Que haya gente que se hechice de Dios - Alfa y Omega

Dios hechiza, y la misión de la Iglesia es que ese hechizo cautive a mucha gente. Las palabras con las que Antonio Banderas acababa su sentida intervención en el Encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, la educación, la empresa y el deporte» realizado en el Movistar Arena: «estoy hoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios», es una prueba de que ese hechizo habita el corazón de las personas.

Ayudar a hechizarse

El desafío es hacer como Iglesia lo necesario para que cada vez haya más gente que se hechice de Dios. Se hace en el día a día, pero también ayuda lo vivido en este segundo día de la visita del papa León XIV a Madrid. La Iglesia ayuda a hechizarse de Dios cuando «se convierte en casa abierta», como decía el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, al inicio de la celebración de Corpus Christi.

Cuando, recordaba el purpurado, la Iglesia siente la llamada a «servir a los más pequeños», cuando aprende que «no está llamada a levantar muros, sino a abrir puertas y a avivar el fuego del Espíritu en medio de la ciudad», cuando es enviada a «construir una sociedad más fraterna, donde nadie quede invisible y donde el pan llegue a todos».

Se trata, como decía el Santo Padre a la multitud reunida en el entorno de la Plaza de Cibeles, de más allá «de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético», mostrar al Señor Resucitado «en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida». Un hechizo que aparece cuando hacemos ver que «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana».

Un Dios cercano

Cuando como Iglesia mostramos al «Dios cercano que camina con su pueblo», y es «consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre», ahí ayudamos a hacer realidad el hechizo de Dios. Encarnado en Cristo, Dios hechiza porque «se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados», es decir, cuando se arrodilla «ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano».

Ayudamos como Iglesia a que el hechizo de Dios crezca cuando nos «comprometernos personalmente en la construcción del bien común». Cuando desde la Eucaristía nos convertimos en «protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos».

Salir de nosotros mismos

Un hechizo de Dios para el que es necesario, decía Cobo, ya en el Movistar Arena, «salir de nosotros mismos e intentar hacer un mundo mejor, más justo y bello», cuando sabemos «buscar respuestas juntos», unir fragmentos dispersos de la realidad para devolver la luz a la humanidad. Un ejercicio necesario es mirar «siempre la dignidad de cada persona, la justicia que no excluye, la fraternidad que persevera».

Y es que, a lo largo de la historia, como reconocía Antonio Banderas, la Iglesia ha promovido una determinante relación con el arte, de muchos modos, también con encuentros «de escucha, de cercanía, de diálogo con la sociedad civil». Cuando se hace ver la necesidad de no pasar de largo ante el prójimo herido, de denunciar credos vacíos que olvidaron el amor, cuando alerta que no podemos acostumbrarnos a la injusticia, cuando es alternativa contra la violencia y el sufrimiento, eso debe haber ayudado al actor malagueño a hechizarse de Dios.

Custodiar el alma

Se trata, decía León XIV en el encuentro vespertino, de preguntarse por la herencia y tipo de comunidad que estamos construyendo, de descubrir que «necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera». Así haremos que las personas se hechicen de Dios, en especial cuando la Iglesia «anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo», y «propone caminos para una vida digna y el bien común». Cuando «la Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano», lo que demanda diálogo.

Es necesario, decía el pontífice, cuidar el lenguaje y trabajar en red, respetar «la inalienable dignidad humana», crear juntos, en todos los ámbitos de la vida. Pero también «servir de modo desinteresado», y así ayudar a que la eternidad «pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano». Del mismo modo, ayudamos a hechizarse de Dios cuando nos dejamos interpelar por el grito de los pobres y ponemos el bien común como aquello que «apacigua la codicia de unos y nutre la esperanza de otros, mientras anhela salvarlos a todos».

Para ayudar a hechizarse de Dios, promovamos como Iglesia, siguiendo lo vivido en el deporte, «el respeto por el adversario» aprender «a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer». Todo ello sin miedo de «tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida». Hagamos lo necesario para que se haga realidad el hechizo y no dejemos que nunca muera.