Tanto ama Dios al mundo: ¿dónde está el santuario de la salvación? - Alfa y Omega

Tanto ama Dios al mundo: ¿dónde está el santuario de la salvación?

Solemnidad de la Santísima Trinidad / Juan 3, 16-18

Lidia Troya
Vidriera de la Santísima Trinidad en la iglesia de San Patricio de Merlin, en Ontario (Canadá).
Vidriera de la Santísima Trinidad en la iglesia de San Patricio de Merlin, en Ontario (Canadá). Foto: Wikimedia Commons / Nheyob.

Evangelio: Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Comentario

El texto del Evangelio de este domingo nos sitúa ante uno de los elementos más altos de la teología joánica, condensando en apenas tres versículos toda la lógica del proyecto de Jesús. Sin embargo, quizás nos cueste encajar o hacer espacio a ese gran amor que Dios nos declara hoy; o mejor dicho, ese amor que Él es en su Hijo a través de su Espíritu y que habita en nuestros corazones.

¡Qué lío nos hacemos, en general, con los quereres y con las cosas del amor —humano y divino—! Y cuántas preguntas: ¿sentimos de verdad el amor de Dios en nuestra vida? ¿A dónde va el (des)amor? ¿Somos capaces de abrazar lo que somos? ¿Cómo sostener el querer cuando la realidad nos desborda o nos decepciona? ¿En qué consiste la salvación que el Amor nos aporta?

El núcleo de nuestra fe no es un dogma estático, sino una dinámica relacional. Creer en un Dios trinitario es descubrir que la esencia misma del amor es el encuentro de personas, la comunión. Y sabemos que el amor se opone a la violencia y al descuido, porque es siempre cuidadoso.

Por eso el texto evangélico arranca con una fuerza inaudita: «Tanto amó Dios al mundo…». No dice que amó solo a los piadosos, al estamento clerical, a las élites religiosas o a familias angelicales. Dios ama al mundo real, en toda su belleza y en toda su fragilidad y desorden; ese mismo mundo tan complejo como hermoso que la rigidez religiosa, a veces, vigila, juzga o castiga.

Al «entregar a su Hijo», Dios nos demuestra que su forma de cuidar no es dictar leyes desde la distancia aséptica de un trono, ni refugiarse en el rito, ni exigir una adoración de espaldas al mundo, sino bajarse a abrazar la realidad, metiéndose de lleno en el barro y en la carne herida de nuestra historia. Esta página nos devuelve la mirada original de Dios. El deseo del Padre es tajante: no ha enviado a su Hijo para juzgar o condenar, sino para que «el mundo se salve». Desde esta perspectiva, Dios es como el sol: un sol que solo sabe dar luz y calor, donde el juicio no es un castigo, sino la consecuencia automática de cerrarse a la corriente de la vida y negarse a recibir. La fe es, en última instancia, soltar el juicio —propio y ajeno— y el acto de dejarse alcanzar, permitiendo que la seguridad de ser amados llegue más hondo que cualquier sentimiento de culpabilidad o autorreproche. Creer en el Hijo es alinearse con la realidad de que ya somos habitados por el Amor absoluto.

Sin embargo, en la escucha atenta de personas que caminan heridas y que han experimentado el descuido, el dolor de la traición o del desamparo institucional, una comprende hasta qué punto la imagen y el amor de Dios pueden ser cruelmente distorsionados. Si la soledad te cerca o la violencia sufrida te ha apagado la luz, la fe no es una certeza luminosa y perenne, sino un chispazo en la noche. Y si ahora mismo no percibes ese abrazo divino, descansa en el afecto de quienes hoy te ofrecen su abrigo. Porque la salvación consiste también en eso: en dejarte sostener por el amor de los demás, porque ahí ya habita Dios.

Jesús es el hijo de lo humano y, desde ahí, nos muestra que la salvación acontece al ser en plenitud lo que somos, desplegando lo mejor de nosotros mismos. Su vida nos obliga a ampliar las fronteras y romper la línea que divide lo pretendidamente sagrado de lo falsamente profano, para llegar a descubrir —y proclamar— que en el mundo también hay salvación. Dios no compite con nuestra humanidad, sino que la habita y la lleva a su culmen. El verdadero santuario de Dios es la existencia humana y su empeño por florecer. En todo corazón roto, en toda mano que cuida, que construye y que busca el bien común, en todo deseo genuino de justicia y verdad, en la belleza que resiste en medio del desorden, en la mirada limpia, en el pan compartido y en el empeño callado por sostener la vida, está latiendo desde siempre el misterio del Amor.