Joe Calcasola, seminarista: «Me impresionó escuchar a los niños “¡viva Jesús, viva el Santísimo Sacramento!”»
Tuvo el regalo de poder acompañar al Papa y al Santísimo durante la procesión del Corpus Christi por la madrileña calle de Alcalá
Joe Calcasola (en la foto, a la derecha del todo) fue uno de los seminaristas que tuvo el regalo de poder acompañar al Papa y al Santísimo durante la procesión del Corpus Christi por la madrileña calle de Alcalá. El proceso de selección, «en realidad, fue bastante sencillo», cuenta. «Vino uno de los ceremonieros y nos llamó a todos los seminaristas de mi curso para decirnos que íbamos a ser los afortunados que iban a acolitar en la Misa con el Papa, simplemente porque recibimos la institución del acolitado en febrero». Más adelante, el reparto de los diferentes servicios litúrgicos durante la Eucaristía vino determinado por algo tan simple como la altura: «Nos colocaron a todos de dos en dos, y a los seis más altos nos eligieron para ser los ceroferarios: los acólitos que llevan los cirios durante la procesión».
«Esa oportunidad de poder estar cerca del Papa me produjo personalmente mucha alegría —reconoce Joe días después de aquello—, pero enseguida uno de los ceremonieros encargados de la celebración nos recordó que no íbamos a servir al Papa, sino a Cristo en su liturgia. Y desde ese momento me centré en el Señor, en que lo que iba a hacer era algo tan grande como acompañar a Cristo por las calles».
Ese recorrido fue un momento especial, del que el seminarista destaca «la ternura que me produjo oír las aclamaciones del pueblo de Dios, sobre todo aquellos, concretamente niños, que decían: “¡Viva Jesús, viva el Santísimo Sacramento!”. Escuchar eso en bocas tan pequeñas e inocentes me impresionó».
¿Qué se le pasa al Señor por el corazón en esos momentos, precisamente en este mes en el que toda la Iglesia celebra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? «Pues una cosa muy sencilla —responde—. El Corazón de Cristo mira y ama a cada uno tal y como es, de manera única y repetible». Por este motivo, señala que ese sencillo caminar por las calles de Madrid «avivó la fe y la esperanza de muchos, y otros tantos se sintieron realmente amados con la caridad de Cristo». Así, esta presencia «fue un regalo, un don para cada uno de los que estábamos allí. Quizá cada uno lo vaya descubriendo más adelante, si no lo ha descubierto ya», añade.
En su caso, durante la procesión «pensaba mucho en la vida de los apóstoles. Ellos estaban a todas horas junto al Señor, paseando con Él, siendo testigos de su ministerio y de su autoridad; y seguro que en algún momento se sentirían importantes a su lado, o incluso se confundirían pensando que la gente los miraba también a ellos». Por eso, tiene claro que «los importantes no eran ellos como tampoco yo lo soy. Nosotros solo tenemos que remitirle a Él, la gente quiere a Jesús y nosotros somos los encargados de llevarlos a Él, nada más. Somos completamente secundarios y muy prescindibles», señala asimismo con humor.
El protagonismo que este seminarista concede al Señor lo extiende también a la Iglesia: «Creo que la visita del Papa ha tenido un fuerte carácter eclesial, y pienso que eso va a tener un fuerte impulso en la unidad de los creyentes». El mismo León XIV «subrayó esta llamada a la unidad en varias ocasiones» durante el viaje, una «unidad en la diversidad en la que también insistió nuestro obispo, el cardenal José Cobo». Por este motivo, piensa que todo lo vivido durante estos días junto al Papa «va a ayudar mucho a la predicación del Evangelio en toda España», y servirá para «hacerlo juntos».
Raquel fue una de las afortunadas que pudo saludar al Santo Padre momentos antes de que comenzara la vigilia de oración con jóvenes. Estaba esperando junto a otras familias con niños con alguna discapacidad, y le hizo un gesto con la mano para que fuera a verla. Nada más acercarse, le dijo con todo su desparpajo: «Hola, Papa, soy Raquel». Él hizo sobre su frente la señal de la cruz mientras le decía: «Que Dios te bendiga, Raquel».
Días después de aquello, afirma sentirse «muy feliz» de haber conocido a León XIV, al que define como «simpático» y «cariñoso», y sobre todo subraya que fuera el Papa el que quiso acercarse a ella para saludarla. Esos instantes, aunque fueron breves, han sido para ella transformadores: «Fue poco tiempo, pero ella recibió mucho», cuenta Patricia, su madre. «Ahora le dice a todo el mundo: “Pues ahora tengo que ser buena, tengo que estudiar mucho más y tengo que comer sano, y tengo que ser mejor”». Además, hoy Raquel comparte su experiencia y ese mensaje con todo el que se encuentra: «Esto también es para ti».