidad. Un ser diáconos que es un recordatorio de que «la Iglesia se parece más a Jesucristo cuando sirve, antes que ocupar espacios, cuando lava los pies, antes que cuando busca reconocimientos, cuando construye como amor y cuando sirve».