La verdadera alternativa al materialismo no es el espiritualismo, sino el sacramento. He leído con fruición el nuevo libro de Rod Dreher, Vivir en el asombro (Encuentro, 2026). Su autor defiende una tesis audaz: buena parte de los católicos viven como materialistas. Creen en Dios, naturalmente, y en todos los artículos del credo, faltaría más, pero participan del desencantamiento contemporáneo del mundo. Arquearán la ceja cuando alguien hable de ángeles. Sonreirán condescendientes ante el relato de una aparición. Tras siglos de vigencia, el cientificismo ha enturbiado su mirada: identifican lo tangible y lo real, lo comprobable y lo existente. Motejarán de ilusorio lo que es apenas misterioso. Descartarán el milagro en nombre de la racionalidad.
Comparto la consternación de Dreher, pero quiero resaltar otros de sus hallazgos, quizá más preocupante. Del hombre contemporáneo me inquieta menos su insensibilidad a los ángeles que su insensibilidad a la materia. Es revelador que no aceptemos fenómenos prodigiosos, pero lo es mucho más que rechacemos el prodigio circundante. ¿Cuántos hombres ven la realidad como si fuese un portento, cuántos como si fuese un hechizo? El verdadero desafío del hombre moderno no consiste tanto en reconocer la posibilidad del espíritu como en reparar en el espíritu de la materia. No se trata de desdeñar lo natural en busca de lo sobrenatural, sino de descubrir la constitución sobrenatural de la naturaleza. No se trata de rehuir el mundo, sino de habitarlo con verdad: como un don milagroso, incluso como un cuento de hadas. La materia no es sombra, como intuyó Platón, sino primicia. ¿Acaso no constituye la cucaracha una manifestación de la gloria? ¿Qué es el hombre sino un prodigio difícilmente explicable?
En el milagro, de hecho, la excepción revela la norma. Lo sobrenatural no eclipsa lo real, sino que desvela su estructura. Cristo convierte el agua en vino para que los discípulos reconozcan que su sola existencia es motivo de gratitud y de plegaria. Las apariciones marianas sirven para recordarnos que todas las apariciones son maravillosas, incluso la de nuestro vecino en las escaleras, tambaleante y hediondo tras una noche consagrada al exceso. No es más prodigioso el trigo quintuplicado que el trigo disponible, no más el Lázaro resucitado que el Lázaro anterior a la muerte. Las leyes de la naturaleza son en verdad un truco de magia. Como dice Chesterton, «las únicas palabras que me gustan para describir la realidad son las utilizadas en los cuentos de hadas “hechizo”, “encantamiento”, “ensalmo”, porque expresan la arbitrariedad del hecho y su misterio. Un árbol da frutos porque es un árbol mágico. El agua corre por la pendiente porque está embrujada. El sol brilla porque está encantado».
Quien niega la posibilidad del milagro termina negando la esencia milagrosa de la realidad. El gran pecado del materialista no es absolutizar la materia, sino degradarla. Donde él ve apenas un fenómeno atmosférico, transparente a las indagaciones de la ciencia, el pagano intuía un don divino. Donde él detecta una cadena de causas ciegas, el católico reconoce una gratuidad milagrosa. El materialista priva a la materia de toda su profundidad: ya no es epifanía, sino epidermis; ya no es aparición, sino apariencia. Su exaltación culmina en un declive. Tras siglos de cientificismo, hemos descubierto una verdad paradójica: la dignidad de la materia depende de la presencia del espíritu. La belleza natural depende de la abundancia sobrenatural.
Tanto el espiritualista como el materialista devalúan el mundo: para el primero es sombra, incluso prisión; para el segundo es superficie. Solo el místico lo contempla en su escandalosa radicalidad: como una manifestación de la gloria, como un encantamiento divino. El libro de la Sabiduría lo sugiere: «En la grandeza y la hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su Creador». El profeta Isaías lo confirma: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Lo corruptible transparenta lo incorruptible. Lo temporal es signo del Eterno. ¿No señalan los cipreses el esplendor del paraíso? ¿No gritan las piedras las maravillas de Dios? Desencantar el mundo es, ante todo, acallar su canto. Reencantarlo exigirá —lo decíamos al inicio— descubrirlo como sacramento.