La vida en un centro para mujeres sin hogar, contada por sus protagonistas - Alfa y Omega

La vida en un centro para mujeres sin hogar, contada por sus protagonistas

La autora, periodista ucraniana, comparte su experiencia en un centro para personas sin hogar en Madrid. Entre historias duras, prevalece la amistad: «Aquí no estás sola»

Olha Kosova
Marcha del Día de las Personas Sin Hogar, el 23 de octubre de 2025.
Marcha del Día de las Personas Sin Hogar, el 23 de octubre de 2025. Foto: Cáritas Madrid.

«Llamamos a este lugar el paraíso», me dice Trixia en uno de nuestros primeros días en el centro de noche para mujeres de CEDIA 24 Horas, el proyecto para personas sin hogar de Cáritas diocesana de Madrid cuyo centro para hombres visitará el Papa el 6 de junio. Tiene alrededor de 50 años y es cubana. «Dan tan bien de comer que podría vivir aquí para siempre». Cada tarde sale a fumar y me da consejos para sobrevivir en la calle. «La mejor opción es la línea 6 de metro; nunca se detiene. Puedes dormir tranquilamente», continúa. Luego suelta un par de bromas, me enseña su TikTok y se queja de su exmarido. Yo, mientras, inhalo con avidez el humo de sus cigarrillos; me asaltan recuerdos del frente, en Ucrania, y pienso en Madrid. Quizá la culpa la tenga el cansancio acumulado, ese insomnio crónico. En nuestro paraíso todo está bien, excepto el sueño: no todos logran adaptarse al horario de 23:00 a 7:00 horas.

La primera noche en la calle obliga a mirar de otra manera una ciudad que alguna vez estuvo iluminada por las luces de las discotecas, las bibliotecas y las ideas libres. De repente se vuelve ajena y fría. Las calles que antes parecían llenas de escaparates encendidos, olor a pan de masa madre y sabor a primeros besos esconden ahora un peligro tangible. La lluvia deja de parecer una aventura romántica: cala hasta los huesos. Entre tú y los demás surge de pronto una barrera invisible; en este mundo te conviertes en espectadora de vidas ajenas.

«Miedo», me dice Álex. Hablamos sentados en unas escaleras de Moncloa. Le gustan los libros de psicología y desarrollo personal, y de vez en cuando me reprocha el caos de mis preguntas y mi postura encogida por el frío. Tiene 30 años, es de Perú y llegó a España hace unos dos en busca de una vida mejor. «Lo que sentía era miedo», repite mientras vuelve a dar una calada al cigarrillo con una expresión indiferente. Pasó un año entero en la calle y, durante ese tiempo, consiguió matar dentro de sí, junto con el miedo, casi todas las demás emociones. Las promesas incumplidas de familiares y amigos que le ofrecían refugio, los empleadores deshonestos que nunca le pagaron y su obstinación por perseguir el gran sueño español lo llevaron primero al aeropuerto y después a Gran Vía.

Nunca había sentido tanto miedo como en el aeropuerto. Tampoco había llorado ni rezado tanto. Recuerda pedirle a Dios una salida. Quizá como respuesta, fue encontrando personas que le enseñaron a sobrevivir. Intentaba mantener la higiene, secar la ropa en lavanderías, llenar botellas de agua para improvisar una ducha. Ahora el trauma se manifiesta en su pasión por coleccionar perfumes, y en esa apariencia sin emociones.

Gladys se vino de Perú para estar con su hijo cuando este se quedó sin hogar.
Gladys se vino de Perú para estar con su hijo cuando este se quedó sin hogar. Foto: Olha Kosova.

Mientras tanto, a miles de kilómetros, rezaba su madre, Gladys. Al final, el amor la obligó a cruzar el océano: viajó hasta España para vivir en la calle junto a él. Recorrió la distancia entre Perú y España, y también la distancia respecto a generaciones enteras de hombres abusivos. Siempre tiene lágrimas en los ojos cuando habla de los hijos que dejó con su exmarido, pero se convence de que está aquí por el futuro de ellos.

Cuando la miro recuerdo mis conversaciones nocturnas con Felipe, trabajador de CEDIA, documentalista e historiador apasionado por la política y las guerras. Una de aquellas noches de insomnio hablábamos sobre cómo, para muchos inmigrantes, terminar en la calle y luego volver a casa se siente como un doble fracaso. Sentado en el suelo, me hablaba de la importancia de la figura materna en la cultura latinoamericana.

Espacio para llorar sin promesas vacías

Felipe, un trabajador, dice que, a pesar de todos sus esfuerzos, en CEDIA solo pueden ofrecer apoyo. Un apoyo que no consiste únicamente en ayuda psicológica o económica, sino en un espacio para llorar sin promesas vacías de que todo saldrá bien. Conversaciones a cualquier hora, sonrisas, algún empujón cariñoso y la búsqueda de una salida incluso cuando parece no existir. Pero salvar a una persona solo puede hacerlo ella misma. A veces todos los esfuerzos parecen inútiles y la persona vuelve a la calle. «¿Sabes? Espero que un día se abra una puerta y alguien simplemente me saque de esta situación», confiesa una de las mujeres al caer la tarde. Quizá soñar con ser salvada sea aquí un mal aliado.

