El viaje que también convirtió a Egipto en tierra santa - Alfa y Omega

El viaje que también convirtió a Egipto en tierra santa

Más allá de las pirámides y los faraones, Egipto conserva otro itinerario milenario: el que, según la tradición copta, recorrieron María, José y el Niño Jesús durante su huida de Herodes

Cristina Sánchez Aguilar
Una de las calles del Barrio Copto rememora el paso de la Sagrada Familia.
Una de las calles del Barrio Copto rememora el paso de la Sagrada Familia. Fotos: Cristina Sánchez Aguilar.

«Bienvenidos a Egipto, la tierra donde Jesús pasó parte de su infancia». Es de noche cuando, por primera vez, el peregrino se enfrenta a la urbe inconmensurable que es El Cairo. Parece no terminar nunca: bloques de ladrillo desnudo, muchos a medio construir. O a medio derruir. Minaretes que despuntan entre la bruma, mezcla de contaminación y arena del desierto. Un río de coches, con sus correspondientes pitidos sin motivo, que desafían cualquier norma conocida de circulación. Siete kilómetros de necrópolis, la conocida como la Ciudad de los Muertos, en la ventanilla izquierda de la furgoneta que será segundo hogar durante unos días. «Aquí cohabitan el más allá y lo terrenal», explica Haitham. Familias sin recursos han construido dentro de estos muros. Duermen entre tumbas.

Quien habla no es un sacerdote copto. Tampoco uno de los franciscanos que custodian los Santos Lugares ni un profesor de Sagrada Escritura. Es guía de Exotic Tours and Travel. Es egiptólogo. Durante la primera incursión en la tierra faraónica, ya de día y con un calor soportable para ser junio, Haitham situará al viajero en el contexto de la tierra que pisa: en la ladera de las pirámides presentará a Keops, a Kefrén, a Micerino. En el flamante y casi recién estrenado Gran Museo Egipcio hablará de Tutankamón, de la revolución de Akenatón, de Alejandro Magno. De la reina Hatshepsut.

Mostorod. Aquí María lavó la ropa del Niño. Hay todo un barrio alrededor del templo.

Mostorod. Aquí María lavó la ropa del Niño. Hay todo un barrio alrededor del templo.

Pero durante la segunda jornada cambia de registro con absoluta naturalidad. Sin mirar una sola nota, comienza a reconstruir un viaje de hace más de 2.000 años. «Entraron por el norte del Sinaí. Pasaron por Al Arish. Después llegaron a Al Farma. Bajaron hacia el delta del Nilo. En Mostorod, la Virgen bañó al Niño. Más tarde descansaron bajo el Árbol de María. Cruzaron el Nilo desde El Maadi. Se refugiaron en el Barrio Copto. Siguieron hasta Wadi al Natrun. Bajaron al Alto Egipto y permanecieron seis meses en Al Muharraq. Después regresaron a Nazaret».

Fuera de la región, el gran país del Nilo suele reducirse a las pirámides, las momias o los templos de Luxor. Sin embargo, existe otro Egipto mucho menos conocido que forma parte de la memoria de millones de cristianos. El que acogió a la Sagrada Familia cuando tuvo que huir de la persecución de Herodes. El país donde, según la tradición copta, Jesús pasó parte de su infancia. Este Egipto se vislumbra a través de iglesias escondidas entre las callejuelas de El Cairo, en monasterios perdidos en el desierto, junto a un árbol venerado desde hace siglos o en una pequeña cripta excavada bajo una iglesia donde la tradición sitúa el refugio de María, José y el Niño.

El árbol de María. Es un sicómoro y es descendiente directo del que dio sombra a la Sagrada Familia.
El árbol de María. Es un sicómoro y es descendiente directo del que dio sombra a la Sagrada Familia.

Lo sorprendente es que este itinerario, que ofrece la agencia de viajes que nos guía, no pertenece únicamente a los cristianos; musulmanes y coptos comparten con naturalidad el relato de aquella familia que cruzó el Sinaí buscando refugio. En un Oriente Próximo tantas veces marcado por las fracturas religiosas, la Ruta de la Sagrada Familia constituye un inesperado espacio de memoria compartida.

Pero, ¿qué sabemos realmente de aquel viaje? ¿Dónde termina el relato evangélico y dónde comienza la tradición? Y, sobre todo, ¿qué descubre hoy el peregrino que decide seguir las huellas de un niño refugiado a orillas del Nilo?

El Evangelio de san Mateo dedica apenas unos versículos a la huida a Egipto. Un ángel se aparece en sueños a José y le ordena levantarse, tomar a Jesús y a su madre y marchar al país vecino. Herodes quiere matar al pequeño al que los Magos han reconocido como rey de los judíos. José obedece. Cruza la frontera. Y el evangelista no vuelve a decir prácticamente nada más. No sabemos qué camino siguieron. Ni cuánto tiempo permanecieron allí. Ni dónde encontraron refugio. Ni cómo fue la vida cotidiana de aquella familia extranjera en una tierra desconocida.

Uno de los pozos donde paraban a refrescarse, en el Barrio Copto de El Cairo.

Uno de los pozos donde paraban a refrescarse, en el Barrio Copto de El Cairo.

Ese silencio del Evangelio fue, paradójicamente, el punto de partida de una de las tradiciones más ricas del cristianismo oriental. «La tierra de Egipto se sintió bendecida por la visita corporal del Hijo de Dios», explica la profesora Pilar González Casado, decana de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica San Justino. Por eso, añade, los cristianos egipcios desarrollaron con enorme detalle el relato de la estancia de la Sagrada Familia, ampliando el texto de san Mateo con homilías, tradiciones litúrgicas y relatos transmitidos durante generaciones. 

González Casado invita a leer estas tradiciones con la mirada adecuada. Los textos que las transmiten «no pretenden hacer historia» en el sentido moderno del término. Su propósito es otro: «leer teológicamente un hecho histórico: la presencia real del Hijo de Dios en la tierra de Egipto y, a través de su conmemoración, mover al lector o al oyente a la devoción».

Hay una observación de la investigadora que cambia por completo la manera de mirar esta ruta. «Para el cristianismo egipcio, la causa de esta visita fue la predilección divina por la tierra egipcia y no un hecho fortuito como consecuencia de la persecución herodiana». Por eso, subraya, la tradición copta habla más bien de una estancia, una permanencia querida por Dios, que de una simple huida.

Un monje nos enseña el antiguo refectorio, en el monasterio de San Macario.
Un monje nos enseña el antiguo refectorio, en el monasterio de San Macario.

De hecho, «El episodio tuvo una enorme resonancia en la literatura cristiana oriental», explica la decana. A partir de las profecías de Isaías —«Mirad al Señor montado sobre una nube ligera, que entra en Egipto» (Is 19,1)— y de Oseas —«De Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1)—, homilías escritas en copto, árabe, siriaco y etiópico comenzaron a desarrollar el relato evangélico, ofreciendo detalles sobre el recorrido, las paradas y el significado espiritual de aquella estancia.

Desde esta perspectiva, no se trata de comprobar si cada piedra conservaba una prueba arqueológica del paso de la Sagrada Familia. Se trata de descubrir cómo un pueblo ha custodiado durante casi 20 siglos una memoria que sigue viva en la liturgia, en la oración y en la vida cotidiana de sus comunidades cristianas. 

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La ruta, parada a parada

Así, fueron apareciendo iglesias allí donde la tradición situaba un descanso de la familia; monasterios donde se creía que habían encontrado refugio y santuarios levantados junto a un árbol, una fuente o una roca vinculados al paso del Niño. La memoria religiosa terminó dibujando un itinerario de unas 20 etapas que atraviesa el país desde el norte del Sinaí hasta el Alto Egipto. 

Una de ellas está en Matariyah, un barrio de El Cairo. Cuesta imaginar que este lugar, hoy absorbido por una megalópolis de más de 20 millones de habitantes, fuera hace 2.000 años un oasis situado a las afueras de la antigua Heliópolis. Sin embargo, basta cruzar el umbral del complejo para que el bullicio desaparezca de golpe. El patio está presidido por un árbol. O, para ser más precisos, por el descendiente del árbol que la tradición identifica con aquel bajo cuya sombra descansó la Sagrada Familia. «Aquí ocurrió uno de los milagros que recuerda nuestra tradición. El Niño Jesús rompió el bastón de José en varios trozos y los plantó en la tierra. De ellos brotaron plantas aromáticas», recuerda Haitham.

Hacia el Sinaí

Ya cruzar el canal de Suez tiene su magia. A través de un túnel subterráneo, cambias de continente tras pasar no pocos controles. En el sur de la península del Sinaí se encuentra el monasterio de Santa Catalina, donde santa Elena, madre del emperador Constantino, mandó construir una capilla en el lugar donde según la tradición Moisés habló con Dios a través de la zarza ardiente, que se conserva en su interior. Posteriormente el emperador Justiniano I mandó construir un monasterio. Situado a las faldas del monte Sinaí, donde el profeta recibió las Tablas de la Ley, el peregrino asciende hasta la cima para seguir sus pasos. En verano, eso sí, de noche y en absoluto silencio, debido a las altas temperaturas. Aunque siempre hay camellos dispuestos a ascender con el visitante a lomos; todo sea por estar en el lugar donde se escribió una parte fundamental de la Historia de la Salvación.

Otra de las iglesias está en Mostorod y conserva todavía su antiguo nombre litúrgico: Al Mahamma, «el baño». El templo que hoy se levanta sobre este lugar recuerda uno de los episodios más domésticos de toda la ruta. Aquí, según la tradición, María lavó la ropa del Niño y lo bañó utilizando el agua de un manantial que brotó milagrosamente. Después de tantos kilómetros de desierto, persecución e incertidumbre, la tradición parece detenerse un instante para recordar que la vida de Dios hecho hombre también transcurría entre gestos cotidianos: buscar agua, preparar comida, lavar la ropa de un niño.

En medio del caos de motos mezcladas con vehículos y el bullicio de cientos de personas caminando por las calles en un día laborable en El Cairo, la iglesia copta de Santa María de Zeitoun pasa casi desapercibida. Su fachada blanca y sus cúpulas no anuncian que este lugar fue escenario de uno de los fenómenos religiosos más sorprendentes del siglo XX.

La noche del 2 de abril de 1968, un mecánico de autobuses musulmán creyó ver a una mujer vestida de blanco sobre la cúpula. Pensó que se trataba de una religiosa dispuesta a arrojarse al vacío y avisó a quienes se encontraban cerca. En pocos minutos se congregó una multitud. Lo que parecía un posible suicidio terminó convirtiéndose, para miles de personas, en el comienzo de una serie de apariciones de la Virgen María que se prolongarían durante casi tres años.

La zarza ardiente de Moisés. Dicen que algo queda de la original.
La zarza ardiente de Moisés. Dicen que algo queda de la original. Foto: Cristina Sánchez Aguilar.

Las manifestaciones de luz se repitieron con frecuencia entre 1968 y 1971. Fueron contempladas por cristianos y musulmanes, además de numerosos curiosos y periodistas, hasta el punto de que la iglesia llegó a recibir cada noche a decenas de miles de personas. Varios fotógrafos lograron captar imágenes del fenómeno y las autoridades egipcias investigaron si podía tratarse de una proyección o de un efecto luminoso, sin encontrar una explicación concluyente.

El patriarca copto Cirilo VI creó una comisión de obispos y sacerdotes para estudiar lo sucedido y, tras la investigación, reconoció oficialmente las apariciones. El lugar tampoco es casual. Según la tradición copta, Zeitoun —la antigua Matariya— forma parte del itinerario recorrido por la Sagrada Familia durante su estancia en Egipto. Esa vinculación convirtió la iglesia en un importante centro de peregrinación mucho antes de 1968 y explica que millones de egipcios interpretaran aquellas luces como un signo de la protección de la Virgen sobre un país especialmente unido a la infancia de Jesús.

Vistas desde lo alto del monte Sinaí.
Vistas desde lo alto del monte Sinaí. Foto: Cristina Sánchez Aguilar.

Al entrar en la iglesia, el silencio invade el espacio. Llena de fieles—acudimos un día entre semana, por la mañana—, hay quienes rezan en silencio frente al icono de Santa María, al que ponen velas para orar por sus seres queridos; otros buscan, sobre la cúpula, el lugar donde tantos aseguraron haber visto una figura luminosa vestida de blanco. Una nutrida fila hace cola para besar el tapiz con el icono de la Madre de Jesús.

El tiempo se para cuando cruzamos hasta el corazón del Viejo Cairo. Las murallas de la antigua fortaleza romana de Babilonia apenas dejan entrever el universo que esconden en su interior. El aire huele a incienso. A comino. A berenjena asada. A tahina. Las campanas se mezclan con la llamada a la oración de las mezquitas. En apenas unos cientos de metros conviven siglos de historia. El peregrino, que accede al barrio a través de una calle llena de libros, visita las iglesias de San Mercurio, Santa Bárbara, San Jorge y la Iglesia Colgante, suspendida sobre las antiguas torres de la fortaleza romana. Hay que descender unos escalones para llegar a la iglesia de San Sergio y San Baco, conocida por los coptos como Abu Serga. Y de pronto aparece una pequeña estancia excavada bajo el nivel de la calle. Un altar. Un pozo. Unas columnas desgastadas. «Aquí permanecieron casi tres meses», explica el guía señalando la pequeña cripta. «Descansaron antes de continuar el viaje. Aprovecharon el agua de este pozo y, cuando llegó el momento, cruzaron el Nilo desde El Maadi para dirigirse al Alto Egipto».

El paso por el desierto

Abandonamos El Cairo rumbo al desierto. La carretera atraviesa un paisaje que parece no terminar nunca hasta que, casi de improviso, aparecen las murallas de Wadi al Natrun. Si el Barrio Copto representa el corazón histórico del cristianismo egipcio, este valle simboliza su alma contemplativa. Aquí buscaron a Dios san Antonio, san Macario, san Bishoi y cientos de hombres que cambiaron la historia espiritual del cristianismo retirándose al desierto. De hecho, en la actualidad, existen cuatro monasterios activos en la zona,  aunque originalmente hubo cerca de medio centenar en la región. El monasterio de San Macario (Deir Abu Makar): Fundado en el siglo IV, es el más antiguo del complejo; el monasterio de Al-Baramus (Deir El-Baramos), conocido por ser el más aislado; el monasterio de San Bishoi (Deir Al-Anba Bishoy), con grandes fortificaciones y muros de diez metros de altura, y el monasterio de los Sirios (Deir El-Suryani), el más pequeño de los cuatro, dedicado a la Virgen María.

Nos adentramos en uno de ellos, el de San Macario el Grande, que impresiona por la sensación de continuidad que transmite. Aquí la vida monástica no se ha interrumpido desde hace más de 16 siglos. Tras sus gruesos muros de adobe, que se agradecen dado el calor sofocante, sobreviven libros, iconos, y diversos espacios donde la liturgia sigue celebrándose en copto, la última lengua heredera del antiguo Egipto faraónico. Nos recibe uno de los monjes, acostumbrado a los visitantes. Hace de cicerone y explica que aquel gran espacio habitado en medio de la nada fue fundado hacia el año 360 por san Macario de Egipto, uno de los grandes padres del desierto y una de las figuras decisivas en el nacimiento del monacato cristiano. La tradición sostiene que llegó a reunir a más de 4.000 discípulos de distintas procedencias, atraídos por una forma de vida radicalmente centrada en la oración y el silencio. 

Unos niños veneran las reliquias del evangelista Marcos en Alejandría.
Unos niños veneran las reliquias del evangelista Marcos en Alejandría. Foto: Cristina Sánchez Aguilar.

Por las celdas de este monasterio, que podemos visitar —hay que agachar la cabeza para entrar, no porque fueran de pequeño tamaño, sino como gesto de adoración a Dios— pasaron algunos de los nombres más importantes de los primeros siglos del cristianismo, como san Arsenio el Grande, san Moisés el Negro, san Juan el Enano o san Macario de Alejandría. Caminar ahora por sus patios es hacerlo por uno de los lugares donde se forjó buena parte de la espiritualidad cristiana. Los monjes siguen alternando el trabajo manual —hacen aceite de oliva, entre otros manjares—con largas horas de oración, fieles a una tradición que apenas ha cambiado desde el siglo IV.

Aun en medio de la inmensidad del desierto, el monasterio estuvo a punto de desaparecer. A finales de los años 60 apenas quedaban seis monjes ancianos y muchos de sus edificios amenazaban ruina. El renacimiento llegó en 1969, cuando Cirilo VI envió una pequeña comunidad encabezada por Matta El Meskin, uno de los grandes renovadores del monacato copto contemporáneo. Bajo su impulso comenzó una profunda restauración material y espiritual que devolvió la vida al monasterio, hasta superar el centenar de monjes que viven allí en la actualidad.

Monasterio de Santa Catalina.
Monasterio de Santa Catalina. Foto: Cristina Sánchez Aguilar.

Entre sus tesoros destacan las reliquias de los 49 mártires de Escete —monjes cristianos que fueron masacrados por los bereberes durante un ataque en el año 444— y un hallazgo de enorme importancia realizado durante unas obras de restauración: las criptas que la tradición identifica como los lugares de enterramiento de san Juan Bautista y del profeta Eliseo, descubiertas siguiendo antiguas indicaciones conservadas en manuscritos medievales de la biblioteca monástica.

La influencia de San Macario ha sido enorme en la historia de la Iglesia copta. Cerca de una treintena de papas procedieron de esta comunidad o vivieron largas temporadas entre sus muros, desde san Cirilo de Alejandría hasta otros de la época moderna. En las últimas décadas, el monasterio también se ha convertido en un referente del diálogo monástico internacional, manteniendo estrechos vínculos con comunidades benedictinas y contemplativas de Europa y Oriente Próximo.

Rumbo a Alejandría

Pocas ciudades del Mediterráneo pueden presumir de un legado tan extraordinario como Alejandría: su famoso faro fue una torre considerada una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y superaba los 100 metros de altura;  guio a los navegantes durante más de 1.600 años antes de ser destruida por terremotos. Fundada por Alejandro Magno en el año 331 a. C., fue la gran capital intelectual del mundo antiguo, el lugar donde confluyeron la cultura griega, la tradición egipcia y, más tarde, el cristianismo.

La primera parada conduce a la catedral de San Marcos, considerada el corazón espiritual de la Iglesia copta. La tradición sostiene que fue levantada sobre el lugar donde el evangelista san Marcos fundó hacia el año 42 la primera comunidad cristiana de Egipto, convirtiéndose en el primer obispo de Alejandría. El templo ha sido destruido y reconstruido en numerosas ocasiones, pero ha conservado su condición de sede histórica del patriarcado de Alejandría. Allí se custodia la cabeza de san Marcos y, desde 1968, también una parte de sus reliquias, devueltas por la Iglesia católica como gesto de reconciliación tras haber permanecido durante más de un milenio en Venecia.

A escasa distancia se encuentra la catedral católica de Santa Catalina, sede del vicariato apostólico latino de Alejandría. Mucho más discreta que otros templos de la ciudad, representa la presencia de la Iglesia católica en una urbe marcada por la diversidad de ritos y confesiones cristianas. En apenas unas calles conviven la tradición copta, la greco-ortodoxa, la armenia y la latina, reflejo de la vocación cosmopolita que siempre caracterizó a Alejandría.

Iglesia Colgante, en el Viejo Cairo. Ya existían referencias de ella en el siglo III.
Iglesia Colgante, en el Viejo Cairo. Ya existían referencias de ella en el siglo III. Foto: Cristina Sánchez Aguilar.

Pero sería imposible comprender el alma de la ciudad sin acercarse a la Bibliotheca Alexandrina. Su gran cilindro de granito inclinado hacia el Mediterráneo evoca el disco solar y simboliza el renacimiento del mayor centro de conocimiento de la Antigüedad. Inaugurada en 2002 con el apoyo de la UNESCO y de numerosos países, la nueva biblioteca no pretende reconstruir el edificio desaparecido hace más de 16 siglos, sino recuperar su espíritu: ser un lugar de encuentro entre culturas y religiones, abierto al diálogo y a la investigación.

En la Biblia, Egipto suele aparecer como la tierra de la esclavitud, el lugar del que Dios libera a Israel en el Éxodo. Sin embargo, en los primeros años de la vida de Jesús ocurre algo inesperado: ese mismo Egipto deja de ser símbolo de opresión para convertirse en refugio. La tierra de la que un día hubo que escapar es ahora la tierra que protege al Salvador. Los padres de la Iglesia vieron en ello una profunda paradoja teológica. Allí donde el faraón había perseguido al pueblo de Israel, otra familia encuentra amparo. La geografía de la Biblia se convierte así en una geografía de la reconciliación.