El fruto escondido
Somos seres en relación y que el corazón del ser humano tiene un anhelo de eternidad ya no lo discute nadie que tenga el alma en su sitio. Porque somos en diálogo y porque, fruto de ese proceso, aspiramos a vivir para siempre, la presencia de León XIV en nuestro país está transformando las inercias nihilistas que todavía pudieran quedar en nuestras calles. También fuera de los focos, el viaje apostólico del Santo Padre está dejando encuentros que transforman vidas
Cuerpos frágiles, sillas de ruedas, manos abiertas, un parche, sombra, silencio. No todo en el viaje del Papa está sucediendo entre multitudes. La escena tiene algo profundamente evangélico: un grupo de personas heridas bajo la sombra de unos árboles, cerrando los ojos junto al Papa para poder alzar la mirada a quien todo lo puede. Nadie necesita demostrar fortaleza.
Y sin embargo, allí sucede algo.
El viaje del Santo Padre cabe en muchas palabras, pero hay una que las encierra a todas: encuentro. Que somos seres en relación y que el corazón del ser humano tiene un anhelo de eternidad ya no lo discute nadie que tenga el alma en su sitio. Y por ello, porque somos en diálogo y porque, fruto de ese proceso, aspiramos a vivir para siempre, la presencia de León XIV en nuestro país está transformando de un modo evidente las inercias nihilistas que todavía pudieran quedar en nuestras calles.
El Papa ha venido al encuentro con los pobres, los enfermos, los deportistas y los artistas; los políticos, los fieles, los que no creen, los que protestan y los que miran de reojo. La mayoría ha respondido a esa llamada con un sí porque, en el fondo, la necesitábamos, de una u otra manera. Como ha descrito con precisión Ángel Barahona, «buscamos la relación como una necesidad antropológica constitutiva, pero no sabemos gestionarla sin contaminarla de egoísmos, temores infundados y, sobre todo, rivalidad». La famosa polarización que el Papa, constructor de puentes, ha venido a combatir.
Y entre los muchos encuentros que estamos viviendo estos días destaca el que mantuvo León XIV el sábado con un grupo de enfermos y personas con discapacidad acompañadas por entidades de la Iglesia. Fue una de esas reuniones privadas que también son importantes en un viaje apostólico. Privadas, que no escondidas ni secretas. En esos rostros dolientes, imperfectos y envejecidos reside una belleza singular. Ellos son reflejo del amor de Dios y por eso la Iglesia los pone en el centro.
Tampoco fue el acto más mediático de la agenda la reunión que mantuvo el domingo con la comunidad agustina. A sus hermanos de congregación los exhortó a mantener una unidad que puede «servir de mensaje al mundo en este momento de la historia».
Y curiosamente, el artista de moda que acumula premios y casitas, Bad Bunny, fue también protagonista de uno de esos encuentros privados que han marcado el viaje del Papa. Se vieron en el Bernabéu, pero, por una vez, el artista no fue el protagonista. Quizá porque quien fue a ver a León XIV fue en realidad Benito Antonio Martínez Ocasio, la persona detrás de una fama que a buen seguro no debe de ser suficiente.
También fuera de los focos, el viaje apostólico del Santo Padre está dejando encuentros que transforman vidas. Y ese fruto escondido lo veremos hoy, pero nos deslumbrará mañana.