El cura de Alza la mirada: «Cantar ante el Papa fue un privilegio»

El cura de Alza la mirada: «Cantar ante el Papa fue un privilegio»

Jaime Salmoreno fue uno de los compositores del himno de la visita del Papa y está a punto de sacar nuevas canciones. «El Señor está tocando corazones con la música», dice

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El sacerdote y compositor Jaime Salmoreno. Foto: Treintay3.
El sacerdote y compositor Jaime Salmoreno. Foto: Treintay3.

Sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares y cantante y compositor de pop cristiano, Jaime Salmoreno sorprendió a todos en la vigilia de oración con el Papa con su voz en el himno Alza la mirada. El próximo lunes presenta en Madrid su nuevo single, en inglés y en español, All is yours now/Todo tuyo

—Jaime, muchos te hemos descubierto estos días durante la visita del Papa, cantando en varias ocasiones el himno Alza la mirada. ¿Dónde estabas hasta este momento? 

—Pues en mi parroquia [risas]. Llevo cantando toda la vida y expresarme musicalmente siempre ha formado parte de mí. Es un lenguaje que el Señor me ha dado y que he utilizado para expresar mis sentimientos, mis convicciones y también todo lo que iba sucediendo en mi vida: mi conversión, mi acercamiento a Dios, mis dificultades y mis contradicciones. Todo eso lo he ido plasmando en música desde los 15 años, cuando mi madre me regaló una guitarra y cometió ese grave error [risas]. Desde entonces he seguido componiendo y grabando. De hecho, tengo música publicada en Spotify. Antes incluso de lanzar mis propios proyectos estuve en La Voz del Desierto, participando en sus dos primeros discos. 

—Además de la música, desarrollaste una carrera profesional como arquitecto. 

—Sí. Siempre he tenido muchas inquietudes y he querido hacerlo todo. Quise ser arquitecto y así sucedió. Tuve la suerte de que las cosas me fueron saliendo bien. Terminé la carrera y participé en un concurso que me abrió las puertas para trabajar en proyectos internacionales y mejorar mucho mi currículum. Luego me fui a Estados Unidos a probar suerte y me fue muy bien. Tenía 26 años y, aparentemente, todo iba como había soñado. 

León XIV pasa delante del grupo que cantaba el himno durante la vigilia. Foto: Gabriel González-Andrío.
León XIV pasa delante del grupo que cantaba el himno durante la vigilia. Foto: Gabriel González-Andrío.

Tú aún no eras sacerdote. 

—No, todavía no. Era simplemente un joven con muchos deseos y muchas aspiraciones. Y Dios me fue concediendo prácticamente todo aquello que quería. Pero, al mismo tiempo, me dio una sed mucho más grande. Cada vez que alcanzaba un objetivo me daba cuenta de que aquello no llenaba el deseo profundo que llevaba dentro. 

—¿Cuándo empezó a cambiar todo? 

—Hubo varios momentos importantes, pero uno fue decisivo. Yo cantaba los domingos en un coro en una iglesia de Nueva York. Un jueves asistí a misa allí. Era una iglesia inmensa, neogótica, y apenas estábamos cuatro personas: un homeless, una mujer muy mayor con respirador acompañada por su cuidadora filipina, el sacerdote —que además era alemán— y yo, que también era extranjero. 

Yo, unos días antes, había estado en una fiesta en una de las torres más exclusivas de Manhattan. Recuerdo pensar: «No se puede llegar más alto». Tenía un gran trabajo y una vida aparentemente perfecta. Sin embargo, al volver a casa sentía un vacío enorme. Me lo había pasado bien, pero sabía que aquello no era mi vida. 

—¿Y qué ocurrió en aquella misa? 

—Durante el momento de la paz miré al sagrario. Lo tenía justo delante. Y ahí sentí con mucha claridad que aquel era mi hogar, que prefería estar allí antes que en cualquier fiesta o en cualquier lugar de éxito. Fue como si el Señor recalibrara la brújula de mi corazón. Comprendí que aquello que realmente necesitaba estaba allí. 

A partir de ahí todo empezó a tomar forma. Volví a España y entré en el seminario. Comprendí que aquello era precisamente lo que más profundamente deseaba mi corazón. Pero fue difícil, encontré dificultades. Cuando finalmente cedí a su propuesta encontré una paz y una plenitud que no había encontrado en ningún otro lugar. Me ordené sacerdote el 28 de junio de 2014. 

—¿Qué pasó con la música durante esos años? 

—Nunca dejé de componer, siempre de manera amateur. Durante años continué escribiendo canciones y grabando música sin ninguna pretensión profesional. Pero en una peregrinación con mi parroquia a Fátima vimos a un chico cantar en un mirador precioso junto al mar. Le pregunté si podía cantar con él y cantamos varios temas, pero alguien me grabó y ese vídeo se hizo viral. Le acabó llegando a un productor de Mediaset que me buscó y me ofreció ayudarme a desarrollar una carrera musical. 

—¿Qué sucedió después? 

—Me hicieron una propuesta muy seria pero yo, sinceramente, pensaba que aquello no iba a salir adelante. Ya me habían llamado varias veces para participar en La Voz y siempre había rechazado la propuesta porque no encajaba con mi forma de vida. Con mi director espiritual tenía hablado ya que siguiera componiendo pero que no buscara promocionarme. En este caso me aconsejó que lo consultara con mi obispo, y este me pidió que les solicitara una propuesta formal por escrito y que la estudiaríamos. Después de varios meses de conversaciones, me dijo que podía firmar. Coincidió que conocí al productor Pablo Cebrián, que entonces estaba viviendo una profunda conversión, y así fue surgiendo todo. 

—Y llegó el himno Alza la mirada. 

—Nos juntamos varios músicos, de Hakuna, de Tuyo, Marcos Ripoll, Javi Caño, Toño Casado… Empezamos rezando durante una hora y luego nos pusimos a componer, cada uno aportando ideas. Fue un proceso muy bonito y un privilegio que pudimos presentar al Papa en la vigilia ante tanta gente. 

—Quería preguntarte por la relación entre la música, la evangelización y la fe. En los últimos años estamos viendo un fenómeno creciente, no sólo con artistas o grupos que publican discos, sino también con música de alabanza en tantas parroquias. ¿Por qué crees que está sucediendo esto? ¿Qué espera Dios de este fenómeno y cómo puede utilizarse bien? 

—Yo creo que es algo que está sucediendo de una forma muy natural, sin planificación. Y eso es importante, porque permite que sea Dios quien conduzca el proceso de evangelización y no nuestros propios proyectos, por muy bien intencionados que sean. 

Lo veo en mí mismo. Yo no tengo ningún plan de evangelización a través de la música. Simplemente vivo una realidad, comparto lo que vivo y expongo mi vida. Comparto mis canciones, y lo que el Señor quiera hacer con ellas ya es cosa suya. Si quiere que lleguen a alguien, llegarán; y si no, también estará bien. Eso le corresponde a Él. 

Creo que es lo que ha ocurrido con iniciativas como Hakuna o con canciones como Tú, el Único Rey. Nadie podía imaginar que una composición nacida en un contexto concreto acabaría convirtiéndose, de alguna manera, en el Cantemos al Amor de los Amores del siglo XXI. Son canciones que nacieron de forma sencilla y que el Señor ha ido haciendo crecer, tocando corazones y uniendo a muchas personas a través de ellas. 

—Entonces, ¿ves detrás de todo esto una acción especial de Dios para esta generación? 

—Sí. Creo que el Señor lo está propiciando especialmente en una generación que quizá está cansada de tantas propuestas, de tantas ofertas y de tantos estímulos. Vivimos rodeados de mensajes, de reclamos y de posibilidades. Y llega un momento en que, en medio de tantos neones, la luz verdadera termina brillando con más fuerza. Creo que algo de eso está pasando también con la música vinculada a la fe.