Así homenajeó el Santo Padre la «literatura inmortal» española - Alfa y Omega

Así homenajeó el Santo Padre la «literatura inmortal» española

En las obras de los grandes autores citados por León XIV durante su visita
es fácil descubrir un paralelismo con san Agustín que no resulta ajeno al Papa agustino

Antonio R. Rubio Plo
Lope de Vega, Miguel de Unamuno y Miguel de Cervantes, en una imagen generada por IA.
Lope de Vega, Miguel de Unamuno y Miguel de Cervantes, en una imagen generada por IA.

En los discursos y homilías de León XIV en España hay referencias a nuestro legado cultural, una de cuyas manifestaciones es la literatura. De «literatura inmortal» la calificó en su intervención ante el Congreso de los Diputados. Apreció la impronta cristiana de nuestros clásicos del Siglo de Oro, pues en su homilía del Corpus, dijo que «no es extraño […] que la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma […] de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa y san Juan de la Cruz». 

Todos estos grandes autores han leído y rezado con san Agustín. Una circunstancia que, sin duda, conoce el Papa agustino. Por ejemplo, Lope de Vega entendió perfectamente la lucha del joven Agustín, entre sus pasiones y el deseo de entrega a Dios. En sus Rimas sacras se dirige al Señor en estos términos: «Tarde te amé, Señor, tarde, Hermosura / que diste luz a la celeste esfera, / pues, teniéndote en mí, te busqué fuera». Una transformación en verso de un pasaje de las Confesiones, donde la poesía de Lope adquiere un singular carácter místico. El escritor llegará a ordenarse sacerdote en 1614, pero eso, por sí solo, no le liberó de su concupiscencia y en su vida se hizo realidad el conocido soneto de «mañana le abriremos, respondía, / para lo mismo responder mañana». Es el eco de un Agustín que encuentra excusas para no dejar su vida mundana: «¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Mañana y mañana? ¿Por qué no luego?».

No podía faltar en el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados una referencia a la gran obra de nuestra literatura, a «las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58). Estas palabras las pronuncia el héroe cervantino al salir del palacio de los duques, donde ha llevado una vida palaciega ociosa. De caballero andante había pasado a ser un perezoso cortesano con «infinitos regalos y deleites». Descubre entonces que no está siendo libre pese a no estar sujeto a cadenas y prisiones y que sus lazos son más sutiles que físicos. Don Quijote descubre que la libertad no consiste en poder gozar de todo lo que se nos presenta como placentero, sino de poder dirigir nuestros pasos hacia un fin. En su caso, hacer el bien como caballero andante. «La comida sazonada y la bebida fresca» no han embotado sus ideales.

Otro tanto le sucede a Agustín en las Confesiones (VIII), donde las pasiones le dicen: «¿Nos abandonas? ¿Desde este momento ya no estaremos contigo? ¿Ya nunca podrás hacer esto o aquello?». Pero Agustín optará por la libertad de una entrega a Dios, que es el Bien. En apariencia pierde, pero sale ganando. 

En el discurso en el Congreso tampoco se olvidó León XIV de la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I). Es la frase de un autor que leyó a san Agustín y que experimenta, al igual que él, una inquietud en constante lucha. Unamuno vive en su vida y en su obra un itinerario agónico y creativo, un camino de continua búsqueda en el que, pese a todo, no se entrega a la desesperación. Lo atestigua también este pasaje de Del sentimiento trágico de la vida (IX): «La esperanza en la acción es la caridad, así como la belleza en la acción es el bien». 

Cabe recordar sus versos de El Cristo de Velázquez, donde el Crucificado es «coto de inmensidad / donde los hombres / la tímida esperanza cobijamos / de no morir del todo». Sin perder la esperanza, Unamuno va toda su vida a la búsqueda de Cristo con oraciones, invocaciones y diálogos.  Su búsqueda no tiene fin. En contraste, la lucha de Agustín termina con su conversión, en la que se rinde a la fe en Cristo. Lo encuentra en su interior, donde también Unamuno lo sigue buscando, aunque a la vez pretenda encontrarlo en la religiosidad popular o en la práctica de la caridad. Sin embargo, la adhesión de Agustín a la fe es iluminada con estas palabras: «No quieras salir de ti, vuelve a ti mismo. La verdad habita en el hombre interior y si también encuentras mudable tu propia naturaleza, trasciéndete a ti mismo».