«Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona»
El Papa ha centrado su histórico discurso en el Congreso de los Diputados en la defensa integral de la vida y ha instado al diálogo nacional. «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario», ha señalado
En la España en la que dentro de unos días se cumplirá un lustro desde que se aprobó la Eutanasia, y que permitió que hace tres meses se ayudara a morir a Noelia —la joven que denunció ser violada cuando se encontraba en un centro de menores y que luego se intentó suicidar—, el Papa ha reivindicado «el servicio a la persona humana» en la sede de la soberanía nacional.
Con su discurso, pronunciado después de encontrarse esta mañana con el presidente del Gobierno, León XIV se convierte en el primer Pontífice que interviene en el Congreso de los Diputados en la historia del país, «un gesto de cercanía hacia España», ha reconocido el Pontífice, «en el marco de la mutua cooperación», ha dicho al comienzo de su intervención. Algunos expertos, de hecho, han interpretado el discurso como «un reconocimiento por parte del Santo Padre a la posición en contra de la guerra que está liderando» el Ejecutivo de Pedro Sánchez, aseguró el vicedecano de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid a Alfa y Omega.
La dicotomía eutanasia-no violencia, que no soporta un análisis riguroso basado en el principio de no contradicción, se exacerba ante el debate programado para el próximo jueves. En el mismo lugar en el que el Papa ha reflexionado sobre «la concepción de la persona humana» que «inspira las leyes», y sobre el «tipo de sociedad» que «construye esas [mismas] leyes», los parlamentarios debatirán este jueves una ley para reducir los plazos en la tramitación judicial de los recursos contra estos procedimientos.
En este contexto, León XIV ha llamado al poder legislativo a volver a sus orígenes y poner a la persona en el centro. «España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político». De hecho, «lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa».
Pero no siempre fue así. «Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana», ha reconocido el Pontífice, al mismo tiempo que ha subrayado que «la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes». Y ha añadido: «Ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común».
Defensa de la vida
Como primer punto de este discernimiento, el Santo Padre ha aseverado que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana». El derecho a la vida. «Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo».
Sin embargo, «si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades?», se ha preguntado el Papa, cuyo discurso ha sido escuchado en completo silencio por los diputados y senadores. «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?». Al respecto, el Pontífice ha afirmado que «la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización».
En este sentido, ha instado a que «toda vida humana» sea «reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». «Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona». Por eso, «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».
Drama migratorio
En línea con lo que la Conferencia Episcopal Española viene defendiendo en los últimos años, que habla de una defensa de la vida integral, desde la concepción hasta la muerte natural, y por tanto una defensa también de las condiciones de vida de los migrantes, el Santo Padre ha subrayado que «la afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro».
En concreto, «el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional». Numerosos hombres, mujeres y niños «se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos».
Para León XIV, esta realidad «rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica». Y ha añadido: «Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos».

En este punto, de nuevo, el Santo Padre ha vuelto a poner en el centro a la persona. De hecho, ha afirmado que ante la situación de los migrantes y refugiados hace falta «una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos».
El Papa incluso se ha aventurado a ofrecer una hoja de ruta. Ha propuesto un doble camino, basado en la justicia social. Por un lado, hay que «ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración»; y, al mismo tiempo, «promover el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática.
Se trata de una propuesta totalmente alineada con el proyecto Hospitalidad Atlántica, de la Conferencia Episcopal Española, que combina la acogida y la integración con los migrantes que llegan y tiene intervenciones en los países de origen para garantizar el derecho de los jóvenes a no migrar.
Por último, el Papa ha denunciado a los «traficantes y contrabandistas» y ha pedido colaboración global para afrontar la situación.
Familia y educación
Antes de hablar de las migraciones, el Pontífice ha recordado a los congresistas y senadores la «particular importancia» de la familia, «Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones». Porque «la familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».
Y de la familia a la educación, porque las instituciones educativas ocupan, según León XIV, un lugar decisivo en esta tarea de búsqueda de la verdad, del sentido de la vida y de la dignidad de cada persona. «Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación».
No obstante, las autoridades educativas han de «respetar siempre el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas».
Liberad religiosa, un derecho fundamental
Junto la libertad educativa, el Papa también ha instado a que se respete la «libertad de pensamiento, de conciencia y de religión», que es un «derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas». De hecho, «la libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe».
Por eso, «toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida».
Sigilo sacramental
En este punto, el Papa ha hablado de respetar el sigilo sacramental. Con esta alusión, el Santo Padre no está pensando en el contexto español, donde no hay un debate al respecto, sino en la lectura más global que se va a hacer de este viaje, y en concreto de este discurso. Es el primer viaje del Papa a un gran país europeo y, además, próximamente, visitará Francia. Allí el Parlamento sí ha debatido sobre esta cuestión. Incluso se ha presentado una ley para limitarlo, junto a otras libertades, aunque finalmente fue eliminado el punto que afectaba al sigilo sacramental.
«La legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública», ha comenzado diciendo el Pontífice.
En este contexto, «el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna». Por eso, «tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales».
No al rearme
En su extenso e histórico discurso, el Santo Padre ha querido también hablar de la paz frente a la violencia, la polarización y desconfianza recíprocas. Su intervención se ha dirigido más al «plano internacional», ha reconocido, donde «la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional.
Asimismo, se ha posicionado contra el rearme, porque «las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera». La verdadera seguridad, en cambio, «nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra».
Descalificación del adversario
A nivel interno, el Pontífice ha calificado de «urgente» el hecho de «construir una cultura de la reciprocidad». Tener en cuenta al otro. En este punto, ha dado un tirón de orejas a quienes hoy estaban presentes en el Congreso de los Diputados, a quienes ha dicho que «la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario».
Es más, «en una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».
También es valioso el poder del lenguaje. «Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje».
Regeneración moral
Por último, el Santo Padre ha pedido a sus señorías «recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera». Asimismo, ha indicado que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía».
Antes de que los presentes despidieran al Papa León XIV con 10 minutos de aplausos ininterrumpidos, ha invitado a todos a «alzar la mirada», pero «no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral».