«Sin amar, no es posible ser pastor», recuerda el cardenal José Cobo en la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote en las Oblatas en la víspera del centenario de ordenación sacerdotal de monseñor José María García Lahiguera
La Iglesia de Madrid se ha reunido este jueves 28 de mayo de 2026 para celebrar la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Los presbíteros, diáconos, seminaristas y laicos de la diócesis, junto con su arzobispo, cardenal José Cobo, acompañado del nuncio apostólico en Venezuela, monseñor Alberto Ortega Martín, el obispo de Raleigh (Estados Unidos), monseñor Luis Rafael Zarama Pasqualetto, y el obispo emérito de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, se encontraron «en un lugar profundamente querido para muchos, porque está lleno de memoria, de oración y de entrega», como decía el cardenal José Cobo.
Lugar de apuestas por la vida de la Iglesia
Y es que en las Oblatas de Cristo Sacerdote cobra sentido las palabras del salmo proclamado en la Eucaristía: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Un lugar con raíces «llenas de ilusión, de entregas y de apuestas por la vida de la Iglesia», recordó el cardenal Cobo, profundamente unido a la figura de su fundador, quien fue obispo auxiliar de Madrid, José María García Lahiguera, y descansa en este lugar. Un espacio «que sigue sosteniendo con la oración y la ofrenda la vida de tantos sacerdotes de Madrid», afirmó.

El arzobispo recordó que se cumple el centenario de la ordenación sacerdotal de García Lahiguera, en cuya figura trasluce que «el sacerdote no se sostiene solo por la eficacia pastoral, ni por las capacidades personales, ni siquiera únicamente por el esfuerzo. El sacerdote se sostiene cuando vive unido a Cristo y cuando aprende a vivir en clave de ofrenda», cuando está unido a vid, cuando ama, pues «sin amar, no es posible ser pastor; sin permanecer en el amor no se imita al Buen Pastor que, amando hasta el extremo, da la vida por sus ovejas, y así es constituido sacerdote, víctima y altar».
Una comunidad religiosa que nació para animar el corazón espiritual del sacerdote, pues como repetía García Lahiguera, el sacerdote debía ser «otro Cristo ofrecido por los hombres y para los hombres». Con ello resaltaba el necesario deseo de Dios en la vida del sacerdote, pues de lo contrario «el ministerio se vacía lentamente por dentro, aunque externamente todo siga funcionando», recordaba el cardenal, que se refería a la «mundaneidad espiritual», de la que hablaba el Papa Francisco.

Profunda amistad con el Señor
En un tiempo de mucho cansancio pastoral, llamó a los sacerdotes a «fortalecer su fragilidad, para sostener desde el corazón su vida sacerdotal». Lo hizo recordando la insistencia de García Lahiguera «en la vida interior, en la centralidad de la ofrenda de la vida, tal y como lo vivimos en la Eucaristía, y en la necesidad de cuidar espiritualmente al sacerdote». Alguien que llamaba a una profunda amistad con el Señor para sostener una vida entregada durante años.
El cardenal Cobo subrayó que el sacerdote no puede vivir aislado, pues en palabras de García Lahiguera, «un sacerdote solo se enfría; un sacerdote acompañado mantiene vivo el fuego de la vocación». Algo que conecta con CONVIVIUM, «una llamada a volver a descubrir que el sacerdocio se vive en relación», con Dios, con el pueblo de Dios y con los demás presbíteros. Algo que demanda «encontrarnos, rezar juntos, tomar las decisiones juntos, compartir heridas y esperanzas, aprender a caminar juntos». También cuidado integral del sacerdote, y así preservar, sanar, ayudar a crecer y madurar, abrir a la transcendencia y dar esperanza y plenitud.

Eso se fundamenta en la relación con Cristo y en la comunión presbiteral, como «un don de la gracia de la ordenación y va más allá de la tarea y el esfuerzo que cada uno tiene que realizar». Desde ahí entender, como se decía en CONVIVIUM, que «no somos la fuente, sino el cauce», que «el sacerdote no se anuncia a sí mismo. No vive para sí. No es propietario del pueblo de Dios. Es servidor de una gracia que le precede. Es servidor de esa agua viva que Jesús ofreció a la samaritana, imagen del hombre de hoy sediento de sentido». Algo que exige «humildad, escucha, paciencia, capacidad de caminar juntos y amistad sacerdotal».
Presbiterio unido, reconciliado y fraterno
Realidades en las que «está nuestra fuerza evangelizadora», pues «en una sociedad marcada por la fragmentación, la sospecha y el aislamiento, un presbiterio unido, reconciliado y fraterno se convierte en un signo profético y en una esperanza para el pueblo de Dios». Una idea inspirada en la llamada de Jesús a ser uno para que el mundo crea y en las palabras del papa León XIV, que cuestiona «¿Cómo podríamos nosotros, ministros, ser constructores de comunidades vivas, si no reinara ante todo entre nosotros una fraternidad efectiva y sincera?».
Se trata de volver a Cristo que «nos impulsa a vivir de forma renovada el sacerdocio, dentro de Pueblo de Dios y haciéndonos sus servidores», destacó el cardenal José Cobo. Es la actitud de Cristo Sacerdote, «que no domina, se entrega. No se impone, lava los pies». Una actitud que lleva a comprender «la realidad más profunda del sacerdocio: que nuestra vida solo se vuelve fecunda cuando se convierte en ofrenda».

Agradecimiento
El arzobispo de Madrid agradeció «por tantos sacerdotes que viven silenciosamente. Con fidelidad humilde, con entrega diaria, con misericordia, con cansancios también. Pero sosteniendo la vida de mucha gente y dejándose sostener la propia por sus hermanos sacerdotes y el mismo pueblo a quien sirve».
También mostró su gratitud por la comunidad de Oblatas, «que desde su entrega y ofrenda sostiene a la Iglesia y a la vida de los sacerdotes», por su forma silenciosa de sostener el corazón sacerdotal de la Iglesia, por su fidelidad, oración escondida, vidas acompañadas.
Un agradecimiento que extendió a García Lahiguera, «cuya vida sigue recordándonos que el sacerdocio solo tiene sentido cuando permanece unido a Cristo, vivido en fraternidad y entregado creativamente al pueblo de Dios», a quien pidió su intercesión para que «haga de nuestro presbiterio de Madrid una verdadera fraternidad y amistad, vivida sacerdotalmente, cercana, misionera y profundamente evangélica».