1 de julio: san Oliver Plunket, el obispo que fue al martirio «feliz, como si fuera a una boda»
Escapó de las guerras en Irlanda y de los corsarios para poder ser ordenado sacerdote en Roma. Volvió a su país para evangelizar once diócesis, antes de ser martirizado en Londres
Oliver Plunkett nació al noreste de Irlanda, el 1 de noviembre de 1625. Su padre, John, era barón de Loughcrew, y su familia mantenía excelentes relaciones con muchas otras familias prominentes de la época. Su educación fue confiada a su primo Patrick Plunkett, párroco de Santa María, en Dublín. No era la única conexión del niño con la Iglesia, ya que otro tío suyo sería más adelante obispo de Ardagh y de Meath.
La vida de Plunkett se desarrolló en el contexto de las llamadas Guerras confederadas irlandesas, un conflicto que enfrentó a los nativos irlandeses católicos contra los colonos ingleses de religión protestante. Debido a ello no pudo estudiar para ser sacerdote en su país, por lo que fue elegido junto a otros cuatro jóvenes para asistir al Colegio Irlandés en Roma. Cuando zarparon de su patria a principios de 1647 no sabían que les esperaban por delante tres meses de sobresaltos y aventuras.
Ya en el mar fueron perseguidos por dos barcos de corsarios ingleses, por lo que los jóvenes se pusieron a rezar y prometieron peregrinar a Asís si salían con vida. De repente, se desató sobre las aguas una potente tormenta, tras la cual los piratas habían desaparecido del horizonte. No acabó ahí la cosa, porque al desembarcar en Ostende fueron asaltados por unos ladrones que los dejaron sin dinero. Afortunadamente respetaron sus vidas y los dejaron partir a pie hasta Roma, pasando por supuesto por Asís para cumplir su voto.
Los cuatro llegaron a la Ciudad Eterna en mayo de 1647 para iniciar su formación. Plunkett fue ordenado sacerdote en enero de 1654. Su objetivo era volver a su país para poder desarrollar allí su ministerio, pero en ese momento la persecución contra los católicos estaba desatada y sus superiores decidieron que completara en Roma su formación. Lo hizo en la Universidad de La Sapienza, mientras prestaba al mismo tiempo sus servicios como capellán y enfermero en el Hospital del Santo Spirito, donde aseaba él mismo a los enfermos.
Su sueño se hizo realidad en 1669, cuando amainó la persecución en su país. Fue el mismo Papa Clemente IX el que tomó la iniciativa, enviándolo como misionero a su propia patria como obispo de Armagh. Llegó unos meses después con peluca, espada y un par de pistolas, disfrazado como un soldado inglés, para no levantar suspicacias entre los ingleses ni desatar una imprudente euforia entre los suyos.
Poco a poco fue abandonando esas cautelas y, durante los siguientes tres años, aprovechó la tolerancia inglesa hacia los católicos para viajar a caballo no solo por su diócesis, sino por otras diez que en ese momento estaban sin pastor. En ese tiempo ordenó a 200 sacerdotes y administró la Confirmación a casi 50.000 personas, en celebraciones que muchas veces tenían lugar al aire libre, debido a que el acceso a los templos estaba muy restringido.
Pero ese período feliz acabó pronto. Hacia finales de 1673, la tolerancia hacia la religión católica fue nuevamente retirada y se ordenó a los obispos abandonar el país. «No abandonaremos a nuestros rebaños a menos que nos veamos obligados a hacerlo; primero probaremos las prisiones y otros tormentos. Ya hemos sufrido mucho en las montañas, en cabañas y cuevas y nos hemos acostumbrado a sufrir», escribió a sus amigos en una carta.
Fue detenido en diciembre de 1679, acusado de conspirar contra el rey de Inglaterra y de planear el despliegue de una fuerza francesa en su país. Le llevaron a Londres, donde se preparó para la muerte orando y ayunando tres veces por semana. En el juicio declararon testigos falsos que solo tenían como objeto justificar una sentencia ya redactada de antemano: «Serás arrastrado por la ciudad de Londres hasta Tyburn, allí serás colgado del cuello pero descolgado antes de morir, tus entrañas serán extraídas y quemadas delante de tu cara, tu cabeza será cortada y tu cuerpo dividido en cuatro partes», le comunicó el juez. Pero Plunkett respondió impasible: «Deo gratias». Los que le vieron morir, el 1 de julio de 1681, contaron que el obispo de Irlanda iba al martirio «feliz, despreocupado como si fuera a una boda».