Gladys parece la encarnación misma de esa figura. Hay en ella tanta calidez y empatía. Vino para vivir con su hijo en un edificio semiderruido donde esperaba que el techo se desplomara en cualquier momento. Álex había esperado durante meses el abrazo de su madre, pero cuando finalmente se reencontraron no sintió nada. Fue Gladys quien logró sacarlo de la calle. Ella llegó primero a CEDIA, aunque una semana después ya quería marcharse porque no conseguía dormir tranquila. Finalmente, su trabajadora social, Raquel, encontró una plaza para Álex en el centro para hombres. CEDIA le devolvió por primera vez en mucho tiempo la calma y la esperanza. Antes de despedirse, me seca las lágrimas y me dice: «No escuches a nadie. Aquí no estás sola». Y me abraza como si fuera de su familia.

Otra mujer, Marta, de Venezuela, terminó en la calle después de una pelea con su hijo. Su historia difícil se esconde detrás de una sonrisa constante, una risa contagiosa y cientos de historias sobre su país. Yo me enteré mucho después, durante una entrevista en un parque porque antes, cada vez que hablaba de sus hijos, solo había orgullo en su voz. Entre lágrimas cuenta que lleva meses esperando una llamada, unas Navidades menos solitarias. «En los distintos refugios conocí a otras tres mujeres con historias parecidas. Todas recibieron esa llamada. Yo todavía sigo esperando», dice.

La venezolana Marta terminó en la calle después de una pelea con su hijo.
La venezolana Marta terminó en la calle después de una pelea con su hijo. Foto: Olha Kosova.

Dos horas de normalidad

Hay quien ahoga el dolor en marihuana; yo lo ahogo en buena literatura. Mis nuevos amigos de CEDIA me envían fotos y ubicaciones de las bibliotecas más hermosas de Madrid. El descuento de desempleo me permite ir al teatro dos veces al mes. Me maquillo en Sephora ocultando cuidadosamente las huellas del insomnio. Esas dos horas de normalidad me permiten olvidar por completo mis problemas y sentirme parte de algo más grande. Miento a mis nuevos amigos: me parece que estas escapadas les sonarían al capricho de una niña pija que vuelve a llegar tarde y balbucea excusas mal construidas. Nadie las cree demasiado.

Aunque la explicación es solo una: es mi manera de convencer a mi cerebro de que estoy aquí por accidente. Mientras el público elegante abandona el teatro comentando la brillante actuación de la protagonista, delante de mis ojos aparece otro mundo. Uno que ya existía cuando yo vivía en un piso en Moncloa e iba a la ópera. Un mundo donde la gente vive en almacenes por 100 euros al mes; un mundo de cajas de cartón y coches convertidos en hogar después de divorcios fallidos con hombres violentos.

Una suma de factores

A pesar del estigma que rodea a las personas sin hogar, las razones para terminar en la calle son innumerables. Y no todas tienen que ver con adicciones, delincuencia o falta de ganas de trabajar. El camino hacia la calle suele ser una suma de factores: circunstancias difíciles, enfermedades prolongadas, problemas de salud mental, experiencias migratorias fallidas y también el amor, ese amor que destruye. Un amor del que a veces hubo muy poco y otras, sin medida. Niños poco queridos perdidos en la vida adulta. Y luego está la codependencia, que obliga a soportar humillaciones y a no ver el final del sacrificio personal y es aquí un problema frecuente entre las mujeres.

A la mañana siguiente, mis amigos me organizan un par de horas extra de sueño. Felipe dice que estas amistades suelen ser muy intensas, aunque rara vez sobreviven después de salir del centro. Jesús, de 33 años, me cubre cuidadosamente con su chaqueta. Sé poco de él. Que estuvo en el Ejército, que cada noche llama a su madre en Perú y que, para su cumpleaños, le envió 30 euros ganados reparando pisos. Después de dormir dos horas en un banco del parque, me despierta el olor a café que han traído mis amigos. Jesús me sonríe y yo saco El amor en los tiempos del cólera e intento perderme en la lectura. Mi nueva forma de protegerme del impulso de querer salvar a alguien.

A veces, sentados en la hierba junto a CEDIA, hablamos de Dios. «Dios da esperanza y paz». «¿Tú crees?», me preguntan. Pienso y no sé qué responder. Porque Dios y yo tenemos una relación complicada. Mi madre dice que fueron sus oraciones y una vela encendida las que me salvaron allí, en el frente de Donetsk. Yo sonrío por compromiso y callo que todavía no he conseguido entender para qué.

Cada vez que entro en una iglesia, el dolor se desborda. En mi orgullo sigo enfadada con Dios por la guerra, por no haber podido salvar a quienes amaba; y no consigo encontrar el camino hacia Él. Aún no tengo nada que decirle. Recuerdo una escena nocturna con una de mis compañeras, que me encontró llorando en un rincón. «No llores. Déjalos en el cielo. Déjalos descansar», me dijo en voz baja.

Carol, de 23 años, siempre está dispuesta a acompañar a alguien al hospital.
Carol, de 23 años, siempre está dispuesta a acompañar a alguien al hospital. Foto: Olha Kosova.

«No creo que pudiera sobrevivir en la calle», le digo pensativa a mi amiga Carol. Tiene 23 años y, todos coinciden, un corazón enorme. Siempre está dispuesta a acompañar a alguien al hospital, intervenir cuando insultan a sus amigos y recordarme una y otra vez lo bonitos que son mis ojos mientras descansamos sobre la hierba junto a Laguna. «No te preocupes. Yo te lavaré la ropa. Nunca estarás sola, cariño», vuelve a decirme. Y en ese momento siento que, aunque todavía no pueda hablar con Dios, Él sigue sabiendo todo aquello que me empeño en callar.