Nuncio en Gran Bretaña: «Cada semana llegan a las parroquias jóvenes que jamás habían puesto los pies antes»
En entrevista con Alfa y Omega Miguel Maury celebra que, «ante el vacío espiritual que le ofrecen las generaciones precedentes, han empezado a reaccionar»
Miguel Maury es español, arzobispo titular de Itálica y nuncio en Gran Bretaña desde 2023. Acaba de presentar en el Seminario Conciliar de Madrid Fe, vida, diplomacia. Es un libro donde aborda su servicio en países como Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán, Rumanía o Moldavia. Compara la frialdad espiritual de Occidente «con el último periodo del Imperio Romano» y considera los brotes verdes «una señal de que Dios sigue llamando»
¿Qué distingue a la Santa Sede de una diplomacia estatal ordinaria? ¿Cómo se negocia cuando no se defienden intereses económicos o militares? ¿Qué margen real de maniobra tiene un nuncio?
—La diplomacia de la Santa Sede tiene una función, podemos decir, en favor de todo el mundo, pues trata de concienciar a los distintos protagonistas de la comunidad internacional de respetar y promover los derechos humanos a nivel individual y social. Las embajadas y consulados de cada país intentan garantizar los derechos de sus ciudadanos en el extranjero. El caso de la Santa Sede es distinto, ya que los católicos que viven en los diferentes Estados son mayoritariamente ciudadanos de esos mismos Estados, por lo que, al menos teóricamente, hay una confluencia de intereses siempre que los gobiernos sirvan de verdad a sus pueblos.
Por lo que se refiere a la segunda parte de tu pregunta, te diría que la Santa Sede negocia normalmente con argumentos de razón y conveniencia, haciendo ver que va en el interés del interlocutor lo que se le pide. Existe además la opinión pública, que sobre todo en los países democráticos normalmente coincide con sus postulados.
En su libo Fe, vida, diplomacia aborda, entre otros temas, la Transición Española. ¿Qué puntos flacos tuvo? ¿En qué circunstancias reales se produjo y cómo fue de violenta? ¿Cómo deberíamos contársela a los jóvenes?
—En el libro respondo a algunas cuestiones sobre la llamada Transición política española, que en su día sirvió de modelo a otros países para pasar de un régimen autoritario a otro democrático. Las Cortes franquistas tuvieron el mérito de no oponer resistencia para su disolución. Yo diría que lo que aconteció a mediados de los años setenta del pasado siglo, fue en el fondo un relevo generacional en el que se dio además amplio espacio político a los herederos de los que perdieron la guerra civil.

Pienso que las versiones ideológicas del enorme esfuerzo de reconciliación que se han propuesto en estos últimos años no solo no corresponden a la realidad de los hechos, sino que pretenden alimentar un clima de crispación que ciertamente no hubo entonces. Pienso que a los jóvenes no se les puede ocultar la verdad de los hechos e intenciones de una generación de políticos que aún buscaba lo mejor para España.
¿Por qué Europa ya no cree tanto en Dios? ¿Qué problemas atraviesan los jóvenes que les impidan abrir los ojos y cómo se lograría ponerlos en marcha?
—Yo no diría que Europa no cree ya en Dios, sino que la apostasía, tanto teórica como práctica, se ha generalizado según avanza la decadencia de Occidente en la que nos hallamos inmersos. Desde un punto de vista histórico podemos situar su inicio en mayo de 1968 con la llamada revolución sexual, que consideraba la doctrina cristiana como represora y anticuada. La interpretación errónea del Vaticano II como un «todo vale», el efecto nefasto de la televisión-entretenimiento, la influencia de tendencias político-culturales ajenas a las que hicieron grande a España durante siglos, han llevado al desarme de nuestra en otro tiempo gran civilización, para mí la mejor que hasta ahora ha producido la humanidad y cuyas cuatro bases, como bien decía Xavier Zubiri, son la filosofía griega, el derecho romano, la religión cristiana y la ciencia moderna.

La juventud vive un periodo que podríamos comparar, mutatis mutandis, con el último periodo del Imperio Romano y que está recibiendo una triste herencia de sus padres, afortunadamente no todos. Ante el vacío espiritual que le ofrecen las generaciones precedentes ha empezado a reaccionar, sobre todo en los países en los que el egoísmo se ha convertido en la suprema ley de vida. Yo vivo ahora en Londres y cada semana llegan a las parroquias jóvenes que jamás habían puesto los pies antes, al igual que sus progenitores. Quizás las redes sociales tengan algo que ver, pero el fenómeno es aún muy reciente y circunscrito a pocos miles. De todos modos es una señal de que Dios sigue llamando.
En su libro también desglosa su experiencia en varios países. ¿Qué ha aprendido trabajando en África?
—La importancia del sentido comunitario de la vida y que la alegría y las ganas de vivir no dependen de lo que uno tenga.
También habla de países mayoritariamente musulmanes. ¿Cómo se produce un verdadero diálogo religioso y por qué la libertad religiosa es fundamento para todas las demás?
—Aquí me gustaría distinguir entre el dialogo interreligioso con las religiones que no creen en Cristo, como el judaísmo, el islam o el budismo. Y por otro lado el diálogo ecuménico con las otras iglesias y grupos cristianos. En el primer caso se trata de mantener un diálogo con la convicción de que pertenecemos todos a la misma familia humana, sin ningún tipo de sincretismo, respetando la libertad de las personas pero sin ocultar la verdad del Evangelio, que hemos de proclamar sin ningún afán proselitista. En el segundo, se trata de responder al mandato de Cristo de llegar a constituir un solo rebaño, superando prejuicios centenarios, con tanta caridad, pero sin ocultar la verdad.
La libertad religiosa es fundamento de todas las demás libertades porque donde no se respeta, no se respetan a los seres humanos. Decía san Agustín, con razón, que Dios es intimior intimo meo, es decir, que me es más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad. Es en el fondo de nuestra conciencia donde podemos contactar con Dios en este mundo. Las demás libertades deben ser armonizadas para asegurar el bien común, pero de internis neque Ecclesia, esto es, de las cosas de conciencia ni aun la Iglesia puede juzgar, ya que solamente Dios conoce el corazón del hombre.