El cardenal Cobo invita a «alzar la mirada, como san Isidro cada mañana»
El arzobispo de Madrid preside la fiesta del patrono de la diócesis en la Colegiata de San Isidro. «Fue corazón incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno», ha dicho
La Colegiata de San Isidro, que conserva el cuerpo incorrupto del patrono de Madrid, acogió este viernes la misa solemne de su fiesta, presidida por el cardenal José Cobo. Ha sido una celebración con gran participación, en la que el cardenal Cobo invitaba a recordar la singularidad de san Isidro. En palabras del arzobispo, estamos ante «un hombre humilde, sencillo, quizá venido de lejos, y casi invisible para los poderosos de su tiempo, que ha terminado ocupando el corazón espiritual de Madrid, ciudad de emperadores, artistas y genios». Algo que pone de manifiesto el actuar de Dios que pone al último en el primer lugar, y «así nos dice por dónde encontrarlo», informa Archimadrid.
Se trata de un santo que «sigue hablando hoy a quien, como nos dirá el Papa León, alza la mirada y se atreve a ver más allá de los agobios y problemas de cada día». Comentando las lecturas del día, «la misma Palabra de Dios que iluminó la vida del santo», hizo ver que estamos ante «la misma Palabra que sigue siendo capaz de tocar el corazón de esta ciudad y de cada uno de nosotros».

Del pasaje del capítulo 4 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, el cardenal arzobispo de Madrid resaltó que nos presenta un ideal que hoy parece casi imposible, tener un solo corazón y una sola alma, y que nadie pasaba necesidad. Palabras que deben llevarnos a reconocer que «vivimos tiempos de polarización, de sospecha, de descalificación rápida del que piensa distinto». Frente a ello, el Evangelio, que «no describe una utopía ingenua», llama a descubrir lo verdaderamente lo esencial.
Es posible vivir unidos
Lo revolucionario del Evangelio, subrayó el cardenal Cobo, es que «es posible vivir unidos», un remedio frente a la «gran desvinculación» y la «sociedad del desasosiego», que describen los informes Foessa de Cáritas. Por ello, no dudó en afirmar que «es posible construir comunidad. Es posible una sociedad donde nadie quede tirado en la cuneta», algo que hizo san Isidro, que definió como instrumento de Dios para que suceda.
Desde Cristo, el centro que nos une, y el Espíritu Santo que nos conduce, con el impulso del Evangelio, llamó a «encontrarnos también con tantos hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por el bien común, por la justicia y por el cuidado de los más vulnerables». En ese sentido, considera decisivo en el cristianismo la urgencia de «vivir vinculados a Dios, a la familia, a los vecinos, a la creación».
La gran lección de san Isidro es unir «una confianza inmensa en la providencia de Dios con una vida concreta de cuidado cotidiano», de su mujer, santa María de la Cabeza, de su hijo Illán, de la tierra que trabajaba, de los pobres, peregrinos y necesitados. Un ejemplo de que «la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo de otra manera». Un hombre cuyos milagros, entre ellos el del granero que volvía a llenarse cuando daba trigo en tiempo de hambre, muestran «un corazón incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno». Algo que hace ver que «el amor cuando permanece unido a Dios multiplica lo poco y convierte la escasez en esperanza».
El cardenal señalo que lo que crea comunidad y sostiene silenciosamente la vida de Madrid a través de tantos cristianos sin hacer ruido, es «abrir las puertas, cuidarnos, vincularnos unos a otros». Desde ahí hizo ver que Jesús promueve la unidad, no quiere grupos cerrados y sí que «quienes viven de su savia sean semilla de reconciliación para todos». Algo que aparece en el texto de la vid y los sarmientos, donde Jesús hace ver que «Mi vida circula por vosotros». Algo que «cambia completamente la perspectiva».
Beber de la misma fuente
Una unidad que «no nace de un esfuerzo artificial por llevarnos bien. Nace de beber de la misma fuente». En ese sentido, ve el «permanecer en Dios», como una experiencia en la vida de los santos, también en san Isidro. En ese sentido, señaló el que «todos estaban arraigados en lo fundamental», como aquello que lleva a superar los conflictos en la primera Iglesia. Cristo tenía la última palabra, una dinámica que llamó a redescubrir y renovar. De hecho, «muchas divisiones y tensiones nacen de haber perdido el centro», lo que convierte la vida en un campo de batalla.
«Cuando vivimos unidos a la vid, el fruto aparece», afirmó. Eso se contrapone a la búsqueda del éxito, el prestigio, el imponerse sobre otros. Los frutos de eso son, en palabras del arzobispo, la paz, la paciencia, la humildad para reconocer errores, la capacidad de perdonar, la valentía de reconstruir puentes, la fuerza serena de volver a empezar. Para ello llamó a volver a la raíz, a san Isidro, «y presentar tantas vidas que ayudan a que esto suceda».
Coherencia profunda y silenciosa
No estamos ante un santo mediático, con gran protagonismo, sino que «fue un hombre de unidad y coherencia profunda y silenciosa», que desde el permanecer en Dios vivía todo lo demás: el trabajo, la familia, el ser buen vecino, el cuidado de la gente. Antes que resolver los problemas, Jesús nos pide: «permaneced en mí», afirmó el cardenal Cobo. Por ello, para la savia circular y brotar la vida, llamó a volver a Él, que su Palabra nos purifique y vivir de verdad la Eucaristía y la reconciliación. No provocará cambios espectaculares, sino «corazones transformados capaces de transformar también la realidad».
Para ello invitó a pedir junto a San Isidro: «Señor, ayúdame a permanecer en Ti». Frente al exigir unanimidad, construir unidad desde dentro, no dejar que las heridas tengan la última palabra. Buscar el diálogo, la paz y a la reconciliación, y en vista de preparar la visita del Papa León XIV, levantar la mirada y rebajar el ruido, «reunirnos alrededor de Cristo para acoger al sucesor de Pedro». Se trata de «alzar la mirada, como Isidro cada mañana», a quien pidió su intercesión por la Villa de Madrid y «especialmente por quienes peor lo están pasando».
Que San Isidro «nos enseñe a permanecer en Cristo, nos ayude a reencontrarnos como hermanos y haga de nuestra comunidad un signo de unidad y de Madrid una ciudad de acogida, diversidad y hospitalidad». Y que nos recuerde que «la verdadera fuerza está en permanecer unidos a Cristo. Porque solo así daremos fruto. Y solo así ese fruto permanecerá